A más de un cronista poco imaginativo
se le habrá atragantado su titular
en la muerte de Ingmar Bergman, «el
último clásico del Séptimo
Arte». Justo el mismo día,
el pasado lunes, otro cineasta europeo
acreedor del mismo título fallecía
en su domicilio romano a los 94 años
de edad. Como Bergman, Michelangelo
Antonioni no estaba de moda; su última
realización, el filme colectivo
'Eros' (2002), ni siquiera se estrenó
en España. Su nombre siempre
ha ido acompañado de una recurrente
pero acertada coletilla, «el cineasta
de la incomunicación».
Como ayer alabó Gilles Jacob,
presidente del festival de Cannes, fue
«un alquimista de lo íntimo,
el más grande acuarelista del
corazón que el cine moderno haya
conocido».
Quien no haya visto nunca una película
suya puede recuperar los últimos
minutos de 'El eclipse' (1962) y entender
la contribución de un director
que desarrolló una mirada única
y supo evolucionar desde el documental
y el neorrealismo. Suena Prokófiev.
No hay diálogos. La cámara
recorre las calles de Roma desiertas
en lentas panorámicas: los árboles
mecidos por el viento, regueros de agua
en el asfalto, el rostro fragmentado
de personajes a la deriva Antonioni
muestra un mundo en suspenso, sus historias
están llenas de tiempos muertos.
Un crítico escribió: «Todas
sus aventuras se disuelven en la nada».
Si Fellini fue el cineasta del bullicio,
de la Italia popular y extrovertida,
Antonioni optó por retratar la
introversión y la angustia de
la burguesía. Su hora favorita
del día era el crepúsculo,
y quizá la culpa de tanta melancolía
la tenía la niebla de Ferrara,
en las llanuras del Po, donde nació
en 1912. Una niebla que difumina los
contornos y embalsama el tiempo. Su
padre, un rico terrateniente, le proporcionó
una educación exquisita. Estudia
Económicas y se ilustra en literatura,
teatro, música y arte antes de
ingresar en el Centro Experimental de
Cinematografía, semillero de
resistencia contra el fascismo.
Parálisis cerebral
Ayudante de Marcel Carné y colaborador
de Roberto Rossellini, Antonioni rueda
sus primeros largometrajes en los años
50. 'Diario de un amor robado' (1950),
'El viento' (1952), 'La dama sin camelias'
(1953) y 'El grito' (1957) van alejándose
progresivamente de los cánones
del neorrealismo. La trilogía
compuesta por 'La aventura' (1960),
'La noche' (1961) y 'El eclipse' (1962)
avanzan por los cauces del hermetismo
y la introspección. Ponen a prueba
la paciencia del espectador, porque
-en apariencia- no sucede nada. Los
tres largometrajes están protagonizados
por la actriz Monica Vitti, musa y amante
durante una década.
'Blow-up. Deseo de una mañana
de verano' (1966) entroniza a Antonioni
en la cultura pop. Basada en un relato
de Julio Cortázar, la cinta captura
el 'swinging London' de la época
y anticipa las arriesgadas soluciones
formales de títulos venideros.
El público encontrará
irremisiblemente lentas y tediosas sus
aventuras en inglés -'Zabriskie
Point' (1970), 'El reportero' (1974)-
y los largometrajes que rueda en Italia
en los 80: 'El misterio de Oberwald'
(1980) e 'Identificación de una
mujer' (1982).
La parálisis cerebral que sufre
en 1985 le confina a una silla de ruedas.
Sin hablar ni apenas moverse colabora
en dos largometrajes colectivos, 'Más
allá de las nubes' (1995) -donde
le asiste Wim Wenders- y 'Eros' (2002),
junto a Wong Kar-wai y Steven Soderbergh.
Los dos salvavidas en su agonía
creativa durante estos años han
sido la pintura y su segunda mujer,
Enrica Fico, que leía al mundo
las notas que el director garabateaba.