• Buscamos
a través del país la verdad
tan escondida
y levantamos las piedras, hurgamos abandonadas
tumbas,
resecas arenas salinas del Norte.
Penetramos en las antiguas minas
clausuradas por horribles secretos
que el mundo conoció estupefacto.
La
verdad vino a nosotros con sus ojos vendados,
cubierta de harapos,
atada por alambres de púas y cordones
eléctricos.
Llegó arrastrando los pies arañados
por el tiempo,
con agujeros en su abrigo traspasado por
las balas.
Tenía
su vestido manchado de sangre
de tanta tortura a su integridad.
La verdad llegó y pidió
justicia,
pero el juez de turno trajo su libro
y le dio cita para el año dos mil,
el nuevo milenio.
Le pidió como testigos a los desaparecidos,
que hablaran o callaran para siempre.
Nombró a una corte de aristócratas
aburridos,
arrellanados en sillones heredados,
que se limaban las uñas pensando
en lo lindo
de la parada militar, y paladeando
las ganancias del cobre en manos extranjeras.
Y
cuando llegó a la cita ante la
justicia
el juez displicente, le comentó
de la Amnistía, un regalo a los
torturadores,
como se dice: borrón y cuenta nueva,
y ahora, a perdonar o más bien
a olvidar.
La
verdad cansada de tanta hipocresía,
atormentada de dolor,
se sentó en un escaño enfrente
de la restaurada Moneda,
a lamentar su desgracia.
Sólo,
las palomas y nosotros, los sin voz,
la contemplamos impotentes
mientras ella,
agonizaba de injusticia.