Suecia - Estocolmo


Estocolmo/Poesia
Tito Alvarado


Umbral de fuga
Por Tito Alvarado

Casi sin darnos cuenta,
quizá una gota de agua en el mar,
un grano de arena en el desierto
o los horrores de dios,
se repitieron los giros sobre si mismo
de un globo azul
y en un vals infinito pasaron treinta y más
vueltas completas alrededor de su imán.

Entre la materia y el vacío,
umbral de fuga.
Entre la distancia y el dolor actual,
índice agresivo.
Entre los huesos rotos y la sangre,
pavura de presidenciables.

Pequeña cáfila de pequeños proyectos,
en los giros y reverencias de un baile de disfraces
y las vueltas alrededor de su dios.

Ir, siempre ir,
entre olvidos y rostros contra el muro,
la pobre gente sin memoria.

Exilio de anchuras y tantos sin alas.
Umbral, solamente proyecto,
ni sombra de lo que pudo ser.

Sin embargo se mueve, ilusión de alturas.
Desde el fondo de mi fosa una certeza
y desde ella un amor en movimiento,
un temblor de tierra,
es el otro baile de la vida, otra.

Dialéctica del amor

De tu amanecer al mío
hay un silencio
de nieves en el alma
un dolor
de espina
entre la uña y la carne

Mujer mitad fuego, mitad pájaro
me abraso,
me consumo
entre el delirio de tus piernas
me vuelo
me aviento
al ritmo de tu sexo

Cómo no amarte
si contigo siempre
se nace a la alegrí

Fantasma sexual

No la vi.
La imaginé, desnuda saliendo de la ducha.
Fresca, con aureola de virgen para el sacrificio;
delicada figura oliendo a hierbas.
Sin verla, la sentí acercarse,
llegar a mi puerta y sin invitarla, entrar.
Ciego de amor,
la descubrí con mi boca, creció su ternura,
se transformó
en flor, ave rara, gata mimosa.
Ella era un delirio tierno,
yo un huracán ardiendo.
Dar fue el Verbo y se dio
de adentro hacia el fuego
y yo me di del fuego hacia adentro.

En la cima del placer
se igualaron nuestras almas.

Salto Mortal

La tarde cae
sin que nadie se ampare de ella.
Ya suenan las trompetas del tercer milenio.
Le brillan a la noche unas luces,
como de estrellas en lo alto
y aquí abajo, cada cual busca su farol.

Era una flaca de huesos aflorándole en la piel,
me miró con sus ojos insondables,
sentí el llamado de la tumba,
pero mis pies emprendieron el salto:
que si caigo, me muero
y si me salvo, me matan.
Sin embargo me queda la sonrisa.


Las ciudades de la luz

están diseñadas en la Poesía de los actos puros.
De aquí al horizonte, las anchas Alamedas.
Al centro un cruce de pájaros en bandadas hacia la aurora.
Aquí los jardines, las fuentes, los canales, las musas, el deleite.

Tenemos los planos al alcance de la imaginación,
Sólo no falta trabajar el fuego,
fundir los elementos a nuestra visión y semejanza.
Coronarnos con la voluntad de ser Dioses.



Visión de Ayacucho

En los dominios del viento el alma se me esparce
con un soplo de iras irredentas.
Allá va con alas de Cóndor,
cubriendo la envergadura de la sierra.
Desde las alturas de la historia recibo un legado
imaginario de los niños, con árboles, ríos y montañas.
Son los silencios, me hablan de batallas y fulgores de un mañana.

A casi tres mil metros hacia el cielo, subo al mirador,
en la pampa de Quinua, donde los grandes de Bolivar,
con amor y porfía dijeron basta. Sólo que allí se detuvo el tiempo.

En la transparencia del aire frío, Ayacucho es un camino,
una visión de umbral, puerta de entrada y encuentro con la pureza.
Allí la capital invisible, gobierno de las artes para la gloria humana.

Jóvenes sin futuro

Los de la menos vida bajo los puentes.
Los del escape por el tarrito de pegamento.
Los del trabajo voluntario para ahuyentar culpas ajenas.
Los de la sonrisa ante las cámaras por los pesos de no ser.
Los del oficio invisible para seguir de pobres.
Los de la venta de placer para viejos panzones.
Los condenados por sus salvadores.
Los abandonados a los excesos de la calle.
Los olvidados hasta de la muerte.

Piedad, bajo una lluvia de abril

(Para Nancy)

Piedad, ese rubor de cielo hecho mujer,
ha pasado por esta calle.
Bajo estos árboles en flor
se dibujó su silueta,
una tarde de primavera
poco antes de la lluvia.

Ya no la ven mis ojos.
Al doblar la esquina del sol,
en un chispazo de fuego, desapareció,
y yo, con ella, me he perdido
bajo una lluvia de abril.

Su paso de rumba y flamboyán
me ha dejado una inquietud
como de piedra y arena
soportando el implacable sol del mediodía.

La sufro pasar
con el resignado placer
de sólo verla.

La recuerdo desde entonces,
aunque esa fecha nunca haya llegado.

Con lejana lucidez de loco la imagino y la enamoro.
Desde este incierto umbral de sol y agua,
entre murmullos y flores, apasionado del laurel, la beso.

En la duda de la dicha o la locura,
digo su nombre, mientras la lluvia cae,
con la secreta esperanza de hacerla real.

Piedad, bajo una lluvia de abril,
la certeza de una duda,
¿ella es real más allá de mis ojos
o sólo es la fiebre que me consume?

Sin el consuelo de una respuesta
armonizo su figura
en los espacios vacíos de mis tardes.

Piedad, vestida de aurora y ocaso,
me deja un silencioso martirio.

Desde el umbral de mi embeleso
la presiento y la deleito,
la siento y la acaricio,
y beso la flor de su cuerpo
sin que ella sepa
la osadía de mi locura.

Ella nada sabe de la lluvia,
que ha marcado en mi memoria
con agua y música de tormenta,
la fecha exacta de su entrada
en mi mundo alucinado.

Mis ojos la vieron pasar
como una brisa nupcial.

Quizá la imaginé, quizá haya llegado
a llenar el infinito de un recuerdo.

Fragancia de fruta madura,
ella viniendo en sonrisa
de su espacio a mi tiempo.

Llueve en abril como un temblor de cielo,
Ella, besada por el agua, corre.

Yo, en el umbral del fuego, la deliro.
Música de agua cayendo y pasos graves
haciendo eco en la acera, me dicen que se aleja.

Ella, un florido jardín,
se adentra
en el músculo rojo.

Entre lluvia que me moja y sol que me abrasa,
la distingo por la gracia que insinúa al caminar,
por el aroma de dicha que me invade,
por el tropical esplendor que la adorna.

Desesperado la veo en mis pupilas,
y la sufro venir de mi piel a mis huesos
y me aterro cuando desaparece,
siento su ausencia como una muerte
en el pleno vacío de esta lejanía.

Abril llueve como un temblor de cielo,
como un eterno caer de pequeños ríos verticales,
bajo ese mar de gotas en vértigo
te adivino y quiero ser el agua cubriéndote,
La fiebre sube o baja, el delirio queda,
quizá ella exista en un futuro anterior.

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