Estocolmo.se
Sergio Infante, testimonio de nuestra historia.


Estocolmo | Chile 42 años
Publicada:2013-09-05
Por Estocolmo.se/Marta Inostroza

Sergio Infante, es sin duda, uno de los representantes más claros de la vida cultural de la diáspora chilena en Suecia. A Suecia llega en 1975, después de vivir un año y ocho meses en Buenos Aires. Al poco tiempo, en 1977, crea junto a Adrián Santini y al fallecido Carlos Geywitz, el Grupo Taller de Estocolmo. A continuación se agrega a este grupo de poetas, Sergio Badilla y el narrador Edgardo Mardones.




Sergio Infante, es sin duda, uno de los representantes más claros de la vida cultural de la diáspora chilena en Suecia. A Suecia llega en 1975, después de vivir un año y ocho meses en Buenos Aires. Al poco tiempo, en 1977, crea junto a Adrián Santini y al fallecido Carlos Geywitz, el Grupo Taller de Estocolmo. A continuación se agrega a este grupo de poetas, Sergio Badilla y el narrador Edgardo Mardones.

A los 20 años y antes de entrar a la Escuela de BELLAS ARTES en Santiago, publica su primer poemario, Abismos Grises, Santiago 1967. Después vendrían otros tí­tulos: Sobre Exilios,Stockholm 1979, Retrato de época, Stockholm 1982, "Distancias, Santiago 1987 El amor de los parias Santiago 1990, La del alba será y "Las aguas bisiestas" además de la novela Los rebaños del cí­clope.

Su compromiso social lo hace militante del MIR y se incorpora a las tareas asignadas por el partido. Desde finales de los 80 y hasta el momento de su jubilación hace algunos meses fue académico en el Departamento de Español, Portugués y Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Estocolmo.

- Qué recuerdos tienes del dí­a del golpe?

- El golpe me pilló en Osorno, ciudad a la que había llegado unos diez dí­as antes; es decir, no me conocía casi nadie, ni yo conocía mucha gente. Estaba viviendo en la casa de un camarada, pero ese mismo dí­a debía cambiarme a otro lugar. Escuchamos las palabras de Allende y apenas terminaron nos pusimos a limpiar la casa de mi amigo de todo indicio. Recuerdo que quemamos, en el patio trasero, cajas con propaganda que debía distribuirse en esos días. Entre otros papeles habí­a unos bonos de apoyo a nuestra organización que nos disponíamos vender entre los simpatizantes y que ahora nos apresurábamos en transformarlos en ceniza. En cuanto terminamos, me fui a mi nueva casa, que era la casa de un profesor universitario. Era arrendada y quedaba en una población de suboficiales del Ejército; prácticamente, me iba a meter a la boca del lobo sin tener otra Que el golpe quedó marcado a fuego en nuestras conciencias, que serí­amos incapaces de olvidarlo incluso si lo quisiéramos. Es como si ese dí­a, esa hecatombe nos hubiera matado a todos, para que volviéramos a nacer con otro destino pero con la memoria viva de ese pasado y de esa derrota. alternativa. Al atravesar la ciudad y el puente sobre el rí­o que separa Osorno de Rauco, donde estaba mi destino, pude ver las patrullas fuertemente armadas y pensé que me detendrí­an. Hací­a frí­o y yo llevaba puesto un poncho que era lo único que tení­a para abrigarme. El poncho, en un joven que no tení­a pinta de campesino delataba el signo polí­tico, por suerte este era un poncho de la Ligua, tipo alpaca, que me hací­a ver medio elegantón, me lo habí­an regalado unos compañeros para mi cumpleaños y por eso le tení­a mucho cariño. Pasé piola esos controles pero cuando llegué a la casa, el profesor se iba yendo. Pasé esa primera tarde con su noche completamente solo, por suerte el profesor no se había llevado la radio y quedaba algo de comida. No dormí­ casi nada, a cada rato se oían las balas y ya bien entrada la noche me sobresaltaban las frenadas cercanas y los ruidos de botas en la vereda. Hasta aquí­ llegué me decí­a, pero no vení­an por mí­,  eran simplemente milicos que regresaban a sus hogares después de cometer quién sabe qué fechorí­a. Al dí­a siguiente llegó a vivir conmigo, un par de camaradas. Me alegró, aunque comprendí­ que esa casa se volví­a mucho más sospechosa.

- Qué se interrumpe en tu vida con el golpe?

- Se interrumpe la variante personal de un gran sueño colectivo que también se desmorona. El camino que nos harí­a mejores queda cortado por el despeñadero. Y los que iban a ser las semillas del hombre nuevo se transforman en seres acosados por una soldadesca cuyos mandos ocultan su cobardía empleando una crueldad sin lí­mites, genocida. Nuestra identidad misma, tanto la de los individuos como la del país, se ve alterada por la violencia de la dictadura  y por el neoliberalismo que la dictadura fomenta, custodia y deja por herencia.

Puerto de Buenos Aires- ¿Cuál crees que fue la clave del éxito del golpe?

- De un lado, nuestra ingenuidad, nuestra indefensión. Del otro, la ofensiva imperialista, la agresividad de la burguesía chilena cuando ve amenazados sus privilegios, la acción propagandí­stica, de los que buscaban el golpe, dirigida sobre todo a las capas medias; la existencia de un ejército siempre dispuesto a restaurar el viejo orden portaleano que favorece a la oligarquí­a, eso que suele llamarse el peso de la noche y que no es más que la continuidad del orden colonial que sigue proyectándose después de la mal llamada Independencia.

- ¿A partir de tu experiencia, cuáles son las cosas más importantes que rescatas de ese tiempo?

Las cosas importantes a rescatar se sitúan casi todas antes del golpe de Estado. Entre fines de los años 60 y el 11 de setiembre de 1973 en Chile se vivió un periodo maravilloso, un verdadero renacimiento en el plano cultural y político en el que participaba una buena parte de la población, sobre todo de la juventud. La inquietud de la gente, la voluntad de avanzar hacia un mundo mejor, la solidaridad entre las personas, la alegrí­a de estar participando de una manera u otra en todo ese proceso que se corona el 4 de septiembre de 1970, cuando Allende es elegido presidente. La esperanza que el gobierno popular despertó en el pueblo, incluso en los que entonces no creí­amos mucho en lo que se llamó la vía pacífica al socialismo. Todo aquello aunque terminara trágicamente es rescatable. El triunfo ético del derrotado Salvador Allende, que cada dí­a está más vigente y ha adquirido una dimensión universal, y el ejemplo de los que entregaron sus vidas resistiendo a la dictadura alumbran en la memoria como si fueran una constelación.

- ¿Qué consecuencias inmediatas tuvo el golpe para ti?

- Saber de la muerte o la prisión de tantos amigos. Sopesar la magnitud de la derrota. Tener que cambiar mis hábitos de vida, sentirme acosado, tener que abandonar mi paí­s en contra de mi voluntad.

- Que ha significado el exilio y cuales fueron tus actividades.

En sus comienzos el exilio me resultaba muy duro, se me mezclaba la nostalgia con un sentimiento de impotencia, de derrota, incluso de vergüenza. Por suerte comprendí­ que lo peor era quedarse paralizado y que había que encontrarle un sentido al destierro. Mis actividades en Suecia se han relacionado siempre con el campo cultural. Me he dedicado a escribir, actividad que ya había empezado en Chile, y que todavía sigo haciendo. He sido partí­cipe de organizaciones culturales y solidarias, Llegué a Suecia con mi mujer y a estas alturas tenemos tres hijos y cinco nietos. Trabajé como aseador y estudié. Me hice profesor universitario, pasaron 20 años y ahora estoy jubilado de esa ocupación y trato que la escritura sea el centro de mis actividades.

- Qué reflexión haces a los 40 años del golpe militar?

Que el golpe quedó marcado a fuego en nuestras conciencias, que seríamos incapaces de olvidarlo incluso si lo quisiéramos. Es como si ese día, esa hecatombe nos hubiera matado a todos, para que volviéramos a nacer con otro destino pero con la memoria viva de ese pasado y de esa derrota.

Sergio Infante- En Chile se hablaba de los que se fueron y de los que se quedaron, o del exilio dorado en el caso de los que se quedaron en Suecia. ¿Qué piensas sobre ello?

Al principio, esa división me inquietaba y hasta me llenaba de culpabilidad. Después comprendí­ que muchas veces era un argumento manipulador que se usaba para descalificarte. Como exiliado te transformabas en el otro, costaba entender que ese era un precio que estaba implícito en el exilio como castigo aunque ya no se estuviera en el tiempo de los griegos, cuando Sócrates prefirió la cicuta al destierro. Hoy es esto mucho más atenuado “y uno puede rehacer su vida como expatriado, al menos en principio porque no siempre todos pueden“ sin embargo sigue siendo un castigo. Y no es solo un castigo porque la dictadura no te permite regresar, sino también porque produce esa sanción de los tuyos al interior del paí­s que pueden verte como un desertor o como alguien que está libre de lo que se sufre en la cotidianeidad del paí­s, que pueden llegar a enrostrártelo. Lo curioso es que a veces estas descalificaciones se invertían, como se daba al principio en el campo cultural donde muchos se habí­an exiliado y se veí­a, a los que se quedaron dentro, poco menos que como colaboradores de la Junta. Una vez con este tipo de argumentos o descalificar nada menos que a Enrique Lihn por no abandonar el paí­s, una verdadera estupidez que muchos en ese tiempo se tomaban en serio y repetí­an. La diáspora es así­.

Con respecto al exilio dorado y al caso de Suecia, hay que empezar diciendo que lo aparentemente dorado no se debe al exilio sino al estándar de Suecia que sobre todo en ese tiempo permitía vivir decorosamente bien. Además, por ser un país bastante igualitario, que yo sepa no hubo exiliados que vivieran con privilegios de jerarcas como pudo ocurrir en otras realidades. Se nos trató a todos dentro de las polí­ticas migratorias que este paí­s podí­a permitirse y que, claro, comparadas con las de otros lugares, se sentí­an fabulosas. Con todo, hubo exiliados que no se adaptaron, que se deprimieron, parejas que hicieron crisis, gente que se enfermó de los nervios o que cayó en el alcoholismo o en las drogas, gente que se suicidó, gente que cometió delitos y fue a parar a la cárcel. Suecia no ha sido El Dorado, aunque ante los ojos de algunos pueda parecerlo. Y los que hemos salido a flote y hasta nos ha ido relativamente bien, harto la hemos peleado.

- Durante estas cuatro décadas cuál es la pregunta que te has hecho y que no tiene respuesta?
-Las preguntas son varias: ¿Qué hubiera pasado conmigo de no irme del paí­s? De sobrevivir a la dictadura, ¿cuál y cómo hubiera sido mi vida en Chile? De triunfar nosotros, ¿cómo nos hubiéramos comportado con los vencidos?


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