Intuía que la duda era su única
certeza. Idolatraba a las hipótesis
como si fueran dogmas. Brincaba con
el lenguaje gestual de las ideas como
quien juega al escondite con amigos.
Cincelaba a vuelapluma desdicha y ventura
sobre la epidermis del celuloide. Proclamaba
sus verdades como si fueran nuestras.
Se burlaba con imágenes punzantes
de sus sueños más dorados.
Estaba persuadido que fabricaba películas
cuando de hecho las paría, y
suponía que eran guiones sus
mensajes, aunque nunca dejaran de ser
macetas repletas de malvones.
Su vitalidad dio un paso en falso y
tropezó en los renglones de su
propia fantasía, dejando una
estela de ideas hilvanadas y a hilvanar;
de películas habidas y por haber;
de glorias conquistadas y por venir.
Un creador menos a desmitificar lo
indiscutible y reinventar lo acontecido.
Un ventrílocuo más a dejar
de inseminar el escenario virtual del
intelecto con metáforas travestidas
de inocentes teoremas.
Un compositor de epopeyas que al cerrar
los ojos para nunca abrirlos protagonizó
su postrera metamorfosis, transformando
contenido y continente en antaño
y añoranza, atando en la garganta
del prójimo una ausencia que
ni el tiempo podrá desanudar,
como si de película virgen esperando
inútilmente a su viril inspiración
que las fecunde se tratara.
El titiritero del saber decir y mostrar
deslizó hacia el nunca más,
cumpliendo la condena implícita
en el nacer y ser, de morir cuando nos
toque.
Beneficiarios universales del eco de
su musa, la sola mención de su
nombre nos impone conjugar un reverente
silencio en prosa y verso.
© Bruno Kampel