Por Marianela Puebla
Nací en la loma de un cerro
embelesado de mar,
donde se precipita el día
reptando interminables
escaleras para besar la playa.
Nací en mi puerto pintoresco,
entre ascensores
y casas toreando al océano.
Mi oído se acostumbró
al lamento melancólico
del faro Punta de Ángel
anunciando peligro
en noches de nieblas y tormentas.
Mis sueños cruzaron los
océanos en las cubiertas
de infinidades de barcos, fui
su guía, la gaviota
que anidó en sus proas,
la brisa que acarició sus
banderas.
Me sentí desde pequeña
dueña de mi puerto,
lo contemplaba cada mañana
y cada atardecer
y se me adentró por los
ojos, la piel.
Contaba los barcos como quien
cuenta mariposas,
y me entristecía cuando
faltaba uno
que había zarpado sin mi
presencia.
El puerto y el mar mis compañeros
de toda la vida,
que aún forman parte de
mi presente,
de mi futuro.
Soy una naufraga que navega otros
mares a la deriva
sin encontrar el faro que guié
mis pasos,
sintiendo su llamado desde lejos.
Y dibujo los cerros floridos de
Valparaíso
en cada gota de agua que moja
mis labios.
Puerto y océano juntos
por la eternidad,
y yo, gaviota perdida,
en otra tierra
sin hallar el camino del retorno.
ACECHO
Por Marianela Puebla
La noche cae.
Por la solitaria calle
el ruido se esconde,
las sombras se estremecen
y el suspiro sale
casi desvanecido.
Ojos siniestros centellean
escudriñándolo todo.
La acera tirita
al paso violento
de las botas.
Nadie respira.
El gato paralizado
atisba desde el tejado.
Las botas avanzan
y dejan un reguero
de sangre en su camino,
desolación.
El silencio se tapa
la boca,
la noche lo cubre
con alas piadosas.
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