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LAS AGUAS BISIESTAS, DE SERGIO INFANTE


Chile | Literatura
Publicada:2012-12-18
Por Waldo Rojas

En el marco de la 32a FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE SANTIAGO, el día sábado 3 de noviembre 2012, el poeta Waldo Rojas, Ensayista, Profesor de Historia en la Universidad de Paris I PANTHON-SORBONNE, uno de los poetas destacados de la generación del 60, al presentar el libro Las Aguas Bisiestas de Sergio Infante expuso:



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Debo decir en preámbulo que ha sido en pocas ocasiones, y solamente rodeado de prudencias, que he osado entrar en los terrenos de la crítica o del ensayo literario, y son todavía muchos menos frecuentes aquellas oportunidades en que me he atrevido a tomar la palabra con el papel de presentador de libros. Por el contrario, me ha sucedido contarme, de modo algo más asiduo, entre el público asistente a estas ceremonias que la industria editorial en los últimos decenios ha terminado por volver institucionales. Frecuencia tal vez no suficiente para llegar a familiarizarme con las modalidades canónicas que definiráan en buenas cuentas las particularidades de este género más próximo de los fueros inocuos de la mundanidad que de aquellos cuánto menos inocentes de la reseña de algún columnista.

Un rito, como se sabe, es una práctica social reglada con ajuste a algunas maneras usuales de actuar y de decir. De ahí posiblemente mi relativa reticencia a ser partícipe activo en estos ritos sin misterio de la sociabilidad literaria chilena de la cual ya demasiados lustros de alejamiento me han distanciado, como ha sucedido asimismo al poeta de quien me dispongo a decir unas palabras sobre su último poemario.

Es en parte por el hecho de compartir esta misma experiencia de exiliados, expatriados del suelo y de la lengua maternos, que no dudó un instante en aceptar la invitación antes siquiera de tomar conocimiento del contenido del libro. Pero la verdadera razón, en rigor, son dos:

La una:"Sergio Infante" es por cierto un poeta de trayectoria, un hombre de letras de vario ejercicio, un universitario prestigioso.

En más de una ocasión la poesía nos ha reunido en el aquí o allá de nuestros itinerarios nómadas. La otra razón ha tenido que ver con que el título del libro,"Las Aguas Bisiestas, que anunciado con todas sus letras en el mensaje invitador, picó de inmediato y doblemente mi curiosidad. La de poeta, claro está, como la de historiador.

El adjetivo "bisiesto", como se sabe, deriva del latín bis sextus dies ante calendas martii, que correspondía a un día extra intercalado entre el 23 y el 24 de febrero por Julio César. El 24 de febrero era el sexto día antes de las calendas (primer día del mes) de marzo. Bisiesto o "bisextil" (del latín bisextilis) es, pues, aquel día retráctil que merodea cual fantasma el calendario y que durante cuatro años falta al llamado. Helo, pues, aquí asociado poéticamente al líquido elemento.

Aguas en la poesía y la escritura las ha habido de toda eternidad; desde ya entre los presocríticos, y con ellos el mismísimo Anaxgoras, quien hacía del agua nada menos que la matriz del Aire, del Fuego y de la Tierra. Un agua que podríamos llamar primordial. Pero, ¿hay aguas bisiestas?

Sin olvidar aquellas homéricas y aciagas del Leteo, sí que las hay, por ejemplo, minerales, como termales, subterráneas, volcánicas, y hasta maniles y benditas, y cierta agua final (O. Hahn), además de "aquellas, fluviales, que " van a dar a la mar que es el morir " (J. Manrique), y esas otras marinas, "agitadas como los hombros de una multitud" (V. Huidobro), como las hubo eglúgicas, corrientes, puras, cristalinas, sin dejar pasar aquellas mistralianas deuna cascada, / que caía crinada y dura / y se rompía yerta y blanca; pero no había aguas bisiestaspor lo menos hasta la fecha de este libro, que es en este sentido inaugural, o, para citar un acápite en una nota del autor del libro,a menos que el lector disponga otra cosa.

Y el lector suyo que he sido debe, pues, disponer que sí existen tal y como el para-texto de la contraportada las presenta: "hijas del calentamiento global y la estulticia (que) se congregan tardías (?) a veces en devastadora avalancha, otras vueltas un hilo delgadísimo (?) capaz de ocasionar sangrientas disputas (en) despiadadas guerras por el agua. Aguas, pues, nada inocentes, signo y presagio de una anti-utopía: la de la guerra por el agua,? una riña sangrienta de todos contra todos, o sea, un episodio antípoda de La Guerra del fuego, film del cineasta franco-canadiense Jean-Jacques Arnaud, tomado de la novela homónima de J.-H. Rosny, pseudónimo de una pareja de autores belgas, fechada en 1911. El libro de Infante deja traslucir aquella aventura prehistórica que viéramos proyectada en una pantalla de cine en 1981, cuando, en un poema paródico de un guión de película, y así titulado precisamente, nos habla de esta premonitoria "guerra del agua", cerrando metafóricamente con aquella alusion a la cultura cinematográfica, el círculo que lleva del amanecer auspicioso de la Humanidad a su ocaso definitivo"

Nacemos del agua, vivimos con ella y perecemos por su falta. Lo que no quita que este símbolo de transparencia y claridad, tan sencillo en su fórmula química, y que para nosotros resulta en su presencia doméstica lo más normal del mundo, está muy lejos de serlo para los físicos que a su respecto hablan de líquido anormal y triplemente anómalo (como aprendiéramos en el Liceo) y cuán sabios sean estos sabios bajan los brazos frente las incógnitas llamándola el más grande enigma del universo.

Así es que motivado también por esas reflexiones, abrí esta edición de cuidada e invitante presentación gráfica, y me embarquí en estas Agua bisiestas en una lectura sin escollos, o mejor dicho fui arrastrado a ella por el fluir llevadero de un trabajo de escritura que me parece en varios sentidos notablemente acertado. Hay aquí, por cierto, en sus ciento cincuenta y algo de páginas dispuestas en cinco secciones, un afán de unidad temática como no suele verificarse a menudo en proyectos similares, aceptando de paso, que el proyecto de este mismo es en sí harto novedoso en el género.

Lo es seguramente por el propósito referencial al que apunta en sí mismo: la multiplicación inquietante de anuncios acerca de la destrucción ambiental acelerada, sus estragos actuales y sus consecuencias potenciales a corto y largo plazo, en beneficio de un proceso de mercantilización creciente de hasta las más ineluctables necesidades del ser humano. Se trata, por cierto, de una motivación ecológica a la hora de ponerle un nombre que, por lo demás, estos poemas, con mucho tino, evitan emplear salvo una sola vez y en una nota final, propósito que no sólo compete a los designios de la ciencia o a las técnicas del mal gobierno del mundo, y ante la cual no se vería por quí la literatura o el arte debieran permanecer indiferentes.

Los poemas de Infante redundan, de hecho, en descripciones de este estado de cosas depredador y de su fatal epílogo, visto o previsto, imaginado o soñado, vaticinado o profetizado, verbalmente objetivado u objetivamente narrado y retóricamente figurado. Ahí bajo el tamiz roto del ozono, se estragan los témpanos, / se disuelven en el mar y sueltan su dulzura. Y el mar / se enferma con esa dulzura; ahí quedan, pues, los cauces inertes, los grandes ríos que se mueren y para cuyo morirá "no habrá mar, dado que "cuando aquello termine de ocurrir, Mar Muerto será el / nombre genérico del mar, de todo océano", y afluente, / estuario, delta, arroyo, / ensenada, / riachuelo /(serán)"palabras de otro tiempo".

Hay de parte de nuestro poeta, si faltare decirlo, el compromiso de pluma en una causa justa y buena que la actualidad vuelve inaplazable, y que por lo demás el poeta mismo encarece desde el pórtico:"Cuánto lo he dicho, cuánto ha importado./ El oficio me obliga y no hay remedio, / poco me gusta andar con vaticinios" Sólo que, a nuestro juicio de lector, no es la justeza o justicia de la causa lo que hace el mérito del libro, sino su tratamiento poético, o si se quiere, literario en el vasto significado del término.

Sergio Infante da suficientes pruebas de su convicción acerca del principio de que un poema no requiere de la legitimación y crédito venidos de una verdad extra-verbal para ser un poema. No veo, si no, para qué desliza Infante en el poema Infernadero, título que apela ya a un retrucano, un epígrafe de Tito Valenzuela: "Sáquenme de este pozo de las buenas intenciones"


Waldo Rojas
Dicho de otro modo, un poema no requiere de ninguna causa superior o imperativo externo, pues la verdad que es la suya nace con él mismo. Un poema existe en las palabras que lo dicen, pero no vale poéticamente por lo que hay detrás de ellas; sino que vale por el espesor de nuevas significaciones que éstas reciben del tratamiento recibido de parte del poeta, por la nueva consistencia sensitiva, sensorial, de su materia verbal. Aquello que las palabras del poema aportan al lenguaje en sus engarces mutuos y espejeos con el mundo sublunar va dirigido a un modo de significar que no puede sino que ser original en la medida de un rapto de inventividad. Es con esa condición que la experiencia poética revela, expresa y hasta puede sino cambiar la realidad por lo menos y por qué no? (con)mover nuestra relación con ella.

A este respecto, me viene a la memoria un propósito de Dímaso Alonso comentando a Góngora en el que "aludirá y "eludirá, afirma más o menos el célebre maestro español, son funciones necesarias de toda verdadera poesía; pues ésta no existe sin atraer a nuestro juego (al-ludere) elementos lejanos e impalpables, ni existe tampoco sin burlar o esquivar por completo (e-ludere) algunos de aquellos elementos que la realidad nos ofrece.

Así es como Infante despacha rápidamente el episodio chileno del proyecto minero que amenaza la vida del glaciar de Pascua Lama, o sea, para decirlo en jerga técnica, el referente objetivo de su propósito global, su motivo inscrito en la realidad espacio temporal e histórica. Lo hace mediante un poema intitulado justamente así, y refrendado por una nota para-textual al final del libro. Porque de lo que se trata es de hacer poesía y este propósito implica poner en juego un cierto número de dispositivos que las tradiciones literarias y sus contracorrientes han puesto por su parte al servicio de la expresión poética.

La poesía si fuera menester recordarlo, es en lo esencial un trabajo sobre la lengua, ambos términos tomados en sentido amplio, en cuanto proceso de maduración inconsciente, el uno, y conjunto de todos los textos habidos y por haber, la otra; pues un texto lleva a todos los otros en una cadena de resonancias que sabemos infinita. Los textos de Aguas bisiestas abundan en alusiones a otro textos y acogen sus resonancias

De partida el tema o motivo dominante de la catástrofe ambiental a término vinculada, poco o mucho, a las aventuras y desventuras del agua, deja al borde del camino su referente inmediato e instala el topos del agua en un vasto territorio imaginario. Los hitos que jalonan este espacio son referencias legendarias o reescrituras míticas alusivas a diversas culturas, como la peña de Horeb, desde luego, cuya alusión central vuelve repetidamente, y que el poeta, con guiño cómplice, pide en nota buscar en el respectivo libro del Antiguo testamento o en los archivos de la Paramount Pictures (Exodus, 1960, o 1956?). Pero también son convocados el Diluvio y las Atlántidas, Prometeo, los trabajos de Hércules, el castigo de Téntalo o los desmadres del carro de Faetón, un mozalbete tuerca bajado del Olimpo, cuyos actuales imitadores (?) pasan y pasan con sus carros apestando el aire y despojando la Tierra de todo verdor. Pero no ponen menos oído a los trotes de Incitatus, la jaca de Calúgula, cuya reescritura y reencarnación el poema pone ahora al servicio de la cruzada que conducirá a unos elegidos hacia una rediviva Peña de Horeb.

El repertorio de estas alusiones, mitol�gicas transmutadas en personificaciones aleg�ricas, es largo: Chaac, el dios maya de la lluvia, Icoquih, la Venus �que lleva a cuestas al sol�, seg�n cierta versi�n del Popol Vuh. Ni m�s ni menos que aquellas simb�licas como son las del �Iggdrasil�, �rbol c�smico de los antiguos escandinavos, seg�n el poeta nos ense�a y de paso asimilada al �rbol de la vida plantado en una arpillera de Violeta Parra; o la del arroyo reflectante de Narciso asimilado, �ste, al espejo �challanco� de los brujos chilotes, ese pariente lejano en pensamiento m�gico del Cenote Sagrado de Chich�n Itz�.

El conjunto de estos recursos par�dicos, como seguramente no escapar� al lector, se juega diversamente con humor en la cuerda ir�nica. Para estos efectos, el poeta se introduce en la piel de su hablante, el personaje de Horcajitas, apodo popular de un rabdomante o zahor� descubridor de aguas ocultas y desentra�ador de significados encubiertos. O se desdobla a menudo en el personaje de una suerte de alter-ego vers�til que hace irrupci�n para interpelar al hablante sorprendido en falta de salida de tono: �En la cara te lo digo, Gran Rasca, (�) / No entonar�s una eleg�a a este arroyo, / no podr�as sin causarnos risa�� El Gran Rasca, como se nos informa en nota, es un �ubicuo personaje, chapucero por excelencia (que) suele entrometerse en mi escritura�.

En otro orden de marcas de un prop�sito literario sostenido, valga se�alar dos dimensiones de los textos. Primeramente, junto un rico despliegue de figuras no sólo directamente metafóricas, adagios,� juegos de silepsis, sin�cdoques, par�nimos, an�foras, aliteraciones y perífrasis, etc., demasiado constantes para no ser estructuralmente significativas. Asimismo que, junto a la opci�n del verso libre o de poemas en versículos, el empleo también frecuente de versos métricos no rimados, como la seguidilla de endecasílabos del poema pórtico �Casi un pr�logo�. En uno u otro caso, y que es también signo patente de factura literaria, vale hacer notar la preocupaci�n por un registro léxico selecto, inhabitual fuera de los usos literarios. No se trata, por cierto de "endomingamientos" verbales superfluos, sino de una pauta l�xica o nomenclatura atra�das al texto por una necesidad venida del propio movimiento �ntimo de este mismo, en contrapunto con retazos o giros de registro coloquial, y que se conjuga sin tropiezos con la distancia ir�nica con que el poeta sigue al paso su motivo general.

La otra dimensión, seguidamente, dice relación con referencias literarias asumidas como una manera de diálogo libresco, si se quiere, en connivencia con el lector. As� fungen, por ejemplo, un epígrafe de Catulo y una cita de Horacio, ambas en lat�n. Pero a contrapelo de toda solemnidad clásica, una menci�n por lo menos descort�s de los nombres propios minusculados y desnucados �de los es�odos remozados, de los ovidios perfidios / nariguetas��.

Las piezas de este juego se hallan, en ambos casos, diseminadas en los textos con cierta abundancia, ya sea explícitas bajo forma de citas o per�frasis de prop�sitos de autor, o implícitas a través de breves retazos alusivos a nombres o t�tulos o versos demasiado memorables. Ya sea que asoman disimuladas entre l�neas sin m�s anuncio, a riesgo de pasar inadvertidas, como sucede al comienzo del libro con la frase ��el triunfo de la muerte�, que, sin una marca particular puede leerse como un enunciado literal, o por el contrario, dado el contexto, como referido al célebre cuadro del pintor flamenco Pieter Brueghel, e incluso a la novela homónima de Gabrielle D´Annunzio. O ya más implícitas hasta lo cr�ptico, a riesgo de poner en duro jaque el bagaje del lector, como el �Simurg�, esa ave de presa monstruosa de la mitología persa pre-islámica, cuyo nexo literario es aqu� �me parece� el título de la primera novela de Salman Rushdie, Grimus (1975), anagrama de �Simurg�.

Entre aquellos juegos referenciales de signos más explícitos valga citar un guiño dirigido al verso de Garcilaso de la Vega, �corrientes (aguas) puras�� O al poema �Nocturno de San Ildefonso�, de (Paz) Octavio, y del t�tulo del libro Vuelta, que lo incluye. O bien los �muertos de Lofoten�, de Milosz (Oscar Vladislas de Lubicz), muertos que como se sabe �� est�n, en el fondo, menos muertos que nosotros�. Y, claro, la Tierra bald�a, de Thomas Stearns Eliot, nombrado con todas sus letras. O una r�plica tomada en pr�stamo a un Ezra Pound no nombrado y que el poeta asesta al Gran Rasca, �Y tambi�n �El mar. La Mar�� de Rafael Alberti, el poeta �desterrado del mar�, de Marinero en Tierra. O a Sor Juana In�s de la Cruz, mediante la cita del �ltimo de los 975 versos de su Primero sue�o: �El mundo iluminado y yo despierta�. O aquellos versos reescritos de Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, vueltos aqu� otro clamor: ��Qu� se hizo el peje y la mar? / Las tortugas, los corales, / �Qu� se hicieron?�, etc.

La prosa narrativa no menos que la poes�a es tambi�n tra�da a cuento. V�ase la referencia, al c�lebre cuento de Juan Bosch, �Dos pesos�. O al tambi�n notable relato de Francisco Coloane �El t�mpano de Kanasaca�. Y todav�a en materia de parajes g�lidos, �Las Nieves de Kilimanjaro�, referido seguramente m�s al relato de E. Heminway que al reciente film del franc�s Guediguian. Hablando, finalmente, de eventuales menciones f�lmico-literarias, ah� tenemos la �Cumbres borrascosas�, del realizador William Willer, sobre la novela de Emily Bront�.

Lo propio de este vasto campo referencial que Sergio Infante ha sabido trasplantar desde tiempos, horizontes y lenguas diferentes, es su pertinencia convergente con el sentimiento aciago de un apocalipsis en marcha sorda, bajo los silencios de la prosa del mundo, demasiado orquestados para ser inocentes; sentimiento doliente al cual el poeta "al margen de sensiblerías grandilocuentes y de majaderías militantes" entiende plegar el lenguaje de la poesía. Y con ello reconciliar sus voces temporales con "la voz de la utopía", la última utopía:
"Salvar esas aguas, las dulces, las saladas. / Salvar los cielos que azotamos y azogamos. / Salvar el planeta que ya herimos de muerte, / impedir, entre otros, su final prematuro. / A eso nos llama la última utopía. O la primera."
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