Nos encontramos en París
el 18 de marzo de 1314, cuando
el arzobispo de Sens y dos de
sus asesores cardenales, hicieron
comparecer a los últimos
dos templarios de renombre ante
el cadalso, montado frente a la
magnífica iglesia de Notre-
Dame.
El último de los 22 grandes
maestres que tuvo la orden del
Temple dentro de sus 196 años
de gloriosa existencia, estaba
atado de manos y por su aspecto,
se adivinaba el sufrimiento que
éste padecía, envuelto
entre la muchedumbre que se apiñaba
frente al pórtico de Notre-Dame.
La sentencia languidecía
por entre los brazos del viento
y, al caer, sólo se escuchó:
¡cadena perpetua! Sí,
eso oyeron los dos acusados y
la inquieta muchedumbre que gritaba
eufórica ante el veredicto
expedido por la blasfema hierocracia
católica de la edad media
de aquel siglo XIV. En el acto,
los dos templarios alzaron su
voz proclamando su inocencia,
revocando sus anteriores confesiones
ante los cardenales, quienes ya
creían que el asunto estaba
finiquitado. De Molay había
tenido la esperanza de que el
papa Clemente V lo iba a salvar,
sin embargo, una vez perdida la
confianza no le quedaba más
que resignarse a la muerte. ¡Una
muerte atroz!
Entretanto, Felipe IV el hermoso
y su comitiva de megalómanos
enterados de los hechos, apresuraron
la cosa y tomaron la decisión
de quemarlos en al hoguera pública
acusándolos de herejes
relapsos. Sin olvidar que el rey,
siempre tuvo la idea de apoderarse
del tesoro y de las propiedades
que el Temple poseía, de
igual manera, Felipe odiaba en
secreto la popularidad de la orden
esparcida hasta el medio oriente.
La hoguera se erigió en
la Isla de los Juncos (javiaus)
en el río Sena, cerca del
jardín del rey. Al parecer,
entre la multitud había
un testigo de peso que dio fe
de los hechos: el poeta y cronista
Godofredo de París, quien
atestiguó lo que se había
realizado sobre las acusaciones
contra los templarios. El último
gran maestre del temple pronunció
sus póstumas palabras con
el fuego ya encendido, afirmando
que el Temple era inocente y que,
“dejaba en manos de dios la venganza
por su muerte y la de sus hermanos”.
Por azares de la vida y del destino,
la historia nos menciona que tanto
Felipe IV como Clemente V, murieron
en menos de un año. Clemente
falleció en el pueblo de
Roquemaure-Sur-Rhône el
20 de abril de ese mismo año
1314, a consecuencia de las esmeraldas
machacadas que le hicieron comer
“como remedio mortal”. En tanto
el rey Felipe el hermoso, compadre
del mismo Jacobo de Molay, moría
en la penumbra de su fastuoso
castillo de Fontainebleau el 29
de noviembre del mismo año
en curso.
La orden del Temple ha sido una
de las pocas ordenes religiosas
que tuvo un doble papel, es decir,
estaba constituida por monjes
guerreros, con un voto de secreto
y obediencia rigurosísimos
que la llevó a su total
desintegración. ¿A
su total desintegración?
Esta orden guerrera que a su inicio
se creó con el compromiso
de proteger a los peregrinos que
viajaban a Tierra Santa, con el
paso de los años y su fortaleza
guerrera así como el crecimiento
de su poder, se convirtió
en una orden de elite del papa,
con múltiples propiedades
que obtenían por sus favores
hacia los reyes y gente de poder.
De igual forma conocemos que fueron
los primeros, por lo menos en
Europa, que utilizaron los cheques
y las tarjetas de crédito
al cambio, esto es, el cliente
depositaba parte de su fortuna
o toda ella en algunas de las
tantas casas del Temple de cualquier
país, acto seguido se le
entregaba un recibo o pagaré
con una clave secreta pudiendo
recoger su dinero en otra ciudad.
Si el documento era extraviado
o robado, no podía cobrarse
por carecer de la clave secreta,
pues ésta sólo el
dueño la conocía.
Los templarios tenían dos
formas para sus reuniones también
llamados capítulos: El
Capítulo ordinario, parecido
a una corte de honor, que hacía
sus reuniones una vez por semana;
constaba de cuatro o cinco hermanos
para juzgar y decidir sobre los
bienes de la encomienda. El Capítulo
general estaba integrado por todo
el monasterio, por los grandes
bailíos y los comendadores
de cualquier rango. Este capítulo
se reunía para hablar de
la administración de la
orden y el nombramiento de los
oficiales, era además tribunal
de apelación para los asuntos
judiciales, remitidos por los
capítulos ordinarios; de
igual manera, concedía
el visto bueno a las decisiones
tomadas por el consejo del maestre,
del cual formaban parte los grandes
bailíos y algunos caballeros
escogidos que podían decidir
acerca de la política exterior
del monasterio o de la casa, esto
nos menciona Marion Melville hablando
del Temple.
El Temple incluía dentro
de su orden, los retrais o estatutos,
para guiar la conciencia templaria
dentro de sus conventos y el diario
vivir. Como sabemos, la orden
estaba constituida por infinidad
de personas, de las cuales hablaré
sólo de tres. En primer
lugar estaba el caballero, debía
ser noble de cuna, al cual no
se le permitía el baño
ni el corte de pelo, por lo menos
esto fue al inicio de la orden;
podía comer carne para
soportar las batallas y las largas
travesías*(1).
Tenía derecho, igual que
el gran maestre, a cuatro caballos
además de su caballo de
guerra llamado turcómano,
estaba entrenado para patear,
morder y matar así como
defender al amo, a su montador
templario. El caballero tenía
de igual manera un sinnúmero
de mozos y ayudantes que le facilitaban
la tarea de la guerra.
Un monje templario equivalía
en términos de batalla
a seis u ocho hombres de guerra;
no se pagaba nunca rescate por
los hombres del Temple que caían
prisioneros, por tal motivo, siempre
estaban preparados a morir por
su fe y por la orden. Estos caballeros
con poco olor a limpieza eran
temidos por los infieles.
La segunda categoría templaria
era el sacerdote, usaba otra vestimenta,
sin omitir la cruz de ocho picos;
era el encargado del culto religioso.
Por lo general estos templarios
sacerdotes eran hombres cultos
que hablaban varios idiomas incluyendo
el latín. Este grupo era
vegetariano por la actividad que
realizaba, no era guerrero, sin
embargo, hay quienes opinan que
consumía carne como el
caballero de guerra. El guerrero
aunque noble de abolengo, era
inculto*(2),
pero algunos hablaban varios idiomas
aprendidos de oído mas
no leían ni escribían.
La tercera categoría del
Temple admitía a hombres
que propiamente no estaban bajo
el juramento, pero sí guiados
por los estatutos de la orden,
estos eran los escuderos, mozos,
cocineros, sargentos, etc.
La orden templaria fundada entre
1118 y 1119 por Hugo de Payns,
tenía como idioma oficial
el francés, también
usaba comunicación por
medio de signos; según
el autor Marion Melville en su
libro “La vida secreta de los
templarios”, nos dice que a su
vez, el monje Uldarico de Cluny
informa que eran más o
menos 30 signos.
Una vez que se ha mencionado por
lo menos, un tanto acerca de la
orden para conocer ciertos antecedentes,
ahora me propongo comentar el
porqué de su fugaz desaparición
teniéndolo todo; poder,
fama, respeto y riqueza, y cómo
fueron incapaces
de haberse salvado con esas características
guerreras tan especiales, dejarse
atrapar, torturar y finalmente
muchos de ellos morir.
Para los templarios el honor era
un estado de conciencia muy alto
que representaba la piedra angular
de la orden. El Temple fue una
sociedad de círculo cerrado,
hermética, que sólo
permitía sus secretos a
los iniciados. Los hermanos poseían
un secreto por demás interesante
que de ser descubierto en aquella
edad media oscurantista, hubiera
revolucionado y probablemente
puesto en predicamento al mundo
cristiano-católico. Pero
como los templarios estaban adiestrados
en una disciplina que en el fondo
era más militar que religiosa,
la indiscreción así
como la indisciplina les podía
resultar fatal a los negligentes
y la desobediencia se castigaba
con severidad, sin omitir a los
que traicionaban a la orden. Por
motivos de esta índole,
lo que se decía, escuchaba
y practicaba dentro del Temple,
ahí se quedaba, era ocultado
y no trascendía las paredes
del recinto, estamos hablando
de los templarios que hacían
el juramento de los tres votos.
Este terrible secreto, no consistía
en haber descubierto el templo
ni los rollos de Salomón
y su supuesta sabiduría,
ni la pretendida paternidad de
Jesús con María
de Magadala de quien se dice procrearon
a Sara, su única hija,
ni tampoco encontraron el tan
ajetreado Santo Grial, no. El
secreto va más allá
de estos comentarios, el secreto
es devastador si se llega a descubrir,
si se llega a decir al pueblo
católico de aquellos tiempos.
Este magnífico secreto
era un arma de doble filo, por
un lado, era fascinante saber
de él, conocerlo, y por
el otro filo, era mejor no comunicarlo
al vulgo, a nadie, pues traería
la muerte.
Los templarios crecieron en fama,
riqueza, respeto y poder, desaparecieron
con la fascinación del
misterio, incluyendo el secreto
que sólo ellos conocían,
esfumándose sutilmente
como nacieron. De igual manera
la flota templaria se desvaneció
del puerto de La Rochelle, con
todo el tesoro a bordo, antes
de que Felipe IV lograra obtenerlo
por cualquiera de sus métodos,
en aquel fatídico viernes
13 de octubre de 1307.
Existen infinidad de libros que
hablan acerca de unos templarios
románticos que viajaban
dos por caballo, otros nos dicen
que eran monjes homosexuales,
unos más hablan de superhombres
protegidos por dios y el papa,
algotros contienen entre sus páginas
a unos templarios hermanados y
conocedores de los rituales y
secretos del Oriente Medio.
No es descabellada la idea de
que los templarios probablemente
al inicio de la orden, descubrieran
algún tesoro que les dio
la pauta para crecer en fortuna,
aunque no lo necesitaban por las
múltiples donaciones que
la gente hacía, una vez
que entendió su labor.
Puede tener sentido esta teoría,
sin embargo, el secreto templario
de acuerdo a mi opinión,
radicaba en haber descubierto
la verdadera naturaleza de Jesús;
que no era cristo, pues muchos
y anteriores hombres cristificados
ya existían siglos o milenios
antes en la India, en Egipto,
etc. Los templarios sabían
que no era divino, ni fue hijo
de dios, simplemente era un ciudadano
judío que trataba de liberar
a su pueblo.
Los hermanos tuvieron la oportunidad
de conocer otras corrientes religiosas
y filosóficas del Medio
Oriente, la tierra de Jesús,
y compararlas con su religión,
logrando descubrir como ya se
ha dicho la verdadera esencia
del rabí. Probablemente
se enteraron y conocieron los
argumentos de Flavio Josefo, (Yoseph
Ben Mattityahu-37- 100 DC) aquel
político e historiador
judío, quien dirigió
una revuelta contra los romanos
en el año 67 DC el cual
fue derrotado, pero continuó
escribiendo todo lo relacionado
con los judíos de su época.
Precisamente Flavio Josefo dentro
de sus escritos, “Antigüedades
judáicas” y “La guerra
judía”, menciona a Jesús
sólo de paso, es decir,
no dedica parte importante en
su escritura para hablar de ese
otro revolucionario, simplemente
lo menciona pero no como alguien
grandioso o con poder sino como
un judío más. Igual
lo ignoran Tácito, Plinio
y Suetonio que fueron contemporáneos
de Jesús.
En el maestrazgo de Odón
de Saint Amand, octavo gran maestre
de la orden, los hombres del Temple
tuvieron contacto con un individuo
famoso y temido al que llamaban
“El viejo de la montaña”;
jefe inmisericorde de una misteriosa
secta de fanáticos ismaelitas
que se hacían llamar “Los
haschichins” o “Assassins” o sea,
asesinos, pues no se tentaban
el corazón para partir
a cualquier ser humano con sus
filosas y mortíferas dagas,
machetes o cimitarras.
De igual manera, presumo que los
residentes del Temple conocieron
muy bien la magistral jugada de
Constantino, en la cual desechó
todos los dioses romanos, para
convertir a su imperio vía
sutil u obligada, al monoteísmo;
valiéndose de aquellas
sectas cristianas que seguían
apasionadamente a un hombre que
le decían Jesús,
es decir que, Constantino fue
quien robó la idea a los
primeros cristianos.
Constantino y su gran ingenio,
fue el fundador del actual catolicismo
que hoy en día se ostenta
con el título de iglesia
católica apostólica
y romana, y es necesario especificar
que el término Roma, no
viene del latín sino del
griego y quiere decir fuerza,
según nos lo enseña
Juan Jacobo Rousseau; de ahí
la fuerza para el cambio que realizó
Constantino, (o San Constantino
para la iglesia ortodoxa) saliendo
de Roma para transformar una pequeña
comunidad y fuerza judía,
pues Jesús lo era, en el
poder de Roma, en el poder de
Constantino.
La mayoría de católicos
desconoce el porqué la
religión cristiano-católica
se ser judía pasó
a ser romana con asiento en el
Vaticano. Constantino se encargó
de ello en el concilio de Nicea,
(año 325 DC) comprando
a los obispos que lo ayudaron
a perpetrar el robo, tanto de
la idea de Jesús como de
su deificación que se llevó
a cabo dentro de ese concilio,
y que cambió por completo
el curso de la historia, pues
un solo hombre con su enorme y
magnífica idea, transformó
en dios a otro hombre llamado
Jesús, dando inicio a una
de las religiones más intolerantes
que ha tenido la historia de la
humanidad: el catolicismo, quien
se toma al pie de la letra las
palabras bíblicas de “o
estás conmigo o estás
contra mí”.
En términos diferentes,
la ya mencionada religión
católica o iglesia católica,
apostólica y romana, nació
del fraude, del robo de la idea
y de la figura máxima del
cristianismo primitivo, por tal
razón, esta “religión”
no es genuina, aunque se adjudique
el título de líder
del cristianismo; los auténticos
y verdaderos cristianos son otros.
Muchos de ellos torturados y desaparecidos
hace siglos, como los Cátaros
en el sur de Francia, cristianos
asesinados por otros cristianos,
los católicos, que reclamaban
la autenticidad.
Los hombres del Temple conocían
este devastador secreto acerca
de la no divinidad de Jesús,
y de que en tiempos del obispo
cristiano Silvestre I (314-335
DC) quien era, al parecer, el
obispo de Roma, el cristianismo
original fue tomado por asalto
y constituido en religión
oficial del imperio romano. Esto
fue por la voluntad del hijo de
Constancio Cloro y de Elena, (después
santa Elena) pues él, (Constantino)
creía que era mejor posesionarse
de la conciencia de la gente por
la vía de la creencia que
por la vía de la espada
(aunque de hecho utilizó
las dos cosas: la persuasión
y la espada).
Igualmente los hermanos del Temple
sabían que, en el año
325 de nuestra era, la división
de corrientes cristianas se hizo
inminente, separando a los auténticos
cristianos de los otros cristianos,
los ahora seguidores del mismo
Jesús pero con su asiento
en Roma y dirigidos por un personaje
cabeza que fue denominado papa,
para diferenciarse de los originales
cristianos. Aunque ya para los
años 1475 a 1521, cuando
el papa León X, el de la
gran pelea con Lutero, (1517)
el que dio origen a la fatídica
Taxa Camarae con sus “tonificantes”
35 indulgencias, le dijo al cardenal
Bembo en una carta: “Quantum nobis
prodest hac fabula christi”, (de
cuanto nos ha servido esta fábula
de cristo) ya los templarios no
existían como hermandad,
como orden, para haber podido
confirmar por labios de León
X, el secreto de la no divinidad
de Jesús que ellos conocían.
Por esta circunstancia los hermanos
del Temple jamás adoraron
a Jesús como hijo de dios
ni como dios mismo, pues ellos
sabían que no lo era. Ese
fue su terrible secreto que por
razones de seguridad grupal y
personal tenían que guardar,
de otra manera, lo más
probable es que la orden hubiera
desaparecido mucho antes. Aun
así, el pesado secreto
los alcanzó en 1307, hasta
la desaparición del último
gran maestre Jacobo de Molay en
5314 a.l.(anno lucis).
Llegando al punto de la no deidad
de Jesús, la apologética
cristiano- católica se
derrumba, aunque no se quiera
reconocer que la idea junto con
el nombre de Jesús fue
robado y después deificado
por, insisto, la astucia de un
romano cuyo nombre era Constantino.
Por lo que se puede observar,
el secreto del Temple siempre
ha estado a flor de piel, pero
la mente cristiana no lo descubre,
sufre de ceguera y astigmatismo
conciencial, padece de claustro
mental, de un terrible escotoma
que la bloquea totalmente; por
ello, el gran secreto del Temple
se mantuvo a resguardo, pues reconfirmando,
si alguno de los hermanos lo hubiese
ventilado, el resquebrajamiento
de “la iglesia verdadera” hubiera
sido inevitable en la Edad Media,
en la época templaria.
La orden del Temple tuvo 22 grandes
maestres a lo largo de sus 196
años de vida que a continuación
se expondrá como parte
final de esta investigación*(3).
1.- Hugo de Payns (fundador 1118-
1136) 2.- Roberto de Craon (1136-
1149) 3.- Everardo des Barres
(1149- 1150) 4.- Bernardo de Tremelay
(1150- 1153) 5.- Andrés
de Montbar (1153- 1156) 6.- Beltrán
de Blancfort (1156- 1169) 7.-
Felipe de Milly (¿o de
Naplusia?) (1169- 1170) 8.- Odón
de Saint-Amand (1170- 1180) 9.-
Arnaldo de Torroja (1180- 1184)
10.- Gerardo de Ridfort (1184-
1189) 11.- Roberto de Sablé
(1191- 1193) 12.- Gilberto Erail
(1193- 1201) 13.- Felipe de Plaissiez
(1201- 1209?) 14.- Guillermo de
Chartres (1209?- 1219) 15.- Pedro
de Montaigú (1219- 1232?)
16.- Armando de Perigord (1232?-1244?)
(desaparecido en la batalla de
Gaza) 17.- Guillermo de Sonnac
(1246?- 1250) 18.- Rinaldo de
Vichiers (1252?-1256) 19.- Tomás
Berard ( 1252?- 1256?- 1273) 20.-
Guillermo de Beaujeu (1273- 1291)
(último gran maestre del
Temple en Oriente) 21.- Teobaldo
Gaudín (1291- 1294) 22.-
Jacobo de Molay (1294- 1314) (el
último gran maestre del
Temple).
*(1)
Hay autores que tienen opiniones
encontradas acerca del Temple
con respecto a si los caballeros
de guerra se bañaban o
no, o si usaban el pelo largo
o corto. Marion Melville me parece
bajo mi punto de vista el más
acertado.
*(2) Algunos
autores mencionan que la palabra
inculto equivalía a no
hablar el latín, no propiamente
a la incapacidad de no saber nada.
*(3) Según
el autor Alain Demurger existió
otro gran maestre llamado Ricardo
de Bures, sin aclarar el exacto
origen de su nacimiento, se cree
que nació en Normandía
o en Tierra Santa y su maestrazgo
fue entre 1244/ 45- 1247. |