|
A
Che-t-pino siempre le gustaron
los lentes negros. Desde chiquito,
cuando los soldaditos de plomo
importados desde Europa, incursionaban
en los territorios de los países
vecinos, corriendo las fronteras
a su voluntad, ya usaba Che-t-pino
en el ambiente militarizado de
su aposento los lentes negros,
que le ocultaban el desprecio
por los vencidos. Ni el monóculo
diplomático, ni ningún
otro adminículo transparente,
ni en las requeridas circunstancias
palaciegas a la hora del minué
le hacían desistir de sus
oscuros lentes.
Tradiciones, buenas costumbres,
patria, obediencia, disciplina,
religión y un horizonte
de códigos y rigores militares
conformarían esa escuela
que forma “ hombres ilustres”
.
¿Ilustres para quiénes?
Bueno, para el entorno familiar,
el círculo de allegados
a la familia, la iglesia del lugar
natal y uno de sus grandes forjadores
espirituales, el cura párroco.
El día aquel, que descendiendo
del cerro le preguntara a su confesor
sobre las virtudes de los sueños,
y los porqué de esas energías
desalineadas, recibiendo como
respuesta la línea rectora
de lo que sería su personalidad
futura:
- Los sueños son tentaciones
del diablo y el señor nos
está poniendo a prueba
con su piadosa y enigmática
forma de comunicarse. Los caminos
del señor son misteriosos.
Un pro-hombre de la patria no
debe extraviar su energía
productiva en divagaciones, incógnitas
existenciales o malentendidos
intelectuales. ¿ Cuéntame
que has soñado ? - preguntó
el reverendo, con la esperanza
de que todo quedaría solucionado
con unos “padres nuestros”.
Che-t-Pino no sabía como
empezar. – Soñé
que era un león. ¡
Sí ! , un león de
lentes negros, joven y con ganas
de conocer la selva, la sabana
y el desierto. Trepé a
un árbol gigante con la
simple intención de contemplar
la selva y descubrí sorprendido
que no podía comtemplar
lo que allí pasaba. Todo
estaba cubierto de un apelmazado
tejido verde que ocultaban la
realidad subyacente. Solamente
el vuelo de algunas aves que revoloteaban
en círculos concéntricos.
Me hice trampas a mí mismo,
trampas piadosas, dejé
deslizar lentamente mis lentes
hacia la punta de mi nariz y por
encima de ellos miré el
horizonte.
Vi carteles similares a los que
colocan de tanto en tanto en las
carreteras para hacerle propaganda
a una bebida, aspirina o caja
de cigarrillos.
- Dios cuide tus fantasías
hijo - dijo el cura confesor.
- Pero en lugar de reclames alusivos
a algún producto comerciable
-continuó Che-t-Pino -
estaban los nombres de los grandes
hombres que ilustraba mi padre
en sus narraciones domingueras.
Entre ellos el de Napoleón
estaba escrito con luz de neón,
que siempre iluminó mi
infancia. Soñaba que con
el corso invadíamos la
península Itálica,
vencíamos en Lodi, Castiglioni,
Arcole, Rívoli, nos paseábamos
por Egipto, exterminábamos
100 000 prisioneros turcos y entre
otras aventuras, distribuíamos
reinos, protectorados, ocupando
las ruinas que iban dejando las
viejas monarquías europeas.
Lo de Rusia fue un imprevisible,
pero siempre tuve el buen gusto
de despertar cuando todavía
ocupábamos Moscú.
Mi padre reinventaba estas historias
europeas, que calaban hondo en
mi ya predispuesto espíritu
guerrero. Lo único que
yo necesitaba era un buen par
de lentes negros que ocultaran
todas mis confusiones y una buena
teoría militar que ocultara
mis sueños matando al niño
que alguna vez quiso saber de
la selva.
El día aquel que comencé
en la escuela militar mi educación
de soldado, lo primero que aprendí
fue que la disciplina y la obediencia
son los pilares de la organización
militar.
El soldado no piensa y debe obedecer
ciegamente la orden del superior,
debe integrar a su espíritu
de cuerpo la genuina idea de que
para preservar la paz, salvaguardar
la integridad territorial y preservar
el estilo occidental de vida debe
de hacerse la guerra. Todos los
otros ejércitos se preparan
para lo mismo.
Para nosotros, soldados, la paz
es una pausa entre guerra y guerra.
Las sociedades siempre estuvieron
estructuradas en clases, y el
estamento militar debe de preservar
estos valores, todo atisbo equiparador
y democrático es un peligro
a los valores tradicionales de
la patria.
Y fue una ventaja ver la realidad
en negro.
El negro color de los lentes que
nunca dejaron pasar la luz.
La luz trae encerrada en su vientre
el conocimiento, tontería
esa por la cual el señor
castigó a Adán y
Eva expulsándolos del paraíso.
La magnífica águila
romana-germana, que le comía
el hígado a Prometeo por
haber desobedecido a Zeus, pretendiendo
iluminar su mundo con la luz del
conocimiento.
Por eso cuando el dios de la calle,
se tiznó la cara con la
democracia y el socialismo, tuve
que sacar los pies de la palangana,
calzarme bien las botas, limpiar
bien los lentes negros y arremeter
contra el mal-ejemplo que el masón
en el poder le estaba proponiendo
a la América latina. El
había organizado una merienda
de indios, de infiltrados terroristas
latinoamericanos y de malos patriotas
que con linchacos, desfilaban
muy orgullosos, mostrando estandartes,
banderas y estrellas del otro
Che, ofensa a nuestra fe, a nuestro
ejército, esencia de ese
credo. Esa gente necesitaba un
revolcón, una espantada,
una buena patada en el culo.
Una máquina metódica
que erradicase la idea de una
posible justicia social. La inquisición
y el miedo con sangre entran .
La tortura, la violación,
la muerte, la bolsa con cal, la
censura de todo medio de prensa
opositora, los compromisos posibles
con algunos sectores oligárquicos
que en principio duden frente
a la sana costumbre de protagonizar
golpes de estados son los remedios
adecuados a tantas “pretenciones
igualitaristas”.
El exilio es la “última
gracia” que podemos conceder a
algunos de estos desnorteados
y malos ciudadanos para los cuales
no habrá redención
posible.
Que mueran en su propia inconformidad,
no supieron vencer, no supieron
conspirar, no entendieron nunca
que la guerra es una de las tantas
formas de la política.
- Pero ahora yazgo aquí,
en cajón de cedro, sin
sueños, sin haber sentido
nunca la brisa de la libertad,
sin haberme nunca imaginado qué
querían mis enemigos, quiénes
eran. Aquí yazgo sin mis
lentes negros. Fueron esos lentes
quienes me ocultaron la esencia
del Ser, de lo único que
se puede ser, de lo único
que sin apuro y desde el anonimato
se puede ser: Pueblo. De la calle,
roto de la calle, vecino de la
callampa que lucha con sus dificultades
diarias, se embriaga, golpea a
su mujer, desatiende la vida de
sus hijos, porque los hemos sumido
siempre en la ignorancia y en
la esclavitud económica.
Fueron mis lentes negros los que
me impidieron ver.
Fueron ellos regalo del cura confesor,
de mi padre con sus desatinos
belicistas, de mi madre, comesantos,
prejuciosa, que se jactaba de
que nunca se había mostrado
desnuda frente a mi padre. Se
acostaba portando un camisón
con un agujero labrado en hebrillas
doradas a la altura de la cabecita
de mono que Venus había
colocado entre sus piernas.
Yo soy hijo de esas luchas, cuando
luego de desesperados asaltos
mi padre lograba desabrochar el
hueco e introducir su pecaminosa
erecta porquería entre
las labradas hebrillas. De mi
tío paterno dedicado a
la explotación de sus grandes
fundos; de la iglesia católica
que me hizo creer en la madre,
el padre y el espíritu
santo, en el carpintero que necesitó
de ayuda celestial porque su madera
ya no era de cedro como este cajón
que hoy me pone por primera vez
de cara al sol. Y desde este cajón
los observo a todos a través
de esta tela transparente. Allí
están en primera fila,
como cuervos detrás de
los despojos, como pingüinos
dispuestos a pescar los peces
que se les escaparon a Pedro.
Y los soldaditos importados de
Europa, todos de plomo, condecorados
por haber vencido a su propio
pueblo, allí están
con sus uniformes, sus galones,
sus contraseñas, sus cinturones
de cueros, sus estandartes, sus
botones dorados, sus cerebros
lavados, llenos de plomo, los
músculos tensos de sus
rostros y la muerte en la boca
de sus armas, como esencia de
la ideología que los anima.
Y el pueblo, el pueblo liso y
llano, que baila cuando muere
un cantor popular, o convierte
en culto la tumba de un poeta
popular. ¿Dónde
está el pueblo, la picaresca
de la calle, con sus voces de
feria, sus coqueteos llenos de
arrumacos amorosos y beleidades
de reproducción? .
Que no se entere el cura confesor,
pero me hubiera gustado un cajón
de barro y velas de arena, una
tumba anónima al pie de
un ciprés cerca del mar,
una piedra con letras raras, donde
se intentase leer, “yace aquí
por sufrir, semilla del mundo
andino”.
Esta vida mía, sujeta a
un par de lentes negros, fue como
una de esas grandes carreteras
de los norteamericanos, con muchas
vías de ida y vuelta, metiéndose
en los pueblos, convirtiéndose
en avenidas de barrio, que mueren
en callecitas vecinales, que desembocan
en caminitos de cabras.
Ahora que ya no soy ni un caminito
de cabras, que no tienen más
importacias mis nombres falsos
con entrada licenciosa en una
banca mundial que se jacta del
“secreto bancario”, ahora que
ya no tienen sentido ni los contrabandos
de automotores, ni el tráfico
de drogas para financiar la “contra
en Nicaragua”, ni los asesinatos
protagonizados por el brazo largo
de la dictadura en Nueva York,
de la cual siempre fui su representante
supremo. Tampoco tiene ya importancia
el modelo de “progreso capitalista”
impulsado por los mismos que me
impusieron en el poder. Ahora,
sin lentes negros, me pregunto:
-
¿ Que recuerdo quedará
de mí ?
La historia no me absolverá,
pasaré a ser parte de la
historia bárbara de la
América Latina. De mis
odiados-queridos lentes negros
se harán subastas en los
mercados más cotizados
del planeta. Coleccionistas de
todo el mundo ofertarán
sumas fabulosas, la ley discutirá
por tiempos imperecederos si mis
lentes pertenecen al Estado, al
ejército o al peculio familiar.
En la transitoriedad del momento,
en este olvido de mí mismo,
en este desnudamiento de mi personalidad,
en esta última puesta en
escena, antes de ir a la oscuridad
definitiva, queda descubierto
frente al mundo, al aire, al mar,
el miedo que siempre tuve.
En el cajón de la mesita
de luz, junto a la dentadura postiza
y el reloj de oro que me obsequiara
la Dama de Hierro sucumben desorientados
los lentes negros con los que
se ocultaba la dictadura.
En el diálogo inconfeso,
post mortum, los lentes negros
comtemplarán el entorno
cuadricular del cajón.
Desearán la luz que siempre
impidieron pasar a mi cerebro
de dictador. Alguna vez oyeron
hablar del “animismo”, en las
clases de la Escuela de Guerra,
cuando se hablaba del respeto
a los símbolos patrios,
de cómo estos símbolos
adquirían vida cuando se
ofrendaba la vida por ellos. Ellos
se sabían con memoria,
la misma memoria que ahora pasa
a pernoctar en los cristales oscuros,
testigos de miles de crímenes
inconfesos.
Se sabían inmortales, sobrevidores
a la muerte de su propietario,
tenían conciencia plena
de haber abandonado, el rostro
insípido, límpido,
imberbe de este gran atleta del
capitalismo apocalíptico.
Ahora, en la cureña, arrastrada
por briosos corceles, rumbo al
viaje sin regreso, sin energía
ni pensamientos, un cartel de
neón, de esos que hay en
las grandes carreteras, anuncian
: “ la exclusividad de un hombre
diferente, ...importante, ...imprescindible,...portando
binoculares,... pulidos,... de
color negro,...con la imperceptible
nombre de marca en el orillo,
Che-t-pino”.
|