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Muchos caminan con las palas
de la nostalgia
en sus manos.
Cavan en busca de un lucero
que yace sin cielo en sus ojos.
Llevan en sus esperanzas las fatales
hojas del olvido
y no dormirán tranquilos
hasta que el invierno
fallezca en algún enero.
Muchos cavan la incertidumbre
del día
entre montañas de silencio.
Tal vez escuchan un llamado
desde la angustiosa profundidad.
La raíz no deja avanzar
al tronco,
se enreda en la maraña
de la duda,
mas, abajo, arañan estrellas
por alcanzar su cielo,
presienten que cesará la
espera.
Muchos no olvidan, buscan,
y no hay razón que los
convenza.
El vientre de la madre llama al
hijo arrebatado
con lastimeras suplicas
y el padre no puede cerrar los
ojos
de tanto acumular lunas dormidas.
Todos yacen a la espera
bajo alguna acacia silvestre.
La luna espía con cara
de vieja zorra,
ilumina sepulturas, fosas comunes
que el asesino cubrió con
prolijo esmero.
Muchos ya vienen con sus rayos
al hombro
y cavan la noche y cavan el día,
saben que la búsqueda llegará
por fin
al callejón donde agoniza
la tarde
surcada de estrellas.
UN CHACAL
EN LA CORTE
Por Marianela
El chacal se abre camino pidiendo
clemencia.
Mira de reojo al espejo y asume
una mueca dolorosa.
¡Clemencia!, reclama, ¡clemencia!
Satisfecho por su cariz dramático
va hacia los Lores arrastrando
los pies
con una dolencia inesperada
y, con las manos juntas, la mirada
baja,
curva su espalda y balbucea tímidamente:
clemencia.
Los Lores se miran acalorados
por sus grandes pelucas.
El aire se detiene y las moscas
asumen una postura de sorpresa.
El corazón del chacal se
arrastra en el pecho
acorralado por los muertos que
lo asedian desde el setenta y
tres,
en sus oídos retumba la
palabra; ¡Asesino!
Entonces, mueve los labios agitado
por sus culpas,
pero sólo murmura, inocente,
con el hilo de su voz.
Los Lores lo miran sorprendidos,
la gente que rebasa la cámara
queda atónita ante el descaro
del chacal.
Van a formular el veredicto. Piden
silencio:
Silencio, susurra la audiencia.
Silencio, los torturados y los
muertos.
Silencio, la madre y la esposa
que aún esperan.
Silencio, el hijo que no conoció
a su padre.
Silencio recorre el territorio
de norte a sur
como un fantasma abre los campos
de concentración.
Silencio, chilla el viento al
peinar la Cordillera de los Andes
y levanta polvo de las tumbas
desconocidas.
Silencio, flamea la bandera a
media asta sacudía por
rebeldía.
Silencio, piden los detenidos
en prisiones clandestinas.
Silencio, declaran Pisagua y Lonquén,
señalando a los desaparecidos.
Silencio, la sangre de Salvador
Allende salpica el palacio de
la Moneda.
Silencio el pueblo espera con
el corazón contraído.
Silencio, unen sus voces Víctor
Jara y Pablo Neruda.
Silencio, la patria recobra la
fe en la justicia.
Silencio... Silencio... Silencio
cae el martillo sobre el mundo.
Un Lord sube al estrado y mira
de frente al chacal,
dice con voz fuerte y clara:
CULPABLE... CULPABLE... CULPABLE...
El auditorio grita entusiasmado
aún no cree la sentencia.
El chacal levanta los ojos, la
rabia atraviesa sus poros
y vocifera amenazante: ¡
Venganza!
Con su brazo en alto asegura no
estar vencido
tienes santos en las cortes e
implora al capelo blanco interceda
por él.
Sin embargo, al pasar cerca del
espejo
el rostro que allí lo mira,
le grita: ¡Asesino!
Espantado ante tanta verdad, se
cubre la cara.
¡Asesino! ¡Asesino!
Le clama
una voz en el fondo de su pequeña
conciencia.
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