Suecia - Estocolmo


Suecia
 
Che-t-pino
Héctor Diaz
E stocolmo- 2007
 
                        Imprima !   Envía a una amiga - o !!    

A Che-t-pino siempre le gustaron los lentes negros. Desde chiquito, cuando los soldaditos de plomo importados desde Europa, incursionaban en los territorios de los países vecinos, corriendo las fronteras a su voluntad, ya usaba Che-t-pino en el ambiente militarizado de su aposento los lentes negros, que le ocultaban el desprecio por los vencidos. Ni el monóculo diplomático, ni ningún otro adminículo transparente, ni en las requeridas circunstancias palaciegas a la hora del minué le hacían desistir de sus oscuros lentes.

Tradiciones, buenas costumbres, patria, obediencia, disciplina, religión y un horizonte de códigos y rigores militares conformarían esa escuela que forma “ hombres ilustres” .

¿Ilustres para quiénes? Bueno, para el entorno familiar, el círculo de allegados a la familia, la iglesia del lugar natal y uno de sus grandes forjadores espirituales, el cura párroco.

El día aquel, que descendiendo del cerro le preguntara a su confesor sobre las virtudes de los sueños, y los porqué de esas energías desalineadas, recibiendo como respuesta la línea rectora de lo que sería su personalidad futura:
- Los sueños son tentaciones del diablo y el señor nos está poniendo a prueba con su piadosa y enigmática forma de comunicarse. Los caminos del señor son misteriosos. Un pro-hombre de la patria no debe extraviar su energía productiva en divagaciones, incógnitas existenciales o malentendidos intelectuales. ¿ Cuéntame que has soñado ? - preguntó el reverendo, con la esperanza de que todo quedaría solucionado con unos “padres nuestros”.

Che-t-Pino no sabía como empezar. – Soñé que era un león. ¡ Sí ! , un león de lentes negros, joven y con ganas de conocer la selva, la sabana y el desierto. Trepé a un árbol gigante con la simple intención de contemplar la selva y descubrí sorprendido que no podía comtemplar lo que allí pasaba. Todo estaba cubierto de un apelmazado tejido verde que ocultaban la realidad subyacente. Solamente el vuelo de algunas aves que revoloteaban en círculos concéntricos. Me hice trampas a mí mismo, trampas piadosas, dejé deslizar lentamente mis lentes hacia la punta de mi nariz y por encima de ellos miré el horizonte.

Vi carteles similares a los que colocan de tanto en tanto en las carreteras para hacerle propaganda a una bebida, aspirina o caja de cigarrillos.
- Dios cuide tus fantasías hijo - dijo el cura confesor.

- Pero en lugar de reclames alusivos a algún producto comerciable -continuó Che-t-Pino - estaban los nombres de los grandes hombres que ilustraba mi padre en sus narraciones domingueras. Entre ellos el de Napoleón estaba escrito con luz de neón, que siempre iluminó mi infancia. Soñaba que con el corso invadíamos la península Itálica, vencíamos en Lodi, Castiglioni, Arcole, Rívoli, nos paseábamos por Egipto, exterminábamos 100 000 prisioneros turcos y entre otras aventuras, distribuíamos reinos, protectorados, ocupando las ruinas que iban dejando las viejas monarquías europeas. Lo de Rusia fue un imprevisible, pero siempre tuve el buen gusto de despertar cuando todavía ocupábamos Moscú.

Mi padre reinventaba estas historias europeas, que calaban hondo en mi ya predispuesto espíritu guerrero. Lo único que yo necesitaba era un buen par de lentes negros que ocultaran todas mis confusiones y una buena teoría militar que ocultara mis sueños matando al niño que alguna vez quiso saber de la selva.
El día aquel que comencé en la escuela militar mi educación de soldado, lo primero que aprendí fue que la disciplina y la obediencia son los pilares de la organización militar.

El soldado no piensa y debe obedecer ciegamente la orden del superior, debe integrar a su espíritu de cuerpo la genuina idea de que para preservar la paz, salvaguardar la integridad territorial y preservar el estilo occidental de vida debe de hacerse la guerra. Todos los otros ejércitos se preparan para lo mismo.
Para nosotros, soldados, la paz es una pausa entre guerra y guerra. Las sociedades siempre estuvieron estructuradas en clases, y el estamento militar debe de preservar estos valores, todo atisbo equiparador y democrático es un peligro a los valores tradicionales de la patria.

Y fue una ventaja ver la realidad en negro.
El negro color de los lentes que nunca dejaron pasar la luz.

La luz trae encerrada en su vientre el conocimiento, tontería esa por la cual el señor castigó a Adán y Eva expulsándolos del paraíso. La magnífica águila romana-germana, que le comía el hígado a Prometeo por haber desobedecido a Zeus, pretendiendo iluminar su mundo con la luz del conocimiento.

Por eso cuando el dios de la calle, se tiznó la cara con la democracia y el socialismo, tuve que sacar los pies de la palangana, calzarme bien las botas, limpiar bien los lentes negros y arremeter contra el mal-ejemplo que el masón en el poder le estaba proponiendo a la América latina. El había organizado una merienda de indios, de infiltrados terroristas latinoamericanos y de malos patriotas que con linchacos, desfilaban muy orgullosos, mostrando estandartes, banderas y estrellas del otro Che, ofensa a nuestra fe, a nuestro ejército, esencia de ese credo. Esa gente necesitaba un revolcón, una espantada, una buena patada en el culo.

Una máquina metódica que erradicase la idea de una posible justicia social. La inquisición y el miedo con sangre entran . La tortura, la violación, la muerte, la bolsa con cal, la censura de todo medio de prensa opositora, los compromisos posibles con algunos sectores oligárquicos que en principio duden frente a la sana costumbre de protagonizar golpes de estados son los remedios adecuados a tantas “pretenciones igualitaristas”.

El exilio es la “última gracia” que podemos conceder a algunos de estos desnorteados y malos ciudadanos para los cuales no habrá redención posible.
Que mueran en su propia inconformidad, no supieron vencer, no supieron conspirar, no entendieron nunca que la guerra es una de las tantas formas de la política.

- Pero ahora yazgo aquí, en cajón de cedro, sin sueños, sin haber sentido nunca la brisa de la libertad, sin haberme nunca imaginado qué querían mis enemigos, quiénes eran. Aquí yazgo sin mis lentes negros. Fueron esos lentes quienes me ocultaron la esencia del Ser, de lo único que se puede ser, de lo único que sin apuro y desde el anonimato se puede ser: Pueblo. De la calle, roto de la calle, vecino de la callampa que lucha con sus dificultades diarias, se embriaga, golpea a su mujer, desatiende la vida de sus hijos, porque los hemos sumido siempre en la ignorancia y en la esclavitud económica. Fueron mis lentes negros los que me impidieron ver.

Fueron ellos regalo del cura confesor, de mi padre con sus desatinos belicistas, de mi madre, comesantos, prejuciosa, que se jactaba de que nunca se había mostrado desnuda frente a mi padre. Se acostaba portando un camisón con un agujero labrado en hebrillas doradas a la altura de la cabecita de mono que Venus había colocado entre sus piernas.

Yo soy hijo de esas luchas, cuando luego de desesperados asaltos mi padre lograba desabrochar el hueco e introducir su pecaminosa erecta porquería entre las labradas hebrillas. De mi tío paterno dedicado a la explotación de sus grandes fundos; de la iglesia católica que me hizo creer en la madre, el padre y el espíritu santo, en el carpintero que necesitó de ayuda celestial porque su madera ya no era de cedro como este cajón que hoy me pone por primera vez de cara al sol. Y desde este cajón los observo a todos a través de esta tela transparente. Allí están en primera fila, como cuervos detrás de los despojos, como pingüinos dispuestos a pescar los peces que se les escaparon a Pedro. Y los soldaditos importados de Europa, todos de plomo, condecorados por haber vencido a su propio pueblo, allí están con sus uniformes, sus galones, sus contraseñas, sus cinturones de cueros, sus estandartes, sus botones dorados, sus cerebros lavados, llenos de plomo, los músculos tensos de sus rostros y la muerte en la boca de sus armas, como esencia de la ideología que los anima.

Y el pueblo, el pueblo liso y llano, que baila cuando muere un cantor popular, o convierte en culto la tumba de un poeta popular. ¿Dónde está el pueblo, la picaresca de la calle, con sus voces de feria, sus coqueteos llenos de arrumacos amorosos y beleidades de reproducción? .

Que no se entere el cura confesor, pero me hubiera gustado un cajón de barro y velas de arena, una tumba anónima al pie de un ciprés cerca del mar, una piedra con letras raras, donde se intentase leer, “yace aquí por sufrir, semilla del mundo andino”.

Esta vida mía, sujeta a un par de lentes negros, fue como una de esas grandes carreteras de los norteamericanos, con muchas vías de ida y vuelta, metiéndose en los pueblos, convirtiéndose en avenidas de barrio, que mueren en callecitas vecinales, que desembocan en caminitos de cabras.

Ahora que ya no soy ni un caminito de cabras, que no tienen más importacias mis nombres falsos con entrada licenciosa en una banca mundial que se jacta del “secreto bancario”, ahora que ya no tienen sentido ni los contrabandos de automotores, ni el tráfico de drogas para financiar la “contra en Nicaragua”, ni los asesinatos protagonizados por el brazo largo de la dictadura en Nueva York, de la cual siempre fui su representante supremo. Tampoco tiene ya importancia el modelo de “progreso capitalista” impulsado por los mismos que me impusieron en el poder. Ahora, sin lentes negros, me pregunto: -
¿ Que recuerdo quedará de mí ?
La historia no me absolverá, pasaré a ser parte de la historia bárbara de la América Latina. De mis odiados-queridos lentes negros se harán subastas en los mercados más cotizados del planeta. Coleccionistas de todo el mundo ofertarán sumas fabulosas, la ley discutirá por tiempos imperecederos si mis lentes pertenecen al Estado, al ejército o al peculio familiar. En la transitoriedad del momento, en este olvido de mí mismo, en este desnudamiento de mi personalidad, en esta última puesta en escena, antes de ir a la oscuridad definitiva, queda descubierto frente al mundo, al aire, al mar, el miedo que siempre tuve.

En el cajón de la mesita de luz, junto a la dentadura postiza y el reloj de oro que me obsequiara la Dama de Hierro sucumben desorientados los lentes negros con los que se ocultaba la dictadura.

En el diálogo inconfeso, post mortum, los lentes negros comtemplarán el entorno cuadricular del cajón. Desearán la luz que siempre impidieron pasar a mi cerebro de dictador. Alguna vez oyeron hablar del “animismo”, en las clases de la Escuela de Guerra, cuando se hablaba del respeto a los símbolos patrios, de cómo estos símbolos adquirían vida cuando se ofrendaba la vida por ellos. Ellos se sabían con memoria, la misma memoria que ahora pasa a pernoctar en los cristales oscuros, testigos de miles de crímenes inconfesos.

Se sabían inmortales, sobrevidores a la muerte de su propietario, tenían conciencia plena de haber abandonado, el rostro insípido, límpido, imberbe de este gran atleta del capitalismo apocalíptico.

Ahora, en la cureña, arrastrada por briosos corceles, rumbo al viaje sin regreso, sin energía ni pensamientos, un cartel de neón, de esos que hay en las grandes carreteras, anuncian : “ la exclusividad de un hombre diferente, ...importante, ...imprescindible,...portando binoculares,... pulidos,... de color negro,...con la imperceptible nombre de marca en el orillo, Che-t-pino”.

 
Estocolmo//suecia
Articulos
Che-t-pino
Good bye Lenin
El cementerio y la escritura.
Cucarachas
De un solitario Domingo en la mañana
Repaso de un paseo
   
poesia
  Hoy
  Contáme de tu vida
  Del barrio Tajo y Puñalada
  Diccionario lunfardo
  El balcón me llama
   
 
 
Los premios Nobel 2006
Historia de Estocolmo
Estocolmo en La segunda mitad del siglo XIX
   

Contacto: redaccion@estocolmo.se
© Copyright Estocolmo.se 2003, - Editor Responsable: ADFLA-DIG
Las opiniones contenidas en este sitio son de la exclusiva responsabilidad de sus autores.
Webbmaster