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Atrapalunas


Chile | Literatura
Publicada:2017-03-02
Por Julio Mayorga

Era una placentera noche de Abril, hacía el frío tenue que sigue a un día de lluvias, la calle estaba vacía y triste como cada atardecer en Ancud



Una interminable luna llena fulguraba al final de la calle que lleva al río. Era como si la cordillera lejana en el oriente estuviese pariendo esa bola gigante de luz pálida. Daba susto mirarla de tan cercana y tan tentadora.

 Era una placentera noche de Abril, hacía el frío tenue que sigue a un día de lluvias, la calle estaba vacía y triste como cada atardecer en Ancud cuando los habitantes se enclaustran en sus casas  a ver historias de extraños confines en sus aparatos de ver sombras de otras vidas.

De la mano tibia y pequeña de mi nieta caminábamos hacia el río, como  derechito a  la vasta  luna.

-    ¿  La luna se puede atrapar tata, tú podrías regalarme la luna ?

Desarmado por la inesperada pregunta de Mercedes y el supremo desafío que implicaba, me quedé en silencio observando sus ojitos de murra,  que reflejaban en puntitos de plata la luz de luna. Y  que exigían respuesta.

Los abuelos somos, a sus cinco años, los héroes de los hijos de nuestros hijos, sin escapatoria ni trazas de fracaso. No había razones para frustrar el ímpetu de tan fantasiosa aspiración.

-    Si… si,  quizás si vamos al río,  en el puente… allí la luna está más cerca y … quizás con un lazo, a lo mejor,-

-     ¡¡ Ejem ¡¡, alguna vez atrapé una luna menguante… cuando era joven…  pero a la luna  llena, no sé,  - mentí, sin piedad, solo para afianzar mi estima-

Volvimos a casa, cogí una cuerda, que sabía inútil para tan arriesgada misión y retornamos el solitario camino hacia el puente y hacia la escurridiza luna. Por más que los  viejos conocemos su fama de traidora y frívola, más aún en plenilunio, no podía desistir de acometer tan atrevida misión.

 En el puente, la luna era una esfera insufrible en el cielo. No pudimos lacearla. Fue estéril todo el esfuerzo desplegado. Yo desconocía la estratagema apropiada para atraparla. Me sentía perdido y triste.

De pronto, la Meche me hace señas de  mantener silencio. Había descubierto que la  luna, toda entera,  relucía en el espejo de  una poza de agua en la losa del puente. Estaba allí, descuidada e inerme, al alcance de nuestras manos. En silencio, mi nieta con sus manitos dulces, la atrapa en la repetición de la imagen en el charco de aguas quietas. La mantiene en el cuenco de sus manitas y me la traspasa, en un acto de suprema confianza, que hasta hoy me halaga, para que la custodie cautiva.  Ni una gota de luna se escapó de entre mis dedos. Caminamos felices y silenciosos. Habíamos atrapado a la caprichosa luna llena, más por el arte y artilugios  de mi nieta que por añejos talentos míos.

Construí un pequeño cofre de alerce, hice un nidito de virutas finas de ciruelillo y ciprés, deposité las gotas de agua de luna – convertida en una diminuta y macilenta bola de vidrio- en la impaciente enana prisión de nobles  maderas y mi nieta guardó su tesoro en  su  lugar sagrado de la casa.

A veinte años de la cacería triunfal,  mi nieta atesora la bolita de vidrio en su cofre de alerce y la contienda por la luna llena nos ha reconocido en la familia  -el mérito es de Mercedes, no mío-  el presuntuoso  título de Atrapalunas…(Y yo sospecho que también nos merecemos el de Guardianes de la Magia infantil).
 


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