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Por Marianela Puebla
México
Por allí, por esas calles
de infinitas batallas,
con veredas que conducen a desconocidas
puertas
y olores que no recuerdan nada,
vaga el exiliado chileno en busca
de un pedazo de patria.
En sus labios lleva un nombre
imposible de olvidar,
un suceso agonizando en sus ojos
que lo hace sentir huérfano
de todo.
Por allí, por esas calles
que lucen desamparo
y no borran cicatrices,
va el exiliado buscando entre
rostros ajenos
la palabra conocida, la mirada
hermana,
“un quiuvo, ¿cómo
estai?”
En sus pensamientos cobija el
imperioso deseo
de volver al lugar de la nostalgia,
retornar al seno de la patria,
es un sentimiento que se alarga
a medida que se extingue la tarde
y no puede abandonar en medio
de la acera.
Entonces se encamina hacia el
bus stop,
espera que pase el microbús
de la Main Street
y lo lleve hasta el corazón
de su ciudad,
de su pueblo,
aunque sólo sea un sueño.
QUÉDATE,
PARA MEJORES TIEMPOS
(1994) y (2003)
Por Marianela Puebla
México
Duerme, mi niño, duerme
que estrellas de terror llueven
sobre nuestras cabezas;
sus flamas hieren y destrozan
los cuerpos
las almas, los pensamientos.
Bagdad está devastada.
Bagdad está en ruinas.
La ciudad sobrevive y resiste
apenas,
la paz es ahora un montón
de escombros,
y aún así, sobrevive.
La tierra huele a pólvora,
a muerte,
el jardín de las Mil y
una Noches
está deshecho, irreconocible.
Niños mendigan por las
calles de la ciudad en ruinas,
mendigan por una pierna, un brazo
que en los ataques han perdido.
Con sus miradas clavadas al cielo
preguntan,
¿por qué los aviones
han lanzado desoladoras estrellas?
¿Por qué el cielo
se oscureció de infernales
pájaros de acero?
Los niños no entienden
que los llamados americanos
de petróleo tienen fiebre
y bombardean la ciudad sobrecogidos
de odio.
Duerme, mi niño duerme,
la noche profunda está
estrellada de horrores
y una lluvia intermitente cae
plomo sobre nuestras cabezas.
¿Por qué tanto odio
ha enloquecido al gigante?
¿Sabrán los niños
americanos qué están
haciendo sus padres?
¿Sabrán que los
niños de Bagdad por las
calles mueren de hambre,
que el bloqueo de la OTAN no deja
entrar el alimento?
¿Sabrán que hoy
la ciudad de niños muertos
está sembrada,
sus ojos fijos al cielo preguntando
desde el silencio por qué
ésta lluvia de muerte?
Duerme, mi niño duerme,
pon tu carita en mi vientre, no
nazcas hoy, por favor te lo pido,
no nazcas mañana, no nazcas.
Quédate dormido en mi
vientre.
Quédate,
para mejores tiempos.
ALLANAMIENTO
Por Marianela Puebla
Mi casa se llenó de huellas
que hirieron la placidez de la
noche.
Pisadas incrustadas en el silencio
destrozaron los tibios sueños.
Mi casa no cesa de lamentar
la violación a su intimidad.
Se rebela a ser perseguida
en noches sin luna, sin testigos.
Sus pisos crujen bajo el peso
de la cobardía.
Ya no tiene tranquilidad
sus ventanas yacen cerradas,
el oprobio no le permite
mirar directo a los ojos del día,
ni al cielo en noches flamígeras.
Mi casa tiene el corazón
derramado
por sus piezas y rincones
no se atreve a llorar,
mas, un rumor la recorre
como una letanía.
Ella sólo espera despertar
de un cruel allanamiento
para saber que todo fue una pesadilla.
LOS INVISIBLES
Por: Marianela Puebla
Los invisibles caminan por las
calles todos los días y
nadie los ve.
Caminan los patios, realizan tareas
cotidianas, fastidiosas
y su rutina les deja un sabor
mortificante en el corazón.
Los invisibles hablan, sus palabras
fluyen como pájaros fantasmas
y nadie les escucha.
Son los olvidados, les asedia
un mundo de silencio aun sin quererlo.
A veces ríen, mas no le
está permitido y sus risas
se estrellan en incomprensión.
Hay invisibles mendigando amor
en cada esquina.
Algunos viven rodeados de familia
que los ignoran, otros se deslizan
en coladeras, hacinados y desdeñados,
sin embargo, todos tienen un anhelo
que los guía
y esperan siempre ser hallados.
Los invisibles van desapareciendo
a medidas que pasan los años,
mucho antes, son despojados de
su lugar y ocupan el vacío
del aislamiento.
Los invisibles podrían
volar arrasados por el frío
de su soledad,
desaparecen sin dejar rastros.
Los invisibles claman, lloran,
vociferan con voces mudas y gestos
imaginarios, piden y ruegan con
palabras ciegas que se derrumban
en miradas de indiferencia. No
existen, sus pisadas no dejan
huellas, como seres de otra dimensión
se disuelven en el olvido y no
hay reminiscencias para el recuerdo.
Por eso, los invisibles quedan
cargando vacíos que nadie
quiere,
ocupando espacios que ya no existen.
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