Suecia - Estocolmo


Estocolmo/Poesia
SURCADO DE ESTRELLAS

Muchos caminan con las palas de la nostalgia
en sus manos.
Cavan en busca de un lucero
que yace sin cielo en sus ojos.
Llevan en sus esperanzas las fatales hojas del olvido
y no dormirán tranquilos hasta que el invierno
fallezca en algún enero.

Muchos cavan la incertidumbre del día
entre montañas de silencio.
Tal vez escuchan un llamado
desde la angustiosa profundidad.
La raíz no deja avanzar al tronco,
se enreda en la maraña de la duda,
mas, abajo, arañan estrellas por alcanzar su cielo,
presienten que cesará la espera.

Muchos no olvidan, buscan,
y no hay razón que los convenza.
El vientre de la madre llama al hijo arrebatado
con lastimeras suplicas
y el padre no puede cerrar los ojos
de tanto acumular lunas dormidas.
Todos yacen a la espera
bajo alguna acacia silvestre.

La luna espía con cara de vieja zorra,
ilumina sepulturas, fosas comunes
que el asesino cubrió con prolijo esmero.

Muchos ya vienen con sus rayos al hombro
y cavan la noche y cavan el día,
saben que la búsqueda llegará por fin
al callejón donde agoniza la tarde
surcada de estrellas.


UN CHACAL EN LA CORTE

Por Marianela

El chacal se abre camino pidiendo clemencia.
Mira de reojo al espejo y asume una mueca dolorosa.
¡Clemencia!, reclama, ¡clemencia!
Satisfecho por su cariz dramático
va hacia los Lores arrastrando los pies
con una dolencia inesperada
y, con las manos juntas, la mirada baja,
curva su espalda y balbucea tímidamente: clemencia.

Los Lores se miran acalorados por sus grandes pelucas.
El aire se detiene y las moscas asumen una postura de sorpresa.
El corazón del chacal se arrastra en el pecho
acorralado por los muertos que lo asedian desde el setenta y tres,
en sus oídos retumba la palabra; ¡Asesino!
Entonces, mueve los labios agitado por sus culpas,
pero sólo murmura, inocente, con el hilo de su voz.
Los Lores lo miran sorprendidos,
la gente que rebasa la cámara queda atónita ante el descaro del chacal.
Van a formular el veredicto. Piden silencio:

Silencio, susurra la audiencia.

Silencio, los torturados y los muertos.
Silencio, la madre y la esposa que aún esperan.
Silencio, el hijo que no conoció a su padre.
Silencio recorre el territorio de norte a sur
como un fantasma abre los campos de concentración.
Silencio, chilla el viento al peinar la Cordillera de los Andes
y levanta polvo de las tumbas desconocidas.
Silencio, flamea la bandera a media asta sacudía por rebeldía.
Silencio, piden los detenidos en prisiones clandestinas.
Silencio, declaran Pisagua y Lonquén, señalando a los desaparecidos.
Silencio, la sangre de Salvador Allende salpica el palacio de la Moneda.
Silencio el pueblo espera con el corazón contraído.
Silencio, unen sus voces Víctor Jara y Pablo Neruda.
Silencio, la patria recobra la fe en la justicia.
Silencio... Silencio... Silencio
cae el martillo sobre el mundo.

Un Lord sube al estrado y mira de frente al chacal,
dice con voz fuerte y clara:
CULPABLE... CULPABLE... CULPABLE...
El auditorio grita entusiasmado
aún no cree la sentencia.
El chacal levanta los ojos, la rabia atraviesa sus poros

y vocifera amenazante: ¡ Venganza!
Con su brazo en alto asegura no estar vencido
tienes santos en las cortes e implora al capelo blanco interceda por él.
Sin embargo, al pasar cerca del espejo
el rostro que allí lo mira, le grita: ¡Asesino!
Espantado ante tanta verdad, se cubre la cara.
¡Asesino! ¡Asesino! Le clama
una voz en el fondo de su pequeña conciencia.

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