Crisis
del Capitalismo: Hacia el Fin de la Era
Neoliberal
Por Marcel Claude *
Capitalismo
y Codicia El capitalismo
otra vez está en crisis. Los medios
frenéticamente anuncian el Apocalipsis
financiero now, resucitan
las viejas tesis de la crisis terminal del
capitalismo, esa que muchos pensadores de
izquierda han pronosticado por generaciones,
el Fondo Monetario, Soros, economistas de
todos los rincones del planeta se adelantan
a sugerir que ésta sería una
de las peores crisis que haya enfrentado
el capitalismo.
Independientemente
de lo anterior es importante entender –en
la medida de lo posible- las dimensiones,
causas y reales consecuencias de semejante
acontecimiento que convulsiona al planeta
entero. Pero, quizás, antes de ello
deberíamos partir reconceptualizando
el sistema capitalista, cuál es su
esencia y su razón última:
el alfa y omega de tan cuestionado sistema.
Muchos lo entienden como la empresa privada
o la propiedad privada, la explotación
del hombre o el gobierno de la derecha,
las teorías de Adam Smith o de Milton
Friedman, la ley de la oferta y la demanda
o la “mano invisible”. Sin embargo y para
ir mucho más al núcleo fundamental,
aunque en todas esas caracterizaciones haya
parte de la verdad, el sistema capitalista
es en esencia un orden político,
social y económico que se sustenta
en la búsqueda del lucro para todo
capital que pueda obtener una rentabilidad.
Es decir, obtener un beneficio mayor por
sobre la inversión y de allí,
atesorar ganancias sobre ganancias. Es decir,
los valores que mueven al mundo capitalista
son nada menos que esos viejos y desacreditados
pecados capitales como la avaricia -afán
desordenado de poseer y adquirir riquezas
para atesorarlas- o la codicia -afán
excesivo de riquezas. El orden mundial está
sustentado -hoy más que en ninguna
otra época- sobre este tipo de comportamientos
que no provienen precisamente del conjunto
de virtudes humanas –siempre tan escasas-
sino más bien de sus antípodas.
Podrán ser desacreditadas las tesis
de Smith o Friedman y podrán desaparecer
la propiedad privada, la economía
de mercado y los gobiernos de derecha, pero
si continúa el lucro como razón
de ser de la sociedad humana, seguirá
prevaleciendo el capitalismo y se encontrarán
las instituciones adecuadas para su realización.
El lucro es en definitiva -y en simples
palabras- la verdadera razón de la
crisis actual. Así lo entiende profundamente
la Presidenta Bachelet quien se permitió
decir esto ante las naciones del mundo.
Bien por ella, pero, podría también
decirle eso mismo a las AFP chilenas, a
los grupos económicos que en Chile
depredan el medio ambiente y explotan a
los trabajadores debido a su insaciable
codicia. Mal que mal, Chile es el paradigma
del capitalismo salvaje y la tierra donde
la avaricia y la codicia campean a su antojo,
así como medraron las bestias en
el principio de los tiempos. Pero, nadie
es profeta en su tierra y si la presidenta
lo hiciese, corre el riesgo de bajar mucho
en las encuestas de La Tercera y El Mercurio
y de allí, la Concertación
podría perder las elecciones.
Para quienes no somos más que simples
economistas, no se nos está permitido
hablar con tanta liviandad acerca de situaciones
tan complejas y fenómenos tan entreverados.
No sería serio y pecaríamos
de una enorme falta de prolijidad profesional.
De allí que tengamos –forzosamente-
la tarea de hacer esfuerzos mayores de comprensión
y explicación de tales situaciones.
Es necesario por lo demás, puesto
que es mucho lo que se dice y escribe al
respecto, mas es muy poco lo que se puede
entender.
Vamos por parte. En la actualidad -y en
términos macroeconómicos-
el capital tiene dos grandes ámbitos
para realizar ganancias: la economía
real y/o la economía financiera.
Es decir, puede invertir en una planta lechera,
en una mina de cobre, en una empresa de
transporte, o en cualquier otra actividad
que signifique producir algo que tenga consistencia
física o intangible, como por ejemplo,
un servicio de transporte o una empresa
de contabilidad que no le dan nada material
pero que sí prestan una utilidad,
sirven. El ritmo de maduración de
estas inversiones depende del tipo de actividad,
pero, obviamente no es inmediato. Si invertimos
en plantar tomates, debemos esperar el tiempo
de cosecha que no será nunca antes
de seis meses. La alternativa es el mundo
de las finanzas. Hoy por hoy, en ese mundo
ya casi virtual, los tomates se cosechan
de la noche a la mañana y los árboles
crecen en fracciones de segundo. ¿Nada
mal no? el mundo feliz, la gallina de los
huevos de oro, la lámpara de Aladino,
la cueva de los cuarenta ladrones, el reino
de Midas y todas esas fantasías infantiles
que hacen soñar con una vida más
fácil y sin los sinsabores de la
sentencia bíblica “ganarás
el pan con el sudor de tu frente”. En la
actualidad y gracias a las características
del sistema financiero global, es posible
ganar mucho más -y en más
corto tiempo- que en actividades reales
y vamos a ver la razón de esto.
En todo caso, si a la codicia como valor
supremo de la humanidad capitalista le añadimos
las características actuales del
mercado financiero, vamos a comprender mejor
las causas de la crisis actual: ¿Para
qué vas a ganar 100 si puedes ganar
500? ¿Para qué vas a producir
leche si puedes comprar instrumentos financieros
que rentan mucho más? El primer problema
es que los instrumentos financieros no se
comen y los tomates sí, las acciones
en bolsa no contienen los nutrientes que
tiene la leche y que los niños del
mundo necesitan para su alimentación;
el segundo problema es que cuando se invierte
el dinero en acciones o instrumentos financieros,
se deja de invertir en la producción
de leche o de trigo y, en consecuencia,
hay menos actividad económica, menos
empleo, menos leche y más hambre,
más desempleo y más pobreza.
Según Lynn Walsh, editor de la revista
Socialism Today, durante el período
1980/90, los capitalistas aumentaron sus
ganancias a través de la intensificación
de la explotación de los trabajadores,
pero, la inversión de capital ha
caído a niveles históricos.
Es decir, ha habido un excedente de ganancias
no invertidas en la creación de bienes
de capital para la producción real
y este excedente ha sido una de las principales
fuentes de dinero que se ha introducido
en el sector financiero.
Esto es precisamente lo que ha ocurrido
en las últimas décadas. No
son pocos los especialistas que afirman
que hoy la economía capitalista,
en su conjunto, no es nada más que
un enorme casino, en donde los ricos del
mundo van a jugarse el ahorro y la riqueza
del planeta: algunos perderán, pero
otros van a ganar y mucho. Mientras tanto,
el ahorro de los trabajadores que ponen
sus fondos de pensión en las AFP
y que éstas a su vez arriesgan en
los mercados financieros, se va distribuyendo
etapa por etapa: una parte para las utilidades
de la AFP; otra para pagar las comisiones
de los operadores financieros que transan
las acciones o instrumentos financieros
que la AFP compra; y una no despreciable
porción para sustentar los costos
de operación –luz, agua, arriendos,
almuerzos, viajes, materiales para oficinas
lujosas, etcétera- y los sueldos
de los ejecutivos de bancos y fondos de
inversión que transan esos instrumentos
financieros. Todo ello con una promesa altamente
riesgosa de incrementar el fondo para su
pensión, es decir, con una alta probabilidad
de que no sea cierto. Si se materializa,
bien para el trabajador, para los operadores
financieros, los bancos y la AFP, si no,
mal solo para el trabajador, puesto que
la AFP ya cortó su parte, los ejecutivos
de los bancos ya recibieron sus salarios,
los costos de operación ya se pagaron
y las comisiones ya se cobraron. Todo ello
con los fondos que se les obliga a los trabajadores
a proveer para sus futuras pensiones. Así
como los trabajadores que ponen sus fondos
previsionales en una AFP, también
hay otras personas que ponen sus ahorros
en bolsas de comercio y fondos de inversión
que corren la misma suerte.
Datos estremecedores que permiten sustentar
estos argumentos: el sector financiero ha
sido el de más rápido crecimiento
en la economía mundial. A principios
de los ochenta, el total de activos financieros
(acciones, bonos, préstamos, hipotecas)
era aproximadamente igual al Producto Interno
Bruto mundial (PIB), es decir, igual a toda
la riqueza del planeta. Al final del 2005,
era equivalente a 3,7 veces el PIB mundial,
es decir, casi cuatro veces la riqueza global,
lo que significa que no hay suficientes
aviones, tomates, zapatos, trigo y leche,
en el mundo, para hacer efectivo el valor
de todos los activos financieros. Unos cuantos
hombres de negocio tienen en sus manos la
riqueza del planeta que se produce hoy y
que se producirá en los próximos
4 años. En ese mismo período
de tiempo, el valor nominal de los derivados
financieros –que son instrumentos o contratos
cuyo valor deriva del que tienen los activos
financieros- representó tres veces
el valor del total de activos financieros
y 10 veces el PIB mundial (Lynn Walsh).
Lo que vemos claramente en los últimos
años, es que los dueños del
capital no solo han acumulado cada vez más
riqueza, también han buscado mayores
rentabilidades a través de la especulación
financiera y menos en la producción
real. Esto porque de alguna manera, el ciclo
de negocios en la economía no financiera
se ha ido reduciendo y estrangulando, entre
otras cosas, por la creciente concentración
de la riqueza que limita la expansión
de la demanda y por la disminución
de la productividad de los ecosistemas naturales
al ser sometidos a sobre explotación.
Todo ello reduce la tasa de ganancia en
la economía real empujando a los
capitalistas hacia la especulación
financiera. Esto, a su vez, refuerza la
perdida de dinamismo de la economía
real al reducirse las inversiones pues el
capital migra hacia el mercado financiero.
Vemos claramente cómo la avaricia
se ha desplegado por el mundo sin cortapisas
y cómo ello ha desviado una riqueza
gigantesca de la producción real
y útil, tangible o intangible, para
sustentar una orgía miserable y cruel
de lucro y acumulación, mientras
el desempleo, la pobreza, el hambre y la
desigualdad cunden como reguero de pólvora.
Dato curioso y francamente insultante: para
combatir la hambruna que aqueja a más
de 800 millones de personas, las naciones
del mundo recolectaron 16 mil millones de
dólares, mas, para resolver la crisis
financiera del Wall Street el gobierno estadounidense
asignó 700 mil millones de dólares
–amén de todos los gastos que ya
ha hecho ese país y otros del mundo
desarrollado que suman una cifra similar-,
es decir, 44 veces más para continuar
el desenfreno absurdo de Wall Street que
para enfrentar el hambre de los más
necesitados ¿Perro mundo no?
El
Detonante de la Crisis: las Hipotecas Subprime
Como se ha repetido hasta el cansancio,
a esta crisis se le ha denominado la crisis
subprime y dice relación
con préstamos hipotecarios que hizo
la banca norteamericana a personas que eran
incapaces de hacer frente a sus obligaciones.
Como sabemos, en el año 2001 hubo
otra crisis financiera conocida como la
“burbuja Internet” que se desarrolló
debido a la entrada exitosa en las bolsas
de comercio de las empresas de Internet
-en Estados Unidos con Yahoo y Amazon y
en España con Terra- gracias a las
elevadísimas expectativas de negocio
que se basaban en proyecciones demasiado
optimistas en cuanto al número de
usuarios que se iban a captar. Pues bien,
éstas no se materializaron, lo que
llevó a la caída del financiamiento
y fue causa de otra crisis de liquidez.
Entonces, la Reserva Federal –el Banco Central
de Estados Unidos- para aportar liquidez
al sistema hizo caer en dos años
el precio del dinero desde un 6,5% a un
1%, lo que constituyó un fuerte incentivo
para expandir el crédito, dado el
bajo costo que la Reserva Federal le cobraba
a los bancos y a los fondos de inversión
por el dinero prestado. Esto favoreció
el mercado inmobiliario y contribuyó
a que, en 10 años, el precio real
de las viviendas se multiplicara por dos
en Estados Unidos, gracias a la mayor demanda
que la disponibilidad de préstamos
favorecía.
Si a lo anterior agregamos el hecho de que,
durante años, las tasas de interés
vigentes en los mercados financieros internacionales
han sido considerablemente bajas, podemos
entender la necesidad de los bancos por
aumentar la oferta de créditos para
compensar la disminución de sus márgenes
de ganancia que significaba la caída
de la tasa de interés. La racionalización
lógica de la expansión de
créditos inmobiliarios a personas
insolventes era muy simple: como son más
riesgosos, les cobramos más interés
y si pagan, bien, pero si no pagan nos quedamos
con las casas cuyos precios considerablemente
más altos nos permitirán recuperar
el dinero prestado y ganar un excedente.
El error es obvio, los precios de las casas
estaban siendo empujados hacia arriba, entre
otras cosas, por el aumento de los créditos
hipotecarios de mala calidad que hacían
subir la demanda y, en consecuencia, el
precio y la oferta futura de casas. Es decir,
un boom inmobiliario artificialmente
construido. Estos créditos hipotecarios
se denominan hipotecas subprime,
en contraposición a las denominadas
hipotecas prime que tienen muy bajo riesgo
de insolvencia, puesto que sus deudores
son clientes con trabajo, activos e ingresos
estables.
Ahora bien, el aumento en el número
de operaciones de los bancos, no lo podían
solventar cos sus propios recursos, por
lo que, gracias a la Globalización
que mantiene en línea a todos los
mercados financieros del mundo, pudieron
recurrir a la banca internacional para obtener
los fondos necesarios. Esto, en virtud del
mercado interbancario -que es donde los
bancos se prestan dinero unos a otros. Sin
embargo, con ello debilitaban el cumplimiento
de las llamadas Normas de Basilea que le
exigen al banco un capital no inferior a
un determinado porcentaje de sus activos
–en los que se incluyen los préstamos
que otorgan. Eso fue precisamente lo que
estaba ocurriendo: el aumento en los créditos
hipotecarios de alto riesgo les hacía
quebrantar dichas normas. Para salvar la
situación, los bancos actuaron implementando
dos operaciones articuladas mutuamente:
primero, creando los denominados conduits,
que consisten en filiales de los bancos
bajo la forma jurídica de fondos
de inversión que, gracias a la normativa
hoy vigente, no estaban obligados a mostrar
balances consolidados con los bancos que
los habían creado y que pertenecían
al mismo dueño; segundo, creando
la llamada “Titulación” que consiste
en la invención de un nuevo instrumento
financiero que no es nada más que
un paquete de deudas hipotecarias, en los
que se mezclaban tanto las prime como las
subprime. En consecuencia, ahora
el banco tenía un conjunto de nuevos
instrumentos que se denominaban MBS (Mortgage
Backed Securities) y que consistían
en un conjunto de obligaciones garantizadas
por la hipoteca de los inmuebles y que no
eran más que canastas que agrupaban
créditos de distinta categoría
de riesgo. La gracia es que esto hacía
que los MBS tuvieran un riesgo menor que
las hipotecas subprime por si solas,
dado que promediaban su riesgo con el de
las prime.
Con estos dos inventos financieros, el banco
hacía que los fondos de inversión
(sus conduits) compraran dichos
instrumentos MBS y de esa manera lograba
reducir mágicamente la vulnerabilidad
en su cartera de créditos y aumentar
la relación entre su capital y los
créditos otorgados. Esto porque le
vendían su cartera de clientes a
sus fondos de inversión. Lo absurdo
es que el banco y los fondos de inversión
le pertenecían al mismo dueño,
pero, de esa manera lograban cumplir con
las Normas de Basilea. A su vez, estos fondos
de inversión, mediante los créditos
interbancarios conseguían los recursos
para comprar los MBS y, por otra parte,
vendían estos MBS a otros fondos
de inversión, sociedades de capital
de riesgo, aseguradoras, financieras, sociedades
patrimoniales y administradoras de fondos
de pensión.
Ahora bien, para que todo esto pudiese operar
“limpiamente” se requería del apoyo
de las clasificadoras de riesgo, es decir,
tenían que ser bien evaluados por
las agencias de rating, que califican en
función de la solvencia de los instrumentos
financieros. Para vender los MBS altamente
riesgosos a operadores como las sociedades
de capital de riesgo, las AFP u otros fondos
que buscaban rentabilidades más altas,
entre otras razones porque eso implicaba
recibir comisiones según la rentabilidad
obtenida, los bancos conseguían de
las agencias clasificadoras de riesgo, una
recalificación de los instrumentos
financieros. Para ello procedían
a una nueva “Titulación” o reestructuración,
esta vez de los MBS, creando nuevos paquetes
pero de MBS que se denominaban tranches.
Aquellos con mayor probabilidad de pago
eran reclasificados en categoría
AAA, es decir, con el menor riesgo, los
más solventes. Estos MBS ordenados
en tranches fueron rebautizados como CDO
(Collateralized Debt Obligations), es decir,
deudas colaterales pues se apoyaban en las
características de otras deudas.
El cuento sigue, puesto que con estos CDO
creaban otros instrumentos como los CDS
(Credit Default Swaps) ofreciendo más
y más intereses sobre deudas hipotecarias
de dudosa credibilidad.
Todas estas operaciones tenían como
punto de partida, o como hipótesis,
el que las hipotecas subprime se iban a
pagar y que el boom inmobiliario en Estados
Unidos no se detendría jamás,
aumentando constantemente el precio de los
inmuebles. No obstante, a principios del
2007, los precios de las viviendas norteamericanas
se desplomaron. Los deudores hipotecarios
se dieron cuenta que estaban pagando por
sus casas más de lo que ahora costaban
y no pudieron o no quisieron seguir pagando
sus deudas.
Automáticamente, nadie quiso comprar
MBS, CDO o CDS, y quienes ya los tenían
no pudieron venderlos. Pérdida total.
La crisis de credibilidad se instaló
inmediatamente y los bancos debieron recurrir,
una vez más, a los prestamos interbancarios,
pero, o no conseguían créditos
o lo hacían a tasas muy altas. En
consecuencia, se produjo la temida crisis
de liquidez, es decir, no había dinero,
por lo que no se otorgaban créditos
ni hipotecas, caía la demanda de
las empresas constructoras, caía
el precio de sus acciones en bolsa, empezaba
a subir la tasa de interés y los
deudores habitacionales empezaban a pagar
más por la deuda, a las empresas
menos solventes se les cerraba el acceso
al crédito, los bancos se quedaban
sin recursos y empezaban a vender acciones,
bonos, edificios, y todo esto empezaba lentamente
a repercutir en los precios y la demanda
global, por lo que comenzaba a aumentar
el desempleo, la inflación y a caer
toda la actividad económica real.
Es decir: recesión.
Las
Causas Profundas de la Crisis
Muchos han sostenido que la causa de la
presente crisis financiera es la denominada
burbuja hipotecaria subprime. No obstante,
eso solo corresponde al detonante de la
crisis. Sus causas profundas dicen relación
con el proceso de desregulación del
mercado financiero, el comportamiento de
las clasificadoras de riesgo y la conducta
observada por los bancos centrales del mundo.
En el sector financiero existe un conjunto
de fondos de inversión libre no reglamentados
que apuestan a productos financieros con
un elevado riesgo -conocidos como hedge
funds- y un grupo de bancos de inversión
autorizados a realizar operaciones en el
mercado de capitales. Ambos hoy representan
más de la mitad de todo el crédito,
mientras que los bancos tradicionales están
cada vez más comprometidos en acciones
especulativas no reguladas, tales como los
mecanismos de “Titulación” que no
están obligados a informar en sus
balances. Estas operaciones que cuentan
con la complicidad de las autoridades políticas,
fueron autorizadas por los cambios en la
legislación gubernamental -la llamada
“desregulación financiera”- al punto
que hoy, la principal actividad de los bancos
de inversión y de los hedge funds
es comprar y vender deuda entre ellos mismos,
obteniendo como es obvio, alguna ganancia
entre cada operación. A esto ha contribuido,
también, el desarrollo de la informática
y de las telecomunicaciones que permiten
operaciones financieras en línea
y las 24 horas del día a través
de todo el mundo.
No obstante lo anterior, tal como lo sostiene
Lynn Walsh, el factor más importante
es de carácter político e
ideológico. La “desregulación
financiera” se inscribe en el cambio ideológico
que operó durante las últimas
tres décadas del pasado siglo, cuando
se abandonaron las políticas económicas
de inspiración liberal-keynesiana
y se asumieron las recomendadas por la Escuela
de Chicago de Milton Freidman. Una suerte
de retorno a las políticas liberales
de principios del siglo XX. Así también,
es el resultado de la imposición
asimétrica de las fuerzas políticas
pro capitalistas en la mayor parte del mundo
occidental y de la abdicación –y
en muchos casos subordinación- de
gran parte de las fuerzas políticas
no capitalistas a la lógica del capital.
La “desregulación financiera”, es
la hija predilecta de esas políticas
económicas ultraliberales que han
provocado las diferentes crisis que ha enfrentado
el mundo en los últimos 30 años
y, particularmente, la crisis subprime en
curso. El mismísimo Fondo Monetario
Internacional, en 1998, sostenía
que las crisis que han llegado a tener efectos
globales, se explican por los procesos de
desregulación y liberalización
financiera, así como por la innovación
en los mercados de capitales de finales
del siglo pasado y principios del siglo
XXI, a más de otros causas.
Girón y Correa sostienen que, entre
los cambios financieros estructurales más
importantes ocurridos en los últimos
30 años, es posible señalar:
el acortamiento de los plazos en depósitos
e instrumentos financieros y el desarrollo
de un activo mercado secundario de títulos,
lo que ha reducido considerablemente el
plazo para la realización de la ganancia;
el crecimiento de las prácticas de
“Titulación” del crédito;
el enorme crecimiento de las operaciones
“fuera de balance” de los bancos, en particular
con el uso de instrumentos derivados y la
administración y el comercio de títulos
de deuda; y el fortalecimiento de los fondos
de inversión con un alto grado de
concentración de activos financieros
en manos de unos cuantos administradores
que pueden mover grandes volúmenes
en muy corto plazo. Todas estas transformaciones
han conducido a características muy
preocupantes del sistema financiero internacional,
una de las cuales es la falta de transparencia,
ya que nadie conoce realmente cuales son
los riesgos asociados a las inversiones
Otra característica aterradora que
daña un fundamento crítico
del sistema bancario –la honorabilidad de
los compromisos, es decir, la certeza de
que las deudas se pagan- es la separación
entre los acreedores de deuda y quienes
las arbitran, es decir, entre quienes las
deben cobrar -los bancos- y los que transan
títulos basados en esas deudas en
mercados secundarios –los fondos o conduits-
bajo el predicamento de que cuando una deuda
está asegurada y se vende, no tiene
ninguna relevancia el hecho de que los deudores
originales estén capacitados o no
para pagar dichas deudas.
Según John Hoefle, la desregulación
del sistema financiero estadounidense –que
regenta a los mercados financieros del mundo-
permitió que se fueran eliminando
de manera sistemática las medidas
legislativas proteccionistas que resultaron
de la lucha política del presidente
Roosevelt en contra los banqueros internacionales
en los años treinta. Hoefle recuerda
que, en 1993, la Commodity Futures Trading
Commission (CFTC), institución gubernamental
responsable de regular los mercados a futuro,
determinó que las transacciones de
derivados efectuadas fuera de los mercados
de valores, estarían exentas de toda
regulación. Esto incluía operaciones
de futuro de cualquier tipo, entre ellos
los relacionados con los energéticos.
Así también, en el 2000, se
aprobó la Commodities Futures Modernization
Act que dejó a ciertos derivados
financieros huérfanos del control
gubernamental y sin la supervisión
de la CFTC.
Otra importante modificación que
“desregulaba” la actividad financiera, mediante
el eufemismo de la modernización
de los servicios financieros, fue la Financial
Services Modernization Act de 1999, que
representó el mayor cambio en la
regulación del sistema financiero
norteamericano desde 1930. Esta ley creaba
un nuevo tipo de entidades financieras denominadas
Financial Holding Company (FMC), autorizadas
para llevar a cabo actividades en valores,
banca, seguros, así como también,
en cualquier actividad calificada como financiera.
De esta manera se quebrantaba la separación
entre la banca comercial y la banca de inversión
que estableció la Banking Act de
1933, debido a que en la época de
la Gran Depresión, un gran número
de quiebras bancarias se atribuyeron a la
actividad especulativa de los bancos en
el mercado de valores.
El economista Emilio Ocampo agrega, además,
que en el año 2004 fue relajada la
norma que obligaba a los bancos de inversión
como Goldman Sachs, Morgan Stanley, Merrill
Lynch, Lehman Brothers y Bear Stearns, a
mantener una relación mínima
entre endeudamiento y patrimonio. Esto llevó
a que en el período 2003/07, la relación
endeudamiento sobre patrimonio de Morgan
Stanley pasara de 23 a 32 y lo mismo ocurrió
con los otros bancos. En contraste, a fines
de 2007, la deuda total de un banco comercial
como JP Morgan (supervisado por la Reserva
Federal) no excedía 12 veces su patrimonio.
Según el informe Nº 78 del Banco
de Pagos Internacionales (BPI) “es innegable
que los cambios en el sistema financiero
a lo largo de los años también
han contribuido de forma importante al desenlace
de los acontecimientos. En concreto, las
numerosas innovaciones relacionadas con
la propagación del modelo financiero
basado en originar y distribuir riesgos
han tenido una enorme influencia. Innovaciones
recientes como los productos financieros
estructurados se consideraron en un principio
una buena manera de repartir los riesgos
asumidos. Sin embargo, la forma en la que
se introdujeron empeoró significativamente
la calidad de la calificación del
crédito en muchos mercados y produjo
una clara falta de transparencia, lo que
acabó generando una enorme incertidumbre
sobre el volumen real de las pérdidas
y su distribución. En efecto, las
innovadoras técnicas financieras
de «empaquetamiento» y redistribución
de riesgos hacían que éstos
fueran más costosos pero menos probables,
al menos durante algún tiempo. En
la práctica, esto suponía
que los riesgos inherentes a los nuevos
préstamos parecían desaparecer,
elevando con ello las calificaciones, hasta
que reaparecían de repente al materializarse
una pérdida totalmente inesperada”.
El ya legendario premio Nobel de Economía,
Paul Samuelson, autor de textos de estudio
que muchos economistas debimos revisar y
aquilatar en nuestro años de estudio,
en un artículo publicado por el diario
El País en enero pasado, afirma que
cuando Bush se hizo con la presidencia en
el 2000 y los republicanos obtuvieron mayoría
en las dos Cámaras del Congreso,
el "conservadurismo compasivo"
de Bush se tradujo en compasivos regalos
fiscales a los plutócratas, además
de una nueva desregulación de la
contabilidad empresarial que les permitiría
ocultar las pérdidas y exagerar los
beneficios, mediante un manejo de los balances
que violaban las estrictas normas de contabilidad
creadas en los años anteriores a
Bush. El profesor Samuelson continúa
diciendo que “las bancarrotas y las ciénagas
macroeconómicas que sufre hoy el
mundo tienen directa relación con
los chanchullos de ingeniería financiera
que el aparato oficial aprobó e incluso
estimuló durante la era de Bush”.
No menos importante ha sido el rol de los
bancos centrales. El papel que éstos
desempeñaron jugó también
un factor crítico en esta crisis,
puesto que, utilizando el mecanismo de tasas
de interés anormalmente bajas, proveían
a los grandes operadores con dinero fresco
y a bajo costo para sus operaciones. Recuérdese
que los bancos centrales actúan como
prestamistas del sistema bancario y financiero,
para lo cual establecen una tasa de interés
que actúa como referente para las
operaciones de crédito. En particular,
la Reserva Federal –el Banco Central estadounidense-
cada vez que se enfrentaba a una amenaza
de inestabilidad, respondía con nuevas
inyecciones de liquidez. Alan Greespan –largo
tiempo a la cabeza de la Reserva federal-
fue el artífice de esta política
que hoy continúa Ben Bernanke. Por
otra parte, la deuda de los gobiernos ha
sido una de las bases más importantes
para el crecimiento de los activos financieros.
Algunos sostienen que el crecimiento del
período 2001/07 fue alimentado por
las bajas tasas de interés de Greenspan
y los enormes déficits fiscales de
Bush que hacían subir los títulos
y los volúmenes de endeudamiento
en el sistema financiero. Así también,
el Banco Central Europeo, ha ido inyectando
liquidez monetaria para que los Bancos puedan
tener dinero.
Torres López sostiene que los bancos
centrales son en parte responsables de la
crisis, en primer lugar porque a ellos corresponde
la labor de vigilar la situación
del negocio bancario, la de advertir del
riesgo y prevenir sus consecuencias. No
son pocos los instrumentos que tienen para
realizar dicha tarea y tampoco es despreciable
la información de que disponen sobre
la situación financiera real que
se estaba generando, pero, eligieron la
complacencia y el silencio frente a la creciente
volatilidad y el peligro cierto de recesión
mundial que se estaba incubando; y en segundo
lugar, porque los bancos centrales han utilizado
la política monetaria -que es un
instrumento de política económica-
exclusivamente para controlar la inflación,
olvidándose de cualquier otro objetivo,
como el crecimiento de la actividad o el
empleo, y han actuado como un soporte del
sistema financiero aportándole liquidez
para el negocio especulativo.
Como sostiene el Banco de Pagos Internacional
(BPI), en los últimos años
se han puesto claramente de manifiesto una
serie de tendencias económicas y
financieras inusuales, tales como el rápido
crecimiento del dinero y del crédito,
en el contexto de una inadecuada valoración
del riesgo en forma generalizada. Las elevadas
tasas de crecimiento monetario y crediticio
registradas en todo el mundo por un largo
período, entre otras causas, son
el resultado de una política monetaria
basada en tasas de interés oficiales
extraordinariamente bajas en los últimos
tiempos, en comparación con sus niveles
de posguerra, lo que fue posible gracias
a la mayor credibilidad que han tenido los
bancos centrales durante los últimos
años.
Por otra parte, en esta crisis, las agencias
clasificadoras de riesgo han sido francamente
incompetentes o han incurrido en graves
conflictos de intereses. Las aseguradoras
de deuda que actúan como aval en
todas las emisiones de deuda –denominadas
Monline porque esa es su única actividad-
que comenzaron asegurando deuda pública
de instituciones oficiales en Estados Unidos
y que desde hace algunos años decidieron
ampliar su negocio y lanzarse a las emisiones
privadas, avalando cualquier tipo de bono
o instrumento financiero estructurado como
los MBS, CDO o CDS, han perdido credibilidad
y, en consecuencia, valoración en
las bolsas de comercio. A estas incluso
se les acusa de estar muy implicadas en
el negocio y eso explica el que no les interesara
mostrar la verdadera y peligrosa naturaleza
de los títulos e instrumentos financieros.
El descontento en contra de estas clasificadoras
de riesgo se extiende por todo el orbe,
puesto que fueron incapaces de prever el
riesgo y siguieron clasificando con nota
AA (de bajo riesgo) a instrumentos financieros
contaminados con las hipotecas basura. Clasificadoras
de riesgo como Moody's y Standard and Poor's,
entre otras, otorgaron las calificaciones
más altas (AAA) a instrumentos financieros
que tenían como respaldo los famosos
créditos subprime. Lehman Brothers
–el gigante banco norteamericano caído
recientemente- ostentaba una clasificación
de bajo riesgo (AA) a pocos días
de su estrepitosa quiebra. Las aseguradoras
de riesgo norteamericanas más grandes
del planeta – Fitch, Standard & Poor's
y Moody's- han sido responsabilizadas por
parlamentarios estadounidenses de la crisis
y sus consecuencias. Más crudo fue
The Wall Street Journal, quien ha señalado
que estas aseguradoras no solo empujaron
la crisis, sino que ganaron mucho dinero
con los títulos contaminados con
las hipotecas subprime. Las clasificaciones
máximas de estos instrumentos financieros
que otorgaban estas clasificadoras, les
permitieron vender y colocar esos “instrumentos
basura” a los bancos de inversión,
a cambio –como no- de cuantiosas tarifas
de mercado.
Duración
de la Crisis
Ignacio Ramonet, citando al editorialista
Martin Wolf del Financial Times, nos informa
que las estimaciones van entre veinte años
si tenemos suerte o menos de diez años
si las autoridades actúan con mano
firme. La verdad es que la dimensión
del problema no está bien calibrada,
aún hay mucha incertidumbre y eso
se refleja en el frenético subir
y bajar de las bolsas. Tampoco se sabe quienes
son todos los afectados, cuántos
bancos, cuántas AFP, cuántos
fondos de inversión.
Claramente, la duración de la crisis
dependerá del monto de las pérdidas
que podrían acontecer en el curso
de ésta. Lynn Walsh, citando el libro
de Morris “The Trillion Dollar Meldown”,
sostiene que sólo las pérdidas
por las hipotecas subprime ascenderían
a 450 mil millones de dólares, aunque
hoy se sabe que es una estimación
baja por los montos que ha invertido el
gobierno norteamericano en sostener el mercado
financiero. Para las empresas estima pérdidas
potenciales mayores a 345 mil millones de
dólares; en tarjetas de crédito
las pérdidas ascenderían a
215 mil millones de dólares. En total,
un billón de dólares en pérdidas
o riqueza esfumada. Si a esto se agregan
las pérdidas potenciales de los CDS
–las deudas colaterales- y que son difíciles
de precisar, no quedarían muchas
ganas de seguir contando, dado que, cualquier
cifra que se aventure no debería
dejar de considerar que el valor nominal
de éstos asciende a la escalofriante
cifra de 45 billones de dólares.
Es por ello que Morris sostiene que si caen
los CDS “nos enfrentaríamos a una
trombosis completa del sistema de crédito”
y que, dado el volumen, no tiene sentido
tratar de estimar la magnitud de las pérdidas.
Para mayor abundamiento, Morris sostiene
que una crisis caótica, convulsiva,
un desastroso colapso del sistema financiero,
podría producir pérdidas de
hasta 3 billones de dólares.
Las
medidas de solución
Las crisis financieras son difíciles
de evitar en el marco del desarrollo capitalista,
más aún en el contexto de
un capitalismo con un sistema financiero
hipertrofiado. El viejo dicho “la ambición
rompe el saco” se aplica matemáticamente
a este capitalismo financiarizado, aunque
acá debemos hablar de bolsas y no
de saco. La ambición desmedida e
incontrolada es el caldo de cultivo para
estas crisis monumentales, en donde las
actividades especulativas no sólo
son el pan de cada día, también
se muestran como las actividades más
legítimas, técnica, política
y moralmente. Sin embargo, existen los instrumentos
de política económica y los
mecanismos institucionales y jurídicos
que pueden corregir y contener dichas crisis.
Eso fue lo que se aplicó en los años
treinta como resultado de la Gran Depresión:
todo un sistema institucional y de regulación
económica cuyo desmantelamiento ha
provocado la crisis en curso. Entre otras
medidas, habría que considerar impuestos
a los flujos de capital internacional, sistemas
de encaje que obligaran a los capitales
golondrina de corto plazo a mantener un
porcentaje de sus capitales en los países
de destino de sus inversiones, lo que encarece
y castiga las inversiones especulativas;
eliminar los famosos paraísos fiscales,
obligar a los bancos a la transparencia
mediante el término de las operaciones
“fuera de balance” que los habilita para
ocultar operaciones riesgosas; crear instituciones
estatales dedicadas a la clasificación
de riesgo que impida los conflictos de intereses.
En definitiva, más control y regulación
por parte de las instituciones públicas
que aseguren el interés ciudadano
por sobre cualquier otro objetivo político.
No está lejos el día en que
vuelvan, en gloria y majestad, las leyes
antimonopolio que nunca debieron ser abandonadas.
Esto es, nada más, lo que propone
Michael Moore con su especial modo de comunicarse,
al exigir que “todas las regulaciones deben
ser restauradas” y decretar la muerte de
la revolución Reagan quien señalara
como marco de sus políticas de desregulación
que “El problema no es el Estado, el Estado
es el problema”. En concreto Moore propone
para los Estados Unidos la revocación
de la Financial Services Modernization Act
de 1999, promulgada por Clinton y promovida
por el senador republicano Phil Gramm, principal
asesor económico del candidato republicano
John McCain. Esta propuesta es muy probable
que sea bien acogida en un eventual gobierno
demócrata encabezado por Barack Obama.
En lo inmediato, sería posible poner
en juego el poder acumulado por los Fondos
Soberanos de inversión, creados por
los Estados y bancos centrales con recursos
procedentes principalmente del petróleo
y del gas. Rusia, Noruega, algunos países
asiáticos y los Emiratos árabes,
han constituido este tipo de fondos cuya
envergadura se estima en 3 billones de dólares.
Tienen su origen en los años cincuenta
bajo la idea de constituir un “fondo para
las futuras generaciones” y tienen, como
sostiene Ibrahim Warde, características,
objetivos y modos de funcionamiento diferentes
a los que rigen los fondos especulativos
responsables de la presente crisis. Esto
y su poder financiero, los hace funcionales
a objetivos político-estratégicos
distanciados del desenfreno especulativo
que caracteriza la economía finaciarizada.
De hecho, ya han estado jugando un papel
importante en la política de salvataje
de los bancos caídos en desgracia
a lo largo de los últimos trece meses
que ha durado la crisis subprime. Como destaca
Warde, en noviembre del 2007, el fondo ADIA
de los Emiratos Árabes Unidos compró
el 4,9% de Citigroup, primer banco mundial;
dos semanas más tarde, el fondo GIC
de Singapur inyectaba 10.000 millones de
dólares en el grupo suizo UBS, décimo
banco mundial. En diciembre del mismo año,
el fondo soberano chino CIC adquirió
el 9,9% del capital del gran banco de negocios
Morgan Stanley; Merrill Lynch recibió
4.400 millones de dólares del fondo
Temasek de Singapur. Esto entre otras operaciones
que están realizando estos fondos
y que hoy, a la luz de la flagrante incapacidad
del mercado financiero de resolver los problemas
que ha creado en el marco de la desregulación,
podrían ser hábil y políticamente
utilizados para ordenar el comportamiento
de los flujos de inversión internacional.
Otra de las importantes reformas que deberían
implementarse, dice relación con
las políticas salariales de los altos
ejecutivos. Emilio Ocampo sostiene que las
compañías y bancos también
deberán cambiar su cultura y su estructura
de compensaciones y bonos, ya que es improbable
que estas instituciones puedan seguir pagando
a sus ejecutivos y a sus empleados el 50%
de sus ingresos. En la misma dirección
Moore exige que “ningún ejecutivo
debiera ser pagado más de 40 veces
lo que gana su empleado promedio”. Las cifras
de Moore son estremecedoras: en 1980, el
presidente promedio de una compañía
ganaba 45 veces lo que ganaban sus empleados;
en el 2003 ganaban 254 veces y ahora, después
de la era Bush, cobran 400 veces, mientras
en Gran Bretaña, el presidente de
una compañía promedio gana
28 veces lo que recibe un empleado típico
y en Japón sólo 17 veces.
Conclusiones
En un artículo de Victor Ramos, titulado
“Derecho a alimentarse, derecho a rebelarse”,
se sostiene que hace muy poco tiempo, cuando
las bombas caían en Irak, en marzo
del 2003, las bolsas internacionales, principalmente
las europeas y Wall Street, reaccionaban
con euforia y que esto habría llevado
a reconocer a dirigentes del Partido Popular
español (PP), que España había
perdido una gran oportunidad al retirar
las tropas. La búsqueda de beneficios
exorbitantes ha llevado al mundo a un retroceso
gravísimo en la estructura de valores
que orienta el quehacer humano y ello tiene
implicancias monumentales haciendo crecer
la desigualdad, la pobreza y la destrucción
de los ecosistemas naturales del planeta,
incrementando exorbitantemente el índice
de dolor y sufrimiento de miles de millones
de personas. Cuando la humanidad vuelva
a encontrar su centro y se restauren ciertos
valores y virtudes humanas que han sido
enviadas a la zona de castigo en el curso
de los últimos treinta años,
muy probablemente lo que ocurre en Wall
Street será incorporado al grupo
de las grandes calamidades de la historia
humana, como lo fueron los campos de concentración
nazis, el estalinismo, las explosiones nucleares
de Hiroshima y Nagasaki, el SIDA, el hambre
africana y las dictaduras latinoamericanas,
entre muchas otras.
Mientras tanto, si bien esta crisis no
sea aquella tan esperada por el pensamiento
de izquierda tradicional como la “crisis
terminal del capitalismo”, al menos esperemos
que Ignacio Ramonet, uno de los editores
de Le Monde Diplomatique, tenga razón
cuando sostiene que el derrumbe de Wall
Street es comparable, en la esfera financiera,
a lo que representó, en el ámbito
geopolítico, la caída del
muro de Berlín, con lo que se terminaría
con la era iniciada con Ronald Reagan
en 1981, poniéndole fin a la “edad
de oro” de Wall Street. Si esto ocurre
sería todo un logro y un progreso
para la humanidad, pero, tal como lo sostiene
Paul Samuelson, todo el mundo sabe que,
hoy en día, el dinero sirve para
comprar votos legalmente. Por eso los
realistas matizan su optimismo con cierta
cautela.
Referencias
Ignacio Ramonet, El fin de una era
del capitalismo financiero. http://www.attac.es/portalattac/index.php?option=com_content&task=view&id=338&itemid=1
Fernando A. Torres,
Armagedón desciende sobre
el “libre mercado”. http://elmapocho.cl/index.php?option=com_content&task=view&id=543&Itemid=53
Michael Moore,
Cómo arreglar el lío
en Wall Street.
http://viejoblues.com/Bitacora/michael-moore-como-arreglar-el-lio-en-wall-street
Leopoldo Abadía,
La Crisis Ninja.
http://leopoldoabadia.blogspot.com/search/label/%2B%20ANEXO%201%20Crisis%20NINJA
Victor Ramos, Derecho
a alimentarse, derecho a rebelarse.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=73607
Alicia Girón
y Eugenia Correa, Mercados financieros
globales: desregulación y
crisis financieras.
http://www.ub.es/prometheus21/articulos/nautas/25.pdf
Banco de Pagos
Internacional, BPI, Informe Nº
78.
http://www.bis.org/publ/arpdf/ar2008_es.htm
Clara Elena Parra
y Natalia Salazar, La Crisis Financiera
y la Experiencia Internacional.
http://www.colombiestad.gov.co/index.php?option=com_linkdirectory&task=report&id=1250&Itemid=52
John Hoefle, La lección de
la debacle de Enron: debe restablecerse
la regulación. http://www.larouchepub.com/spanish/other_articles/2002/DebacleEnron.html
Emilio Ocampo, Réquiem para
Wall Street. http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1055061
Ibrahim Warde, Los “fondos soberanos”
absorben bancos.
http://www.lemondediplomatique.cl/Los-fondos-soberanos-absorben.html
Lynn Walsh, Economía mundial:
Una crisis pronosticada.
http://mundosocialista.net/2008/06/17economia.html
Alicia Girón González,
Crisis financieras: causas y efectos.
http://www.eumed.net/libros/2005/agg/2.htm
Juan Torres López, Diez ideas
para entender la crisis financiera,
sus causas,
sus responsables y sus posibles
soluciones. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=55925
Paul A. Samuelson, Bush y las actuales
tormentas financieras. http://www.elpais.com/articulo/opinion/Bush/actuales/tormentas/financieras
/elpepiopi/20080128elpepiopi_4/Tes
Comentario
Comentarios
El comentario
no relacionado con el artículo
será eliminado.
Todo mensaje
ofensivo será borrado.
Si
deseas publicar o difundir artículos,
nos contactes a través de nuestro
formulario de contacto