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CAZAR AL CAZADOR - Capítulo 1


Por Pascale Bonnefoy
Publicada:2018-11-04





Capítulo 1
    PERDIDO EN FRESIA
    Llovía torrencialmente. El viento azotaba a la pequeña avioneta Cessna suspendida en el negro de la noche, en vuelo de Santiago a Puerto Montt. Los cuatro pasajeros rebotaban adentro como pelotas de ping-pong. Bromeaban y saltaban como niños para calmar la ansiedad. El piloto, el experimentado jefe de la Brigada Aeropolicial de la Policía de Investigaciones, Eduardo Giorgi Gobetto, los retó.

    —¡Ya paren el leseo!

    Fue un viaje breve pero intenso. La aeronave, presa de ráfagas de viento mientras se aproximaba a aterrizar en el aeropuerto Tepual de Puerto Montt, casi se cae a tierra, recuerda el ex detective Héctor Silva Calderón.

    «Nos está penando el Mamo», pensó Silva. «No quiere que lleguemos».

    No era el temporal sureño lo que tenía a los detectives de la Brigada de Homicidios con los nervios de punta. La procesión iba por dentro: viajaban con la incierta misión de detener al general en retiro Manuel Contreras Sepúlveda, el «Mamo», ex director de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), el primer aparato represor de la dictadura militar.

    Era el 17 de septiembre de 1991 y estaban a punto de emprender una osadía.

    Aún resonaban las palabras del general Augusto Pinochet vociferadas a ?nes de 1989, meses antes de abandonar la presidencia, mas no el poder, luego de diecisiete años.

    —¡Si tocan a uno de mis hombres, se acaba el estado de derecho! —advirtió a los futuros gobernantes civiles. Manuel Contreras había sido su hombre de con?anza, el que le rendía cuentas cada mañana a él y solo a él, el que dirigió con gran e?cacia el trabajo sucio de los primeros años. Contreras, al igual que Pinochet, aún conservaba su aura de intocabilidad.

    «Creo que en ese momento no dimensionábamos lo que signi?caba todo eso. Sabíamos que la cuestión era delicada y estábamos entre tranquilos y nerviosos. Entre talla y talla siempre llevamos todo a la simplicidad. Era una especie de terapia», recuerda el detective en retiro Nelson Jofré Cabello de ese vuelo.

    Viajaban al sur para arrestar al otrora segundo hombre más poderoso del país, y nadie sabía cómo terminaría esa historia. No iban con nada especial, solo con sus placas y pistolas reglamentarias.


    Ni siquiera llevaban un plan.

    A CONTRARRELOJ

    Semanas antes, el ministro de la Corte Suprema Adolfo Bañados, designado para investigar el asesinato del ex canciller chileno Orlando Letelier, ocurrido en Washington en 1976, había pedido a la Brigada de Homicidios Metropolitana de la Policía de Investigaciones dos detectives para que trabajaran con él en el caso. El jefe de la brigada, el subprefecto Osvaldo Carmona Otero, destinó al subcomisario Rafael Castillo Bustamante, y Castillo llevó con él al inspector Nelson Jofré.

    Hacían una buena dupla. Los dos hombres habían comenzado a trabajar juntos en 1989, cuando Jofré llegó a la brigada. Castillo ya llevaba casi una década en Homicidios. Encajaron desde el principio y se hicieron buenos amigos. Investigaron delitos comunes hasta que en marzo de 1991 les tocó un caso de naturaleza política: la muerte del mayor de Ejército y médico militar Carlos Pérez Castro y de su esposa en Rancagua, perpetrada por miembros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Pérez había sido médico torturador de la Central Nacional de Informaciones (CNI), órgano sucesor de la DINA.1 Ayudados por un golpe de suerte, Castillo y Jofré pronto resolvieron ese caso. Fueron felicitados por el ministro del Interior y se convirtieron en detectives destacados de la brigada. Carmona no dudó en nombrarlos.

    Los dos o?ciales de la Policía de Investigaciones de Chile (PICH)2 se reunían diariamente con el ministro Bañados para recibir sus instrucciones y revisar informaciones y avances del caso Letelier. Hasta ese momento Jofré, de 33 años, no sabía ni quién era Orlando Letelier ni detalles de su muerte. En esas primeras semanas, mientras estudiaba el expediente y escuchaba los testimonios de familiares y testigos, se puso a leer libros de historia reciente y de derechos humanos para comprender el terreno que estaba pisando. Conoció la persona y vida de Letelier, aprendió nombres y lugares, y fue descubriendo la historia subterránea de su país. Fue una inducción rápida a la mano de hierro de la DINA y al dolor de sus víctimas.

    El ministro Bañados trabajaba a contrarreloj. El plazo de quince años para que prescribiera el caso vencía el 21 de septiembre, fecha del atentado con autobomba organizado por la DINA, que destrozó el cuerpo de Letelier en medio de Sheridan Circle, el sector diplomático de Washington, y que mató también a su colega estadounidense Ronni Mo?tt, quien lo acompañaba en el vehículo.3 Había más que su?ciente evidencia para inculpar al general Contreras y al segundo en la DINA, el brigadier Pedro Espinoza Bravo, como autores intelectuales del crimen, pero debía asegurar su comparecencia para procesarlos. Debía tener a ambos hombres frente a él para tomarles declaración y encargarlos reo. Ya había ordenado su arraigo semanas antes.

    Bañados era un juez extremadamente discreto y reconocido por su rigurosidad. Al hacerse cargo de la investigación la siguió con esmero hasta el ?nal. Al cabo del primer año de conducir el caso Letelier, el ministro había interrogado a unos cien militares y civiles ligados a la DINA.


    Años antes le había tocado otro caso de derechos humanos que causó gran conmoción pública. En noviembre de 1978, siendo ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, fue designado para investigar el hallazgo de los restos de quince detenidos desaparecidos en los hornos de una abandonada mina de cal en Lonquén. En esa investigación trabajó con Rafael Castillo.

    Bañados destacó por la suma delicadeza con la que trató a las familias de las víctimas y su empeño para alcanzar la verdad de los hechos. Estableció la responsabilidad de Carabineros en las detenciones, refutando la versión o?cial de un enfrentamiento; no obstante, como era habitual en ese tiempo, debió declararse incompetente para seguir investigando, ya que involucraba a personal policial. El caso pasó a la justicia militar.4

    Desde que asumió el caso Letelier en agosto de 1991, el ministro Bañados vivía con resguardo policial permanente en su hogar en la comuna de La Reina. Recibía amenazas de muerte. Fuera de su despacho en el Palacio de los Tribunales montaban guardia una tropa de periodistas, atentos a cualquier novedad.

    Esa mañana del 17 de septiembre, el ministro les anunció a los detectives de Homicidios, sin mucho preámbulo, que les hacía entrega de dos órdenes de aprehensión que debían ser cumplidas de inmediato. Una para Contreras y la otra para Espinoza. No comentó mucho más. Bañados era de pocas palabras.

    Los detectives miraron estupefactos los dos decretos de aprehensión en la mano. Saliendo del despacho del ministro llamaron a su superior, el director de la Policía de Investigaciones, Horacio Toro Iturra, pero no se encontraba en el cuartel. Estaba en el gabinete del ministro del Interior, les informaron. Para allá partieron.


    Llegaron al palacio presidencial y pidieron hablar con el general Toro.

    —Señor director, necesitamos conversar con usted de forma privada sobre un asunto urgente —le dijo Castillo.

    El general Toro se acercó.

    —Señor, el ministro Bañados nos ha entregado una orden de detención para Manuel Contreras y Pedro Espinoza.


    Toro se mantuvo muy sereno.

    —Vayan a mi o?cina y espérenme allí —resolvió.

    Castillo y Jofré se fueron caminando a toda prisa las cuadras que separaban el Palacio de La Moneda y el cuartel central de la PICH, ubicado en avenida General Mackenna, entre las calles Amunátegui y Teatinos. Mientras, el director Toro informaba al ministro del Interior, Enrique Krauss, y este al presidente Patricio Aylwin.

    —¿Conocen la ubicación de Contreras y Espinoza? —les preguntó Toro a su arribo al cuartel.

    Los detectives ya habían cotejado esos datos en los archivos policiales.

    —Sabemos que Contreras registra domicilio en un fundo llamado El Viejo Roble en Fresia y Espinoza tiene un campo en Osorno —dijo Castillo.

    Ambos o?ciales del Ejército, al igual que otros ex agentes de la DINA, habían comprado terrenos en el sur de Chile. Contreras adquirió el fundo algunos años después de pasar a retiro en septiembre de 1978 justamente a propósito del caso Letelier. Desde ahí dirigía las operaciones de su empresa maderera Imeteg.

    La red de agentes en las cercanías y una población que tendía a ser conservadora les brindaba algo de seguridad. Y felizmente, uno de los suyos había asumido, en enero de 1988, como jefe del Estado Mayor de la IV División del Ejército en Valdivia. El brigadier Miguel Krassno? Martchentko, miembro de la cúpula de la DINA, estaba a cargo de siete regimientos militares desde Angol a Puerto Montt.

    Toro llamó a su o?cina al subdirector operativo Mario Mengozzi Solar, y juntos analizaron los pasos a seguir. Le ordenó coordinar con el jefe de la Brigada Aeropolicial el avión institucional para una salida a Puerto Montt.

    —Se van ustedes al sur —sentenció Toro.

    Enseguida, Mengozzi llamó al prefecto de Puerto Montt.

    —Esta noche viaja un equipo de la Brigada de Homicidios a la ciudad. Por favor prepare un buen vehículo para ponerlo a su disposición, ya que tendrán que desplazarse por varios lugares de la región —le dijo.

    Pidió que los fueran a buscar al aeropuerto, pero no ofreció pista alguna sobre el carácter de la misión.

    Carmona, jefe de Homicidios, decidió incorporar a otros dos o?ciales. Castillo pensó en el detective de la segunda subcomisaría, Héctor Silva. Le tenía aprecio y sabía que era un buen policía. Silva, además, era muy amigo de Jofré desde cuando se conocieron en la Escuela de Investigaciones. Tenía otras características que podrían servir para esta tarea: Silva era mesurado, de trato amable; además, en los últimos cuatro años de la dictadura militar estuvo en la CNI. Tal vez ese pasado podría serles útil. Se lo propuso a Carmona.

    —Señor, ¿me podría decir de qué se trata la misión? —le preguntó Silva al jefe de la brigada.

    —Es algo bien puntual —le contestó. Y se lo explicó.

    —No tengo muchas ganas de ir, señor —aventuró Silva—. Es que el general Contreras tiene un hijo un poquito loco, un poco acelerado, y lo más probable es que intente hacer algo.

    —Tienes que ir —dijo Carmona.

    No había vuelta.

    «Estaba preocupado, pero al mismo tiempo, si me estaban pidiendo para algo tan importante como eso, igual me sentía bien. A Castillo le agradecí la con?anza que tenían en mí», señala Silva.

    El otro escogido para la detención de Contreras y Espinoza era un detective de la cuarta subcomisaría de Homicidios, Bernabé Cortez.


    Les concedieron un par de horas para ir a sus casas a empacar un poco de ropa y despedirse. A sus familias solo dijeron que salían fuera de Santiago y no sabían cuándo regresarían. Todo sucedió muy rápido. No hubo oportunidad para cuestionar la orden ni la situación, pero la incertidumbre pesaba en el ambiente.

    Los cuatro detectives se encontraron en el aeropuerto de Cerrillos, y a ellos se sumaron los dos pilotos policiales. Atardecía en Santiago y el cielo estaba gris. Antes de abordar, Nelson Jofré prestó su cámara para que les tomaran una foto. Aún guarda esa foto de los seis colegas sonrientes delante del Cessna. Solo ellos conocen su signi?cado histórico.

    Viajaron esa misma noche. A la altura de Concepción comenzó la tormenta.

    

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