Suecia - Estocolmo


Crónicas urbanas
De un solitario Domingo en la mañana

Por Héctor Díaz
Estocolmo/2006

Querido amigo. ¡Quémañana! Me había despertado bajo los efectos de la soledad. No cualquier mortal se puede dar ese lujo. Las primeras luces andaban arañando las ventanas. La verdad era que el alba andaba aragana y despistada en los eucaliptos de la plaza. En mis adentros intuía que el cielo estaba encapotado. Buscando ancestros me desayuné con mate, me organicé mentalmente lo mejor que pude y tomé una decisión en el marco de unas meditaciones ralas. Entonces habría que salir a buscar lo humano y qué mejor entorno para este proyecto que la feria de Tristán...

Gentes, rostros castigados por el imperio de la necesidades, gestos defensivos, voces murgueras, manos hechas a transportar cajones de verduras, pequeños “delincuentes” en acecho constante procurando cazar incautos con las tres chapitas de la mosqueta. La vida en plena plenitud era el anhelo de mis intenciones. Recargar la existencia con los vericuetos de la lucha por la existencia. Mis pasos rebotaron en el eco. Dirigiéndome a la avenida Rivera, constaté que el único bípedo posible era mi propia persona. Desolación por doquier. Los vecinos dormían al compás de una garúa imperceptible. Una jauría de perros se mostró por oficio. Ladraron quedo, como marcando espacios y se echaron de nuevo frente a la puerta del cementerio. Los cipreses se insinuaban fantasmales. Asomaban una cuarta por encima del muro que se regodeaba en una brisa contagiada de la humedad de la garúa. La idea de que el límite entre vida y muerte es un muro se puso a jugar en mi cerebro. Del lado del muro donde yo estaba habían escrituras, graffitis, consignas políticas escritas con letras de molde, pancartas sujetas con alambre, y carteles pegados por pegatineros de oficio. Un muro que habla, que describe el tenor de los momentos de una sociedad viva recostada a los muros que encubren la muerte.

Mi ojo curioso hizo la recorrida de reconocimiento. A pincel en cursiva “Te amo Josefa, si el día tuviese 25 horas te amaría 26, Jorge”. En caracteres de imprenta : “VOTAR NO ARREGLA NADA”, “No al ALCA, no vender la soberanía nacional al vil precio de la necesidad”. “Participar en la operación UNITAS es sentarse en la mesa de los criminales”. Con letras super grandes y a todo color : “VIVA EL PARTIDO COMUNISTA”. Reflexioné sobre cual de los cuatro que hay por el momento. Y porque siempre nos olvidamos del soberano, el sujeto de la historia, la esencia misma de los cambios y del protagonismo. Porque nunca hay una consigna que exprese algo como : “VIVA EL PUEBLO”. El final del muro estaba reservado para los artistas, ecologistas y poetas. En formato oficio: “Cuando corten el último árbol se terminará la VIDA”. “Está prohibido mandar”. “A dios le faltan huevos para amar”. “Ni dios ni amo, viva la LIBERTAD”.

Todas estas aventuras literarias se superponían en el descolorido muro que protege el país de los quietos. Ellos tiene otros epitafios para ser leídos en horas determinadas y camastros de mármol donde las gotitas de la lluvia juegan carreras desordenadas como únigo regocijo del tiempo de los idos.

Querido amigo, como te imaginarás, en este entorno solitario no hay otra alternativa que tomarte la libertad de ponerte al día con lo que pasa en el país. Una sola excepción interrumpió la soledad absoluta, te cuento, la compañera prostituta del lugar. Por supuesto que ella no sabe esto de compañera . Desde que llegué al lugar siempre está allí. Hace sus treinta metros hacia un lado y hacia el otro. No transgrede ese espacio ni un centímetro. Cuando descendés del ómnibus, no importa a qué hora, la encontrás ahí. No se puede dejar de mirarla, es toda una institución. Supongo que eligió ese lugar porque ahí hay partes del muro que son recortadas y el lugar donde está la puerta del cementerio tiene una serie de vericuetos edilícicos que se prestan para estas actividades entre el amor y la muerte. Está pegada al paisaje, inmortalizó la fotografía que mirarán nuestros nietos dentro de unos años. Llegué a la conclusión después de mucho estudio, que vive en el lugar. Pernocta con las inclemencias del tiempo y cuida el lugar como propio. Por su agilidad, contorneo inusual, movimiento de cintura, velocidad en el paso atrás, me quedó la duda si no sería un boxeador venido a menos.

Mi timidez me corrió por la avenida Rivera. El pardejón Rivera, como lo denominaban sus compadres, antes y después de que asesinara a los últimos indios charrúas en Salsipuedes. Entorno desértico, ni omnibuses, ni un taxi, ni gente con quien intercambiar un saludo. Como quería vivir esta aventura de reconocer la ciudad de mi infancia en sus horas tempranas desheché la idea de regresar a la casa. La alegría de no sentirme un conservador mental me fue ganando de a poco, incursionar en lo imprevisto, darle un espacio a lo imposible. Los comercios estaban todos cerrados. Ni una farmacia de turno, ni uno de esos bares pobres que esperan benébolos al último parroquiano para reflejarse en el hilo plateado que dibuja la copa de grapa. La avenida se fue convirtiendo en una alameda. Una galería de plátanos creaban un túnel donde el macadán se iba patinando. Los betustos troncos se iban comiendo las veredas, reventando las baldosas, desbordando el cordón de contención granítico que divide el imperio de la calle. Mis temores de tormenta comenzaron a realizarse. Bajo el alero de una farmacia detengo mi inocencia. Ahora llueve de verdad. Gotas como el Dos de Oro de las cartas españolas. El agua irrumpe con violencia. Con esa violencia inusitada de las lluvias de verano. Simultáneo que el agua lo moja todo, se produce el misterio de la música. El chasquido rítmico en las hojas de los árboles y el olor a tierra mojada que lo abraza todo, ascendiendo desde los zapatos ya mojados hasta los orificios nasales que se defienden con una picazón inesperada. Una cortina de agua te aisló del universo, el eterno privilegio de estar con uno mismo. El agua satura rápidamente la capacidad de las bocas tormentas y todo se desborda. Lo frondoso crece y la vegetación agradece este rato de regocijo. Ni gases ni polución ambiental, limpieza del aire, ansias de libertad. Mis temores más inconfesos se hacen realidad, no puedo proteger más tiempo mis ropas y como compenzación gasto mi vista en aspirinas, preservativos y unos potes milagrosos que prometen un crecimiento garantizado del cabello para aquellas personas, que como yo, son calvas. Todo este fenómeno visual se produce a través de una reja herrumbrienta que alguna vez lució un color negro cálido. Un viento se arremolina con la lluvia y el alero se hace chico en el intento de preservar mi anónima persona. La caudalosa correntada arrastra la basura, las hojas de los árboles, cáscaras de bananas, zapatos viejos y los cascotes de una obra en construcción ubicada en los aledaños de mi humana-geografía .

Lluvia y soledad, regocijo de estar con uno, de verdad, uno y el mundo en la esquina de una farmacia. Y la calma chicha de mis meditaciones se ve interrumpida por la quebradura eléctrica de un rayo traicionero. Y se repiten los truenos y las descargas y el cielo se viste de violáceos-rojos de formas sin formas, hilos de sangre de incontenido modernismo. La alameda no es un buen paragua para estas inclemencias. Todo es un sucesivo fogoneo. El miedo, Edinson y el pararrayo se juntan en una sola idea. Desde la ventana de un segundo piso de la ventana de enfrente alguien me observa. Yo también le observo. Es la primera persona con la cual cambio una mirada este domingo de enero del año 2006. El tipo me estudia sin quitarme la mirada de encima. Debo de ser todo un espectáculo para él. Algo rompe la monotonía de sus meditaciones. El también es un espectáculo para mí. Y empieza la apuesta. Quién hace la primera seña. Una señal para alguien que se está mojando. O le pareceré que soy un ladrón. No un tipo que ladra, sino uno que roba. Experto de robar potes contra la calvicie que podría figurar en las rúbricas de la prensa de mañana descrito de la siguiente manera: “ Fue detenido en las inmediaciones de la calle Rivera cuando conjuntamente con estos potes sustraía también condones sin uso, un turista nórdico, que andaba en horas inapropiadas, aprovechando las inclemencias del temporal de Santa Rosa”. Te cuento que, frente a lo imprevisto de lo previsto, no se podría decir que puse los pies en polvorosa, puesto que mis calzados estaban más que mojados, pero dirigí mi mojada osamenta por la calle Rivera rumbo al centro.

Torrencial la lluvia me castigó las veinte cuadras que me acompañaron hasta la feria. Desolación por doquier, ni un vendedor de paraguas aprovechando las circunstancias. Así no hay país que se levante.

+
Del autor >>

Contacto: redaccion@estocolmo.se
© Copyright Estocolmo.se 2003, - Editor Responsable: ADFLA-DIG
Las opiniones contenidas en este sitio son de la exclusiva responsabilidad de sus autores.
Webbmaster