«Cuando
era joven tenía un miedo horrible
a morir. Ahora creo que es un arreglo muy
acertado, no hay mucho sobre lo que discutir».
En una de sus últimas y raras entrevistas,
Ingmar Bergman proponía una imagen
para hablar de la aceptación de la
muerte: la de una vela que se apaga. El
director sueco, paradigma de las cuestiones
metafísicas llevadas al cine, falleció
ayer a los 89 años en la isla de
Faarö, su retiro del Mar Báltico
desde hace décadas, roto en breves
escapadas para dirigir teatro en el Dramaten
de Estocolmo. Según su hija Eva,
que no precisó las causas del fallecimiento,
murió «tranquila y dulcemente».
Quien conozca de forma parcial su filmografía,
puede creer que el cine de Bergman es
uniforme y se enmarca sólo desde
una mirada filosófica, metafísica
y religiosa. Que sus largometrajes -salvo
para Woody Allen- resultan pedantes, trascendentes,
aburridos. Craso error. Aparte de que
sus películas abarcan un gran abanico
de géneros, su constante inquietud
reflexiva y artística le ha llevado
a campos de experimentación expresiva
que van más allá de la supuesta
densidad y solemnidad de los asuntos que
propone. La vida, la muerte, el amor,
la pareja, la familia Según muchos
de sus cronistas, Bergman parecería
abordar siempre sus temas con la prepotencia
de la mayúscula, con la altanería
del erudito que habla a su grey desde
el púlpito. El propio Bergman se
lamentaba al respecto: «Yo no soy
quienes creen que soy».
Más allá de su imagen de
artista mítico y atormentado, lo
que importa de sus casi cuarenta títulos
es la mirada que dirige sobre el hombre
y la mujer contemporáneos, incapacitados
para el amor y la comunicación,
condenados a ocultar siempre sus sentimientos
tras una máscara cuya opacidad
sólo puede conducirles a la neurosis
y a la muerte. Al autor de 'El séptimo
sello' le basta con que uno de sus actores-máscara
mire fijamente a la cámara para
que el espectador quede desarmado y cautivo
de la ficción.
El rostro de su madre
Hijo de un pastor protestante que le
condenó a una educación
religiosa y severa, Ingmar Bergman nació
en Uppsala en 1918. Abandona a su familia
para estudiar en la universidad de Estocolmo,
donde se licencia en Letras e Historia
del Arte. Interesado por el teatro, no
tarda en escribir y dirigir varias obras
y, sin abandonarlo ya nunca, comienza
una carrera paralela en cine como una
forma fácil de obtener dinero para
mantener a sus sucesivas esposas -se casó
cinco veces- y sus nueve hijos.
Si bien el primer periodo de su obra
se caracteriza por dirigir encargos cercanos
a sus intereses como parte del aprendizaje
del oficio, a partir de mediados de los
cincuenta se da a conocer internacionalmente.
Logra el dominio de la técnica
cinematográfica así como
el pleno desarrollo de su fuerte personalidad.
En 1945, la Svensk Filmindustri le encarga
dirigir su ópera prima, 'Crisis',
en la que ya se atisba la sublimación
de sus obsesiones en un personaje. Tres
años más tarde, 'Prisión'
le consagra: refleja la influencia de
sus dramaturgos de cabecera, Ibsen y Strindberg,
en su empeño de estudiar el alma
del ser humano, sus aspiraciones en contradicción
con el entorno que le rodea. 'Tres mujeres',
'Un verano con Mónica' y 'Sonrisas
de una noche de verano' se rinden a los
rifirrafes sentimentales.
'El séptimo sello' (1956) inicia
su lista de clásicos del séptimo
arte. Como ella, 'Fresas salvajes' (1957)
y 'El manantial de la doncella' (1959)
son obras trascendentes en el estricto
sentido del término, películas
donde se muestra atento al ritmo visual
y al detalle metafórico, deteniéndose
en escrutar el rostro de sus personaje
mediante el primer plano para reflejar
los aspectos más íntimos
del ser humano. Según escribió
en su relato autobiográfico 'La
linterna mágica', todo se debía
a la obsesión por reproducir el
rostro de su madre.
Los sesenta son para Bergman años
de indagación formal y reflexión
interiorizada, una etapa que se abre con
'Persona' (1966) y se cierra con la magistral
'Gritos y susurros' (1972). Después
vendrían la impúdica 'Secretos
de un matrimonio' (1973) y 'El huevo de
la serpiente' (1977), una reflexión
sobre el auge del nazismo que coincide
con su estancia en Alemania tras huir
de Suecia a causa de un escándalo
fiscal.
De vuelta en su país, 'Fanny y
Alexander' recupera su infancia y la pasión
por el espectáculo. Este largometraje
con cuatro Oscar cierra su filmografía,
si no tenemos en cuenta 'Saraband', una
película rodada para la televisión
sueca en 2003 con Liv Ullmann y Erland
Josephson, sus actores fetiche, recuperando
sus personajes en 'Secretos de un matrimonio'
treinta años después.
Ignorado durante mucho tiempo en Suecia,
acérrimo defensor del cine europeo
frente a la prepotencia de Hollywood,
Bergman defendía que su cine «no
surgía jamás de la reflexión,
siempre hay una razón emocional».
Hace diez años no fue a recoger
la Palma de Oro honorífica en Cannes,
que le reconocía como el cineasta
vivo que ha dejado mayor huella en la
historia del cine. Un desplante que disculpó
por la muerte de su última mujer.
Esa imagen del caballero medieval que
se juega la existencia en una partida
imposible de ganar resume una de las obras
maestras de Bergman, "Det sjunde
inseglet" (1957), y la propia vida
de este cineasta de cineastas cuyo mismo
nacimiento en 1918 ya estuvo marcado por
la muerte, una de sus múltiples
obsesiones.
"Nuestro hijo nació el domingo
14 de julio por la mañana. En seguida
cayó con calentura y diarreas muy
agudas", escribió su madre
en su diario el día del nacimiento
de Ernst Ingmar, un bebé enfermizo
que parecía abocado a morir casi
recién nacido.
Pero el niño vivió para
recordar ese diario casi seis decenios
después en "Linterna mágica"
(1986), una obra capital del género
de memorias, en la que Bergman relata
sus vivencias con la misma sinceridad
descarnada que aplicó a los personajes
de su filmografía.
Una sinceridad que convierte "Linterna
mágica" en una de las muy
pocas memorias en las que un hombre admirado
en medio mundo no sólo admite sus
miedos la muerte, el desamor, la locura,
el declive creativo, sino también
sus miserias, incluidas su diarrea crónica,
su insomnio y sus odios infantiles, que
le llevaron a intentar matar a sus hermanos.
Implacable, Bergman relata página
tras página sus accesos de ira,
sus borracheras e inicios sexuales, el
problema fiscal que acabó llevándole
a un manicomio a finales de los 70 y su
incapacidad para retener el amor pese
a cinco matrimonios y múltiples
amantes.
Tampoco en su familia supo hallar cariño
este hijo de un pastor protestante cuya
rígida disciplina incluía
castigos como el encierro del joven Ingmar
en un ropero, en el que acabaría
metiéndose por gusto para usar
el proyector que le regalaron a su hermano
por Navidades y él le intercambió
por todos sus soldados de plomo.
Y es que, ya en esa juventud, el futuro
maestro había caído presa
de la magia de la pantalla.
"Un año antes había
ido al cine por primera vez (...) Para
mí ese fue el principio. Se apoderó
de mí una fiebre que no desaparecía.
Las sombras vuelven sus pálidos
rostros hacia mí y hablan con voces
inaudibles a mis más íntimos
sentimientos. Han pasado 60 años
y nada ha cambiado, sigue siendo la misma
fiebre", recordaba.
Una fiebre acompañada de síntomas
como la tendencia a dramatizar la realidad
para escenificarla, "esa deformación
profesional que me ha acompañado
sin piedad toda la vida y que tantas veces
ha robado o escindido mis más profundas
vivencias".
Admirado por colegas como Woody Allen
que intentó emularle en cintas
como "Interiors" (1978), Bergman
convirtió su propia obra en trasunto
de sus muchos fantasmas familiares, sexuales
y metafísicos.
A ello contribuyó el que entre
sus actrices favoritas figurara Liv Ullmann,
amante y compañera en 10 filmes
que la convirtieron en uno de los rostros
más "bergmanianos" junto
a Ingrid Thulin (10 filmes), Bibi Andersson
y Max von Sydow, con quienes trabajó
en 13 cintas.