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Por Héctor Díaz
Estocolmo/2006
En
pocas palabras, amigo, quería
ser escritor. Y las ideas sobre
estos menesteres brillaban por
su ausencia, en mi rala memoria.
¿ Qué se hace en
estos casos ?
Consultar a gente más idónea
en la materia se desprendió
sorprendentemente desde mis entendederas.
Y quién puede hacer luz
de estos entripados en esta mestiza
zona de la cultura? ¿ Quién
en estos andurriales pauperizados,
excluídos de la mano enciclopédica,
pueden abrir senderos hacia las
cumbres altas? Paupérrima
mi inquietud, se dirigió
a la casa de un conocedor del
más allá; Juan Sarmiento,
sepulturero del Pueblo Chico desde
los tiempos en que el cementerio
era un camposanto. Y sin prolegómenos
dirigí mis intenciones
gracias a la confianza que me
dispensaba el susodicho. Sabedor
de mis inquietudes de escribidor,
amortiguó la sonrisa en
una descansada mirada socarrona
que feneció en las alturas
de un ciprés retobado.
El sol tórrido, caído
a pique, marcaba la sombra muy
marcada de lo animado y lo inanimado.
Era verano en mocedad y el torso
de Juan, apenas cubierto por una
camisilla, estaba empapado de
la sal celular que excreta la
biología humana. Nos sentamos
al proseo al pié del mismo
ciprés retobado. El rojo
granítico asiento acondicionado
a las necesidades de los culos
transeúntes de las muchas
personas que con sus meditaciones
peregrinas produjeron, orgullosamente
estas maravillosas ondanadas que
se prestaban para estos menesteres.
Antes de continuar con esta ventura
literaria, quiero acotar que en
esta geografía, no hay
literatura sin mate! Hecha la
acotación continúo
con el relato.
Juan, como ganando el tiempo necesario
para la preparación previa
al alubión inesperado,
invocó la preparación
de este beberaje mencionado entre
paréntesis más arriba.
El mate es la pausa necesaria
en la conversación, una
especie de respiro para oxigenar
proseos, la función de
las comillas en el lenguaje escrito,
la seguridad de tener un resguardo
antes de darle respuesta a una
incógnita existencial.
Cuántas veces le han preguntado
a Juan sobre el más allá
de las almas (se disputa esta
magna materia con don Gilberto,
el cura de la parroquia). Y la
ramita salvadora en todos estos
éxtasis de la meditación
universal están radicados
en el chupeteo de sorbos desacompasados
extraídos de la calabaza
chupática.
Que el agua está muy
caliente, que hay que dejar que
la yerba hinche, que se tapó
la bombilla, que este mate se
lava muy rápido, y los
mil recursos de la literatura
matera que hacen del hombre común
un filósofo de oficio.
Y volviendo al tema que a mi me
interesa, qué más
indicada esta persona ya especializada
en meditaciones trascendentales
para reponder a todas mis necesidades
de como invertir mis energías
futuras. Juan me miró desde
su mirada color mate, reflexionó
sobre las bondades del día,
salivó a la usanza compadrita,
de colmillo al costado y hizo
la larga pausa de quien esta ordenando
un responder de aliento a esa
idea malversada del futuro. Intenciones
de ser “ escribidor ” se le escapó
como un susurro., como el viento
fino que castiga al ciprés
en los otoños, como el
sarcasmo de un silbido que se
escapa de la última tumba
que tuvo que rellenar de tierra
hace una media hora.
La persona que acabo de sepultar
poseía un nombre de vivo
y ahora en su larga extención
de muerto sigue poseyendo la misma
gracia, gracias a sus denodadas
escriberías.
El epitafio de la lápida
es ilustrativo en todo su contexto:
SIN DIOS Y MI VER PUDIERA, EL
OJO ES FIERRO Y MATERIA; PARA
TEMPLAR LAS IDEAS QUE CALIGRAFIAREMOS
TODOS; EN LIBROS NiÑOS
DE CUENTOS, DE ADULTOS QUE EN
SU MOMENTO, AVENTURAS REALIZARON,
Y DE FILOSOFOS VAGOS CON EL OJO
POR SUSTENTO: Y ME MUERO POR VIVIR,
Y POR VIVIR ME MORI, VIVE LA VIDA
VIVIENDO; Y SE QUIERES ESCRIBIR
VIVE LA VIDA MIRANDO, QUE EL OJO
HA DE SUFRIR LO QUE QUEDA POR
VIVIR, AUNQUE SEA EL CAMPOSANTO.
Y se terminó la loza y
el ojo de Juan ( puesto que el
otro lo tenía cerrado por
los reflejos del dios astro y
el esfuerzo de la chupeteada )
me observó con el dejo
de interrogante de los que conversan
con el mas allá. Para abreviar,
acoto que me mantuve en silencio.
El silencio es buena estrategia
cuando hay algo que no entendemos.
Esto lo aprendí hace poco
con mi novia, la cinchaba de todos
lados apretado por las hormonas,
ella impertérrita soportaba
el castigo apretada por mí.
Ella lo hacía en silencio.
Cuando las hormonas dejaron de
molestarme le pregunté.
¿ Porqué guardas
silencio ? Porque no entiendo
porque te comportas como te comportas
y porque no quiero enterderlo.
Pero esta es una disquisición
extremada, una pausa, como el
mate, o las comillas de la gramática.
Volvamos al tema. Quería
ser escritor. Y mis hormonas intelectuales
apretaban a Juan, mis lóbulos
cerebrales se desangraban en hemorragias
grises por entender el enigmático
epitafio de la esculpida lapidaria
loza. Vivía la muerte que
estaba subyacente un metro más
abajo, con su dentadura postiza,
su anillo de matrimonio, sus traumas
generacionales no solucionados,
las culpas no pagas aún
por su familia, por aquel abuelo
inglés que violó
la soberanía “ regional”,
y los obligó a ser distintos
durante cuatro generaciones. El
amor, la muerte, la violación,
la infamia, el prestigio, el anonimato,
las pasiones, el encanto, los
desengaños, el tiempo perdido,
las batallas “heroicas” y el hoyo
final, a veces una tumba real
( en propiedad privada, digo )
y otras veces de prestado, en
tumba de prestado de esas que
otorga la municipalidad y a corto
plazo. Juan me interrumpió,
interrumpió mis meditaciones,
mis hormonas, mis hemorragias
cerebrales y literarias y con
palabras quedas por el colmillo
deformado por los salivazos y
el tiempo dijo : “Con el ojo,
con el ojo se hace literatura.
Ser vidente, ver, mirar, aprender
a mirar y describir fidedignamente
el paisaje exterior y el interior
cuando el paisaje se nos empieza
a disparar hacia otras dimensiones...
“
Nos convertimos en escritores
sin darnos cuenta, tiempo, trabajo
y la llegada al paisaje sin color
, donde la composición
es más importante que el
cromo y la vida le pone ala a
los revolcones. No nos habíamos
movido del granito asiento, ni
nos movimos con el ojo o la memoria
a leer otros epitafios, el incipiente
escribidor estaba de culo apoyado,
en un granito rosa, calentado
por el sol y por las nalgas, acompañando
a Juan con su experiencia gastada
de vida matera, oficio enterrador.
Héctor Díaz 10/3
- 2006
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