Por:
José Santana Prado
México/estocolmo
Zacatecas,
esplendorosa ciudad descansada
sobre la calidez de la cantera
viviente; dueña absoluta
de su propia e interesante historia,
que al través de los siglos
argentíferos, nos deleita
los sentidos, permitiendo gozarla
en toda su esencia al aventurero,
al turista y aun al propio habitante
de sus entrañas.
Zacatecas, lugar apacible que
invita a visitar el museo o el
sitio de tu preferencia, serpentear
de bajada o subir por un callejón
elegido al azar, que una vez llegado
a su final, tu corazón
late con la fuerza de un tornado.
¿La altura? ¿El
esfuerzo realizado? ¿La
emoción de descubrir en
cada escalón una parte
de historia jamás contada?
Sea lo que tú creas o decidas,
ésta es tu ciudad, no importando
que lo sea por un par de horas,
porque vas de paso; por dos meses,
porque cumples con un trabajo
temporal o que ya vivas aquí,
o aun mejor pues tomaste la determinación
de quedarte a disfrutar del tono
plateado y cantérico de
sus imponentes atardeceres para
siempre.
Así es esta inigualable
ciudad: bella, humana, culta,
histórica hasta rabiar
y cálida a pesar del frío,
para vivir y gozarla entera y
a plenitud, al ritmo de la tambora
y dentro del ajetreo de una tequilera
callejoneada con los amigos o
mejor dicho, con todos.
Tenamaztle,
iniciador de los derechos humanos
en nuestra América morena,
parece sonreír al complaciente
paso del emocionado turista, o
al compás de aquel gringo
viejo que pregunta cómo
llegar a la escuadra del palacio
de Amalia García y, que
al topar en aquel callejón
sin salida, nos parece ver sentado
y bebiendo a sorbos un jerez de
la frontera a don Juan de Tolosa,
absorto en la plática con
don Diego de Ibarra también
disfrutando como tú y yo
de la tarde otoñal que
nos regala amorosa esta ciudad
de cantera, ribeteada con torbellinos
de plata.
Entremos todos, iniciémonos
entre las columnas de vistas espectaculares
y cual alfombra de rosas a tus
pies, se extiende como veta refulgente
la madre Zacatecas, tu ciudad,
nuestra ciudad, observada desde
el cerro de la Bufa o desde el
Teleférico.
Por lo pronto disfrutemos esta
tarde—,sin desdeñar las
venideras—, del espectáculo
armónico que nos brindan
los grupos músico-culturales
de este lugar. Al ritmo del trinar
melodioso de los cientos de pajarillos
que hoy nos acompañan en
nuestra sinfonía otoñal,
haciendo del parque Sierra de
Álica el paraje idóneo
para el buen ocio.
Y allí está, dentro
del mismo parque, la soberbia
estatua ecuestre del general reformista,
José Canuto de Jesús
González Ortega, para confirmar
lo dicho; sin menospreciar la
antigua casa de gobierno, hoy
transformada en magnífico
museo ostentando el nombre de
Francisco Goytia.
Dentro del área canterígena
de la ciudad, podemos observar
—,como venidos del pasado—, a
una Suave Patria reencarnada en
Ramón López Velarde,
y cerca, muy cerca, encontramos
a Tata Pachito muy bien plantado,
justo al comienzo de la verde
y arrulladora Alameda.
Enseguida, al ritmo de un trote
lento practicado por los amantes
de la vida sana, nos encontramos
a buen paso al maestro Genaro
Codina, recordándonos con
su ahora famosa marcha—,escuchada
en todas las escuelas del país—,
que vivimos en Zacatecas en armonía
con la cantera.
Pero, oh desilusión, no
todo es esplendor pudiendo serlo,
porque de pronto, una agresiva
y nefasta nube polúdica
invade los parques y jardines
tiñendo de oscuridad sepulcral
la cantera rosa de nuestra argentífera
ciudad; congestionando los pulmones
del osado turista o del rutinario
empleado de oficina, sin omitir
a los estudiantes.
El camión urbano mancha
con la polución emitida
de su nauseabundo tubo de escape,
la belleza y pulcritud de la cantérica
ciudad. Es intolerable el respirar
tanto humo contaminante que despiden
los camiones chatarra de tercera
clase; que ensucian, deterioran
y humillan, tanto al local como
al visitante. ¿Camiones
chatarra en una ciudad tan hermosa
y turística? ¡Sí!
Observemos las carcachas de las
rutas 5, 7, 8, 4, 2, etc, para
percatarnos de que las autoridades
municipales, ecológicas,
del transporte urbano o de quien
se trate, no hacen nada por el
envenenamiento citadino, ni por
dar una mejor estancia al turista.
¿Y quién se atreve
a parar esta asfixiante polución
contra natura que agrede a la
ecología ciudadana? ¡Nadie!
La autoridad en turno se hace
como la tumba: sorda, ciega y
muda, sin solución o castigo
para el infractor.
La pregunta ciudadana es, ¿hasta
cuando debemos soportar este flagelo
ecológico que daña
de manera mortal a nuestra madre
Zacateca? ¿Hasta mañana?
¿El próximo sexenio,
al cambio de gobernador? ¿Dentro
de tres años para la elección
municipal? ¿Es tarea impostergable
para Gerardo y Amalia? ¿O
existen muchos intereses de por
medio? ¿Tomarán
el reto? ¿Hasta cuándo?
Los ciudadanos concientes de esta
bella ciudad hecha de cantera
y plata, pedimos se haga justicia—,al
menos—, a la frase de “Zacatecas
patrimonio de la humanidad”, con
actitudes de mejoramiento, o en
su defecto, la humanidad, incluyendo
a los ciudadanos zacatecanos,
nos quedaremos sin patrimonio.
Si nuestra ciudad es astro refulgente
para atraer turismo de cualquier
parte del orbe, necesita estar
a la altura de lo dicho. No más
humo contaminante sobre la plata
y la cantera de nuestro entorno.
Depositemos la basura en el sitio
correcto. Seamos amables con los
visitantes; obtengamos la buena
cultura y educación para
cuidar y mejorar la ciudad que
nos acoge. Y sólo recordemos
como corolario de este ensayo,
las hermosas y elocuentes palabras
de José Julián Martí
Pérez, para apropiárnoslas
diciendo como él “HACER
ES LA MEJOR MANERA DE DECIR”,
de lo contrario, lo que se ha
mencionado de nuestra ciudad vertido
en este texto en metafóricas
palabras, será en vano
y EL LLANTO DE LA CANTERA se seguirá
escuchando.
|