Por:
José Santana Prado.
“En Indio ser mi vanidad se funda
porque el indio socorre en su desgracia
a los vasallos de Isabel Segunda”.
Decía con sorna y un dejo de
sarcasmo en los labios, aquel hombre
que siempre despreció lo convencional,
lo ya establecido como verdad, en sus
gloriosos tiempos: la época de
la Reforma.
Este Indio blasfemo e indómito,
pero de una inteligencia y sentido analítico
incomparables; es aquel que nació
en San Miguel El Grande (hoy San Miguel
de Allende) Guanajuato, un 22 de junio
de 1818. Hijo auténtico de dos
indígenas puros; Don Lino, tarasco;
la madre, Sinforosa, Azteca de cepa.
Y como nos informa el significado de
Ignacio, filológicamente hablando,
“Sol de Fuego”, Así incendiaría
las conciencias de los mexicanos a la
luz de sus verdades abrasadoras.
Sí, éste es Ignacio Ramírez
Calzada, el hombre que surgió
del maíz y de la tierra morena
de la América al natural, para
traer la guerra a los espíritus
de su era, de su siglo.
“El Apóstol de la Reforma”, y
uno de los más talentosos de
la misma, trajo en su nombre, el fuego
devorador de pensamientos y de pensadores
caducos, obsoletos de la liturgia del
México colonizado por la madre
Ignorancia, venida de la fanática
España.
Ignacio, fue aclamado hasta la fama
y brillantez de las estrellas y los
soles, pero también sufrió
el escarnio, la envidia lacerante de
los mediocres; la picota, la persecución,
el abandono, la pobreza extrema, porque
jamás tomó un céntimo
de las arcas del pueblo cuando fue su
representante; la soledad indescriptible
del que ha probado la libertad pura
y que se posee cuando se habla y escribe
con la espada de la verdad hiriendo
a la Ignorancia hasta el fondo de sus
entrañas.
El Indio, también fue acreedor
de una tristeza honda, tan profunda,
capaz de llegar a la sima de los mares;
sufrió los encarcelamientos que
junto con su tristeza le hacían
llorar por la incomprensión de
su espíritu elevado. Sus coterráneos
fueron incapaces de entender que este
indio era el ángel de Armagedón,
que con su espada flamígera,
cercenaría las creencias retrógradas
dando paso a teorías tan atrevidas
como cuando hizo su presentación
en la Academia de San Juan de Letrán,
máximo aposento de la cultura
mexicana, al exponer su teoría
de que “No hay dios, los seres de la
naturaleza se sostienen por sí
mismos”, teoría que le valió
como ya se ha dicho, la gloria y el
escarnio; pero, jamás claudicó,
nunca traicionó sus creencias
y jamás traicionó a la
patria, esa patria orgullosa y maternal
que lo vio nacer, que lo vio salir de
sus entrañas para observarlo
crecer como espiga de oro, del oro aquilatado
que sólo poseen los predestinados,
ése fue Ignacio, Sol de Fuego,
Ramírez Calzada, el más
santo de los laicos del México
reformista.
El Indio Ramírez decía
que los medios más eficaces para
alcanzar el conocimiento son: La Razón
y la Intuición, lo cual con esto
se ponía a la par de la filosofía
moderna, (según Sierra Partida),
sin dejar de admitir que su lema “No
Hay Dios” con el que se anunció
ante una sociedad poco ilustrada y fanatizada,
haya desbordado un torrente de ciencia
que causó asombro a sus oyentes,
“pensadores que en su fuero interno
aceptaron algunas ideas del Indio Ramírez,
aunque no se atrevieron a hacer pública
su aceptación”.
En su biografía acerca del Indio
Ramírez, Alfonso Sierra Partida
nos deleita el corazón y el conocimiento,
diciendo de Ignacio, acerca de su natalicio,
lo siguiente:
“Su nacimiento, señalado por
el destino, hizo sin duda agitarse,
conmovido, el oro de las mazorcas y
la esmeralda de las siembras, por un
viento suave, precursor de tempestades;
y las tierra fecundas del Bajío
se iluminaron bajo un cielo más
claro, más azul, como de anunciación.
La noche, para significar su advenimiento
tornó más puras y más
altas las constelaciones estelares”.
Bien, pues este “Voltaire” mexicano,
como le decía Lacunza (no se
cual de los dos hermanos, si Juan o
José María) por su bravura
en las tribunas contra todo lo caduco
y, decíamos, retrogrado, poseía
entre sus actividades los títulos
de: Poeta – Abogado - Orador – Polemista
– Político – Reformador – Periodista
– Antropólogo – Naturalista –
Historiador – Filósofo – Filólogo
– Pedagogo – Pensador – Visionario –
Escritor – Innovador – Humanista – Sociólogo
– Economista – Taumaturgo – Educador
y el de Maestro, porque todo lo ejecutaba
con maestría.
¿Se podría pedir algo
más que decore la destreza, inteligencia
y grandeza de un Indio, probablemente
el más pobre de su época,
aun cuando tuvo posiciones políticas
de relevancia y que sin embargo, jamás
se enriqueció del erario público?
Repito, jamás traicionó
su pobreza material, tampoco así
sus principios, por tal motivo, este
actuar así de su parte, lo posicionó
en un alto y merecido altar de los hombres
más puros de la Reforma de México
y, porqué no decirlo, del mundo.
¡Venerado sea siempre!
( E P I T A F I O )
“AQUÍ YACE EL SUSURRO DEL VIENTO”
Autor: José Santana Prado
Sol de fuego rugiente
nacido para calcinar blasfemos,
aniquilando con la fuerza de tu voz
alzada
ignorancias premeditadas,
construidas ex profeso para dominar
las masas.
Ignacio, Sol, Indio, Ramírez;
elaborado en las entrañas de
una madre azteca
que parió la patria de nuestra
América morena.
Eres, aunque nacido en verano de una
época pasada,
la pluma que corta con los filos de
la espada
las conciencias que han traicionado
a la nación,
y desbocada en letras hirientes hacia
el infractor,
eliminas para siempre su ignorancia.
Ignacio, Sol que acarreas fuego, Ramírez,
honda es la sublime huella
que has impreso en los campos de esta
tierra,
sedienta de almas nobles
que la salven, que la quieran.
Elocuencia desbordada
de indomable espíritu lo fuiste,
mejor decirlo, continúas
con la bravura defendiendo en la tribuna
la palabra clave ¡Libertad!
siempre ansiada en los eternos tiempos.
Encarnas hasta el presente,
la libertad desconocida
que el ignorante anhela en vano
sin lograr donde encontrarla,
pues no es dada gratuita a los mortales,
se conquista con las armas del saber.
Del saber que fue tu gloria
y al final de tu obra modelada en las
estrellas
con la conciencia de un destino cumplido
manifiesto,
éste tu pueblo, Ignacio, Sol,
Indio, Destino, Ramírez,
desea guardar en la patria para siempre
el susurro sobre tu lápida del
viento.