Una vez ya iniciado el siglo XXI y casi
en los albores del año 2005, continuamos
con la problemática de comportamiento
indolente a nivel personal, regional y
de país así como mundial,
con relación a la actitud del ser
humano ante sus semejantes.
Actuamos sólo y a favor de nuestros
intereses particulares la mayor parte
del tiempo, echando a la basura en múltiples
ocasiones la oportunidad de ayudar, de
servir y cooperar con el resto de los
habitantes que nos rodean, todo por el
personalismo egoísta que late desenfrenado
en nuestras entrañas. Bien sabemos
que el proporcionar algún servicio
a nuestros coetáneos, nos permite
ser, de una forma honrosa, mejores ciudadanos
del orbe terrígeno.
Si hablamos a nivel regional o de países,
sucede lo mismo, pero los resultados son
superiores, puesto que los beneficiados
serán unos cuantos y el resto,
las multitudes, serán marginadas
como siempre a sufrir el abandono de los
que tienen y no quieren, no desean brindar
un poco de ayuda a sus congéneres
en desgracia. Como resultado de esta actitud
tenemos que, la sociedad va degenerando
y aparecen la esclavitud, el feudalismo,
la imposición del fuerte o del
rico sobre el marginado e indefenso que
por desgracia, forma el bloque mayor de
ciudadanos con esa etiqueta a nivel mundial.
En y dentro de la historia universal
de los pueblos, incluyendo la época
actual cibernética, encontramos
la misma problemática dándonos
a entender, la incapacidad humana, aun
con asociaciones y grupos humanitarios
de ayuda que se esfuerzan al máximo
por equilibrar, por dar un mejor balance
a las necesidades existenciales de primer
orden. El fuerte continúa abusando
del débil y el rico explotando
al subordinado, así como el poderoso
en economía y armamento bélico,
somete por la ley de la fuerza al endeble.
Caso concreto ¿qué hace
el yanki en Irak?
No se trata de que la religión
fulana o zutana nos conmine a hacer el
bien, a proporcionar la ayuda al necesitado,
no, más bien se trata de que los
seres humanos seamos por nosotros mismos
un poco más humanos y obsequiemos,
pero sin quitar, pues la única
religión debiera ser la de fraternizar,
que la armonía universal impregne
la conciencia planetaria para hacer de
la fraternidad la mejor ley. Sólo
en los grandes desastres desaparece un
poco la apatía dando paso al altruismo,
como en el reciente maremoto en el océano
Índico del 26 de diciembre del
año en curso, para luego volver
a sonreír ante la desgracia rutinaria
del diario vivir en la mayoría
de los países de este apático
planeta.
Es triste comprobar, regresando al título
de este escrito que, la apatía
es en realidad una característica
no sólo del siglo XXI, sino de
todas las páginas del tiempo que
forman el libro de los pueblos, llamado
Historia Universal. Lamentable es en sumo
grado saber que los siglos de experiencia
que la humanidad ha desarrollado, entre
comillas, no le han servido de nada, pues
hoy en día se actúa peor
en muchos lugares y circunstancias que
hace quinientos o mil años atrás.
¿Cuándo se decidirá
el Homo Sapiens a poner en práctica
su buena experiencia? ¿Hasta que
el cuerpo planetario esté en coma,
dando sus estertores de muerte?
A pesar de la alta tecnología
y del modernismo en muchos campos de las
ciencias y de las artes, para proporcionar
mayor comodidad y placer al hombre, no
hemos podido deshacernos de la nefasta
apatía. Las religiones son ineficaces
ante esta lacra, las leyes de los países
así como sus dirigentes son un
tanto incompetentes frente a la apática
realidad. Es poco el avance que ha tenido
la humanidad en cuanto a convivir en armonía,
a concientizarse de cuidar el planeta
aún habitable, para los que nos
sucedan, para los que vendrán,
sean éstos familiares o simplemente
ciudadanos.
La apatía, la dejadez, la indiferencia,
la falta de interés, la displicencia,
la flema, la indolencia, el desgano, la
pereza, la inactividad, la insensibilidad,
el valemadrismo; son sinónimos
para interpretar la no acción mundial
de todos los tiempos que, sin embargo,
en esta etapa de la vida planetaria, ya
se deberían haber transcendido,
pero seguimos en pañales dando
así, con nuestra actitud, una puñalada
mortal al planeta, a la casa habitación
que nos contiene; en consecuencia, nos
herimos de muerte nosotros mismos, como
ciudadanos del mundo.
¿Cómo atacar la apatía
y lograr un estatus que lleve a buen término
la convivencia universal de las familias,
de las regiones y los países, para
obtener al fin, la buena ganancia por
medio de la experiencia acumulada de los
siglos y elevar la categoría humana
de la sociedad terrestre, sin pretender
ser moralistas? ¿Estamos dispuestos
a dar la batalla contra la apatía
mediocrizante de todos los tiempos?
Si tomamos el reto debemos concientizarnos
que el esfuerzo será titánico
y primero personal, comenzando con las
cosas pequeñas por hacer. Que no
nos de pereza hacer o dejar de hacer lo
que debemos, pues la conciencia aunada
a la razón dicta, y la voluntad
ejecuta. Si actuamos hoy, atacamos por
inercia a muchos otros malos hábitos
que irán desapareciendo a medida
que la voluntad se fortalezca por medio
de la buena práctica perseverante.
En razón del cambio personal de
actitud, nuestros allegados y vecinos
se contagiarán, obteniendo con
el tiempo resultados asombrosos, sin olvidar
y sin perder la noción de que el
problema de apatía no es de aptitud,
sino de actitud.
Entonces, una vez tomado el reto, ¡cambiemos
de inmediato las actitudes dañinas
para optimizar nuestras aptitudes!