Suecia - Estocolmo


Poesía
El balcón me llama

El balcón me llama,
refugio de mis cigarrillos y reflexiones,
contacto con la noche de negro cielo
y tenues puntos blancos tintineantes,
energías perdidas en la galaxia,
la eterna oscuridad que nos une con el mito,
el fin y el comienzo de un tiempo que no existe,
el deambular eterno de los astros,
ignorantes ancestros de nuestra bípeda aventura.
Llegan voces, la importancia de llamarse hombre,
idiomas más potentes que nuestros refugios,
nuestros miedos avergonzados en paredes de cemento,
la luna asomando su timidez de historia,
una señal de amor entre supuestas nubes sin contornos,
que me exhorta a vivir lo que me queda.

El balcón me llama,
un clarinete llora su lamento de jazz,
un Mississipi negro, añora una Africa olvidada,
que se quedó esclava de una “ miss ” londinense,
en esa época sin tiempo donde el Zambezi y el Niger
vivían su inocencia cotidiana.
Un vaso de vino, viene y va,
de la cocina nos llegan las palabras,
honesto de Oscar Wilde se quedó sin Ernesto,
Dublinés de origen, dicen que era inglés,
los Siete Locos de Andrejev rebotan en Buenos Aires,
mientras Arlt, Onetti y Borges hablan desde la foto
que en blanco y negro narran la bohemia del cuarenta,
cuando la  calle se estaba llenando de fermentos.

El balcón me llama a la reflexión,
al ostracismo voluntario,
al amor que te marca las heridas,
Sócrates interpretado por Platón y la cicuta extraña,
el viento que tiene su discurso, susurro del pasado,
estamos caminando hace veintemil años,
en busca de una estrella en el espacio,
sea Belén, la roja de los bolches, la de David,
o la de los Tupamaros, símbolos, juegos del hielo,
que se derriten con el sol del próximo verano.
El balcón me llama, con su voz gris, su forma de cuadrado,
a dialogar con lo ido, lo perdido, lo nuevo, lo ganado.
Oigo un violín azul, imaginario, el tío de Chagal,
cayendo del espacio, con su galaxia vino, una vaca volando,
una forma de ilustrar que tiene el universo,
misterios refugiados en el inmenso etéreo,
conversando a veces con un balcón lejano.

Héctor Díaz, 30 de Mayo del 2005 

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