CAZAR AL CAZADOR - AMIGOS DE «DON MANOLO»
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CAZAR AL CAZADOR - AMIGOS DE «DON MANOLO»


Por Pascale Bonnefoy
Publicada:2018-11-04

Llegando a la prefectura policial de Puerto Montt, le explicaron al jefe de la unidad las razones del viaje.


AMIGOS DE «DON MANOLO»

        Llegando a la prefectura policial de Puerto Montt, le explicaron al jefe de la unidad las razones del viaje.

        «Casi le dio colitis (se ríe). Nunca me voy a olvidar de eso», dice Jofré. «El prefecto se asustó harto y estaba muy nervioso, pero más nervioso estaba el conductor que nos pasó cuando se enteró a lo que íbamos. Manuel Contreras y Pedro Espinoza eran personajes en la zona, y todos sabían lo que había detrás de ellos».

        Pidieron un conductor que conociera bien la región y sus caminos rurales, y ya cerca de la medianoche, partieron en camioneta hacia Fresia, unos 67 kilómetros de camino de tierra al noroeste de Puerto Montt. Por el momento, el objetivo era reconocer la propiedad y, de alguna manera, ingeniárselas para saber si Contreras se encontraba ahí.

        El conductor ya sabía dónde quedaba el fundo El Viejo Roble, y de inmediato les advirtió a los cuatro detectives:

        —Llegando a Fresia vamos a pasar por un retén de Carabineros y Manuel Contreras va a saber altiro que va alguien hacia su fundo, porque los carabineros están comunicados por radio con su guardia. Cuando Contreras está en la zona todos lo sabemos porque se activan sus dispositivos de seguridad.

        Había francotiradores en el sector, recuerda el detective Silva. «Contreras estaba muy blindado. En el equipo discutimos cómo abordar la situación sin provocar un enfrentamiento», dice.

        Cerca de la una de la madrugada la camioneta se acercó a El Viejo Roble y se detuvo frente al portón. Había una caseta de seguridad y un hombre hacía guardia. Era un militar con boina, manta de Castilla y portaba un fusil; un militar en servicio activo resguardando la propiedad privada de un o?cial en retiro.

  —Este es el fundo —dijo el conductor, nervioso.

        —Quédense aquí, yo me bajo solo —ordenó el jefe del grupo, el subcomisario Rafael Castillo.

        No se veía mucho en la oscuridad. El detective se dirigió al guardia con desplante. Le inventó una historia.

        —Oiga, somos amigos de don Manolo —le dijo Castillo, hablando como hombre de campo—. Vamos camino a otra parte ahora, pero queremos pasar a verlo mañana. ¿Estará?

        —Sí, sí está.

        Solo eso necesitaban saber.

        «Rafael era muy astuto. Él siempre quiso ser actor. Era muy bueno para disfrazar las cosas, de esos tiras a la antigua. Cuando quería saber algo, contaba una larga historia; era hábil para sacar información. Era un hombre de calle, enganchador y bueno para la pelota. Esa era su particularidad», señala Jofré.

        Castillo se despidió del guardia y volvió al vehículo. Siguieron de largo por el mismo camino interior, pero se perdieron. No podían retroceder porque no debían volver a pasar delante del fundo de Contreras. Terminaron dándose vueltas por caminos rurales hasta ?nalmente dar con Puerto Montt a las tres de la madrugada. Pero ya iban más tranquilos.

        Desde la prefectura de inmediato llamaron al director Toro, dando cuenta del resultado. Toro les había pedido mantenerlo al tanto de todo, a cualquier hora. Pasaron por el fundo, lo conocieron y el sujeto estaría en el lugar, le informaron.

        —Muy bien —les contestó Toro—. Esperen instrucciones.

        Al poco rato Toro se contactó con Castillo.

        —Vayan mañana a primera hora a Osorno a veri?car si está Pedro Espinoza —le ordenó.

        Esa noche durmieron en el cuartel.

        EL PREDIO DE ESPINOZA

        El día siguiente amaneció gris, pero sin lluvia. El cuartel policial de Osorno era un inmueble modesto y el guardia aún dormía cuando llegaron los detectives santiaguinos. El conductor los acompañó a regañadientes.

        «Iba muerto de miedo. Todo el mundo se conocía, y él ubicaba bien el predio de Espinoza; sabía quién era. Cuando le explicamos a lo que íbamos, nos comentó que no quería ir», dijo Jofré.

        El fundo de Espinoza quedaba en la comuna de San Juan de la Costa, al oriente de la ciudad de Osorno. El portón de entrada era muy sencillo y fácil de saltar. Subiendo una ladera se veía una pequeña casa, probablemente de inquilino. Aparte de eso no se veía nada, solo campo. Dudaron qué hacer. Tenían la orden de aprehensión y estaban facultados para ingresar y allanar si fuese necesario. Los detectives decidieron entrar. El conductor se quedó en la camioneta; ni siquiera bajó a estirar las piernas.

        Los lugareños les habían dicho que el brigadier Espinoza tenía unos perros que parecían leones, y los cuatro detectives agarraron palos para defenderse de ellos si aparecían.

        «Con Bernabé mirábamos los árboles para ver a cuál subirnos cuando llegaran los perros, pero resultaron ser dos perros chiquititos, muy inofensivos», recuerda Silva.

        Iban bromeando mientras se adentraban en el campo de Pedro Espinoza. El humor siempre ayudó a apaciguar los nervios y la tensión. Se imaginaron cómo se veía el escenario desde el punto de vista del dueño de casa: cuatro hombres con pistolas, intruseando sin permiso en la propiedad privada de un alto o?cial de Ejército y, más encima, armados con palos. Ni siquiera tenían parkas distintivas de Investigaciones que los identi?caran.

        De pronto apareció un hombre, muy molesto.

        —¿Quiénes son? —ladró.

        —Somos policías y queremos hablar con don Pedro —respondió Castillo.

        —No está acá, no ha venido. Está en Reñaca —les dijo el hombre.

        Las tratativas en Santiago, las llamadas urgentes entre los ministerios del Interior, Defensa y el comandante en jefe del Ejército, el general Pinochet, hacían ruido en los campos del sur. Pinochet ya se había comunicado con Contreras, y Espinoza lo supo de inmediato. Se fue enseguida de Osorno a la casa de familiares en la Quinta Región.

        Le dieron las gracias al hombre y regresaron a Puerto Montt.

        Se comunicaron nuevamente con el director Toro para dar cuenta de la diligencia.

        —Muy bien. Ahora vuelvan al fundo de Manuel Contreras y procedan a la detención. Cualquier cosa, se comunican —les instruyó.

        Había que actuar rápido.

        LA REACCIÓN DE PINOCHET

        La reapertura del caso Letelier había tensionado aún más la siempre tirante relación del gobierno con el Ejército en esos primeros años de transición a la democracia, y el procesamiento de Contreras y Espinoza iba a poner a prueba la reacción de Pinochet. Era un caso excepcional,el único crimen de derechos humanos que quedó exento de la Ley de Amnistía, que cubría el periodo entre 1973 y 1978.

        Luego del atentado en 1976, el Buró Federal de Investigaciones (FBI) de Estados Unidos realizó su propia investigación y rápidamente estableció la autoría de la DINA en lo que fue el primer acto de terrorismo internacional en suelo estadounidense. En 1978 una corte federal acusó del crimen a un grupo de cubanos residentes en ese país, y junto a ellos, a Manuel Contreras, a Pedro Espinoza y a Armando Fernández Larios, también de la DINA.5 Sin embargo, la Corte Suprema chilena denegó la solicitud para extraditarlos para enfrentar a la justicia en Washington.

        En cambio, entregaron al ex agente de la DINA Michael Townley, de nacionalidad estadounidense. Sería sacri?cado para que asumiera toda la responsabilidad por el crimen. Townley confesó su autoría y ofreció su colaboración, sirviendo de testigo en contra de un grupo de cubanos anticastristas que participaron en el doble homicidio. Luego de algunos años de encierro, se acogió al Programa Federal de Protección de Testigos. Sigue viviendo en Estados Unidos aunque con una nueva identidad. El mismo día que los detectives de la Brigada de Homicidios volaban a Puerto Montt, Townley prestaba declaración en Washington ante funcionarios estadounidenses sobre el caso Letelier.

        En ese contexto, en 1978 el régimen militar se regaló a sí mismo el Decreto Ley de Amnistía para asegurar su impunidad al menos por los crímenes de sus primeros cinco años. La Ley de Amnistía dejó fuera el caso Letelier justamente por la presión del gobierno de Estados Unidos.

        Mientras el FBI investigaba el atentado, Estados Unidos exigió una indagación similar en Chile. La causa que se abrió en Santiago se relacionaba al uso de pasaportes falsos para los agentes de la DINA que participaron en él (caso «Pasaportes»). Sin embargo, el caso terminó en manos de la justicia militar que, luego de no hacer nada, lo cerró en 1986.

        Pero el gobierno estadounidense no a?ojó la presión. En diciembre de 1990, luego de la visita del presidente George H. W. Bush a Chile, el Departamento de Estado declaró públicamente que el presidente Aylwin se había comprometido a trasladar el caso desde la justicia militar a la civil, y que buscaría el nombramiento de un ministro en visita. El anuncio venía aparejado con la certi?cación o?cial del gobierno estadounidense de que Chile cumplía los requisitos para que se levantara la prohibición de asistencia militar a Chile impuesta en 1976 como reacción a los homicidios de Letelier y Mo?tt.6

        Pero si esta vez Chile no enjuiciaba a los autores intelectuales del crimen, Estados Unidos nuevamente se vería en la obligación de pedir su extradición, advirtieron las autoridades del Departamento de Justicia.7 Sería un lío. El nuevo mandatario chileno estaba en aprietos.

        En momentos en que el gobierno chileno iniciaba negociaciones para un tratado de libre comercio con Estados Unidos, a petición del presidente Aylwin, el 1 de agosto la Corte Suprema nombró a uno de sus pares, Adolfo Bañados, para investigar el asesinato de Letelier.Esto fue posible luego de la aprobación de las Leyes Cumplido en febrero de 1991, que, entre otras cosas, establecieron que la Corte Suprema tendría jurisdicción sobre casos que podrían afectar las relaciones internacionales con otro país, un estipulado claramente diseñado en función del caso Letelier.

        «Creo que la preocupación era del presidente de la República para abajo; o sea todos, el ministro de Defensa, del Interior, el propio director, todos estábamos a la expectativa de lo que iba a suceder. Lo que entendimos de la conversación con el director Toro era que había una preocupación sobre cómo iba a reaccionar el general Pinochet. Recuerdo perfectamente que eso fue un tema, y cómo prepararse para cualquier situación que pudiera ocurrir», relata Jofré.

        LOS INFANTES VIAJAN POR TIERRA

        Ante el portón de El Viejo Roble, se encontraron con el mismo militar de la noche anterior.

        —Venimos a ver a don Manuel Contreras —le anunció Castillo.

        El guardia miró el auto, que no tenía distintivo policial.

        —¿Quiénes son ustedes?

        —Somos de Investigaciones. Don Manuel me conoce a mí.

        Era cierto. El subcomisario Castillo conoció personalmente a Contreras tres años antes, en 1988. Ese año le había tocado investigar la muerte del mayor de Ejército en retiro Joaquín Molina Fuenzalida,8 enlace de la CNI con la ?scalía militar ad hoc dirigida por el general Fernando Torres Silva. Molina había sido asesinado por el hijo del jefe de la DINA,también llamado Manuel Contreras, o «Mamito», quien trabajaba en ese tiempo con el ?scal Torres.

        Contreras hijo no era un hombre muy aplicado. Tuvo un paso fugaz por la Escuela Militar y luego estudió derecho en la Universidad Gabriela Mistral, pero abandonó los estudios. Era pareja de una hija de Molina. Durante una ?esta familiar en casa de este, el 30 de octubre de 1988, al «Mamito» le dio un ataque de celos cuando su polola se despedía de un invitado, hijo de un alto jefe de la CNI. «Mamito» comenzó a golpearlo, y entonces intercedió Molina, a quien el hijo de Contreras le disparó doce balazos. La jueza a cargo se declaró incompetente en tiempo récord y pasó el caso a la justicia militar. «Mamito» estuvo prófugo, luego se le descubrió repentinamente una supuesta hepatitis y fue internado en el Hospital Militar.

        La Corte Suprema decidió que debía ser la justicia civil la que investigara y designó al ministro Adolfo Bañados, quien pocos años después tendría que enfrentar a su padre. Contreras hijo alegó que le disparó a Molina en defensa propia y fue absuelto. En estas circunstancias el o?cial de la PICH Rafael Castillo conoció a Manuel Contreras, y de ahí que el detective Silva encontrara a su hijo un «poquito loco».

        Desde la entrada del fundo solo se alcanzaba a ver la caseta de seguridad, un camino y la despoblada ladera de un cerro; alrededor solo había bosque.

        Esperaron a que el militar se comunicara con alguien por radio. No alcanzaron a escuchar la conversación. Al rato llegó un jeep Land Cruiser conducido por un militar.

        —Suban —les ordenó.

        —Nosotros andamos en nuestro vehículo —le dijo Castillo.

        —No, suban al jeep —volvió a ordenar.

        Cuidando de evitar roces, los detectives dejaron la camioneta con el conductor y subieron al jeep. Fueron escoltados por militares con fusiles AKA. «Nos llevaron prácticamente secuestrados para arriba», recuerda Silva.

        El conductor no les habló mientras subieron por el camino hasta llegar a una modesta casa. No era lujosa; más bien parecía una cabaña. Al lado había una construcción con muchas puertas. Eran las habitaciones donde dormían los escoltas de Contreras, cerca de diez.

        Al entrar a la casa se encontraron con Contreras sentado en un sillón. Detrás de él estaba su hijo, portando una pistola y vestido de militar, a pesar de no serlo. Sus escoltas pululaban alrededor, alertas.

        —¿Cómo está, don Manuel? —comenzó Castillo.

        —¿Qué te trae por acá? —preguntó Contreras, cortante.

        —Acá estamos, general. Venimos con una misión no muy grata para usted. Tenemos órdenes de llevarlo detenido a Santiago.

        Contreras recogió un papel fax de un escritorio y se lo mostró. —Acabo de recibir un fax de mi general Pinochet y me está dando él la instrucción de que me regrese a Santiago. Me ofreció un helicóptero —dijo.

        El ex dictador seguía siendo comandante en jefe del Ejército y Contreras estaba con?ado de que la política pinochetista de «no tocar a ninguno de sus hombres» aplicaba especialmente a él. Recién la semana anterior, entrevistado para el diario La Nación, Contreras había asegurado que se sentía «respaldado por mi institución en forma absoluta, y por mi general Pinochet también». Además, dijo entonces, «estoy muy tranquilo porque lo he dicho un millón de veces: nada tuvimos que ver en esto […]. Busquen a los asesinos en Estados Unidos».9

        —General, tenemos el avión institucional a disposición para que usted viaje con nosotros —le dijo Castillo.

        —Yo no voy a ir con ustedes. Me voy en la forma que yo quiera. Soy infante y como infante me siento más seguro por tierra. Ya le informé a mi general Pinochet que salgo de aquí mañana a las ocho horas.

        Se produjo un duro intercambio entre los dos hombres. Castillo insistía en que la orden de detención implicaba que debía irse con los detectives, pero Contreras estaba a la defensiva, desa?ante. A toda costa había que mantener la calma, darle tranquilidad. El objetivo era llevárselo a Santiago. Cuándo y cómo hacerlo fue resuelto en un tenso tira y a?oja.

        —No puedo dudar de la palabra de un general,si usted dice que va a ir —comenzó Castillo—. Pero debe irse con nosotros.

        —Yo me voy con mi gente, con mi seguridad —a?rmó Contreras, inamovible.

        —Bueno, pero tiene que irse un funcionario nuestro con usted. Y le reitero, está nuestro avión; es largo el viaje —le planteó Castillo.

        —Ni un problema que vaya un funcionario con nosotros, pero yo siempre viajo por tierra.

        —Perfecto. Nosotros nos presentamos acá temprano.

        Contreras viajaría a Santiago por tierra, en su vehículo y con sus escoltas, y lo acompañaría un detective. Fue un acuerdo de palabra.

        «Fue una conversación dura, tosca. Contreras estaba demostrando que el general Pinochet estaba por sobre la Corte Suprema y él controló totalmente la situación. Encuentro que nuestra estrategia fue buena, porque era absurdo habérselo llevado a la fuerza. No sé qué habría pasado con los escoltas. Nosotros éramos cuatro y ellos, entre todos, como quince», re?exiona Jofré.

        Se despidieron y volvieron en jeep a la salida, donde los esperaba el conductor dentro de la camioneta. En el trayecto de vuelta a la prefectura de Puerto Montt, Castillo anunció:

        —Jofré, tú te vas mañana con Contreras y nosotros regresamos a Santiago en avión.

        «Fue el viaje más largo de mi vida», recuerda el detective.

        UN FRUSTRADO BIÓLOGO MARINO

        Su vida comenzó en el campo, cerca de Quilpué, un tranquilo pueblo de la Quinta Región. Jofré era hijo de un subo?cial de telecomunicaciones de la Marina y su madre, dueña de casa, cuidaba a sus cuatro hijos.

        El tiempo transcurría entre el campo, los bichos y el colegio Guillermo Rivera en Viña del Mar. Jofré viajaba todos los días en tren para ir a clases.Todos los jueves se sentaba frente al televisor a ver el programa El mundo submarino de Jacques Cousteau. Lo entusiasmó tanto que decidió que quería estudiar biología marina. Incluso le escribió una carta al famoso cientí?co y marino francés y este le contestó. Aún conserva esa carta.

        «Le conté, a mi manera, que había navegado mucho porque habíamos vivido en Puerto Williams, que competía en un club de natación y había hecho un curso de gastronomía que ofreció la Universidad de Chile en el colegio. Me ofrecí para, por último, trabajar en la cocina de su barco, pero que quería aprender de sus hermosas experiencias. Esa era mi verdadera pasión», asegura Jofré.

        Cousteau eventualmente vino a Chile, pero Jofré no se enteró a tiempo. Para entonces se encontraba en Copiapó estudiando ingeniería en minas en la Universidad Técnica del Estado. No le había alcanzado el puntaje para biología marina. Ingresó a la universidad en 1977, pero no le gustó la carrera. Además, aunque la educación aún era gratuita, había muchos gastos que solventar, partiendo por su estadía en la ciudad. Para sus padres era muy difícil.

        Regresó a casa y de nuevo rindió la Prueba de Aptitud Académica. Quedó en licenciatura en matemáticas en la Universidad de Chile, pero tampoco encontró su nicho ahí. Entonces, en 1979, entró a la Escuela de Investigaciones, en la misma promoción de quien se convertiría en su amigo hasta hoy, el detective Héctor «Tito» Silva. Siempre le había gustado investigar. «Era curioso y tenía una obsesión para buscar la verdad», dice. Su hermano Raúl ya era detective.

        «Me enteré de los crímenes de la dictadura cuando llegué a estudiar a Santiago, a través de mis compañeros de la Escuela de Investigaciones. Ellos fueron testigos de los hechos, de la detención de vecinos, de los cuerpos en el río Mapocho. Donde yo vivía, en Quilpué, nunca vi allanamientos ni nada», dice Jofré.

        Tenía 15 años para el golpe de Estado, y no tiene muchas nociones de lo que ocurrió. Ese día su padre estaba acuartelado en el buque Latorre, cuyo comandante era el capitán Carlos Fanta Núñez. Su papá continuó su carrera en la Armada y pasó a retiro en 1976. Solo años después le contó a su hijo lo que había visto en esos agitados días de 1973.

        Recién salido de la Escuela, en 1981, Jofré y otros veintinueve recién egresados fueron destinados al área de inteligencia de la policía civil. Rápidamente se dio cuenta de que no era para él, que no había estudiado para eso. Le ordenaron ir a las embajadas a ver quiénes se estaban refugiando. Era espionaje político y él quería investigar delitos. Duró menos de un año y pidió el traslado. En 1982 fue destinado a la 11a Comisaría de Las Condes.

        A la comisaría llegaba todos los lunes un boletín en el que pedían voluntarios para integrarse a la CNI. Los tentaban con un sueldo 19 por ciento más alto y otros bene?cios. Pero incluso sus superiores les advertían que no lo hicieran. «Nos decían: “cabros, no sean huevones. Esta cuestión después se va a dar vuelta, no se metan”», recuerda Jofré.

        Con sus compañeros les tenían miedo a los agentes de la CNI. «Los de la CNI eran capaces de todo. Había que tener cuidado con ellos. Cuando salíamos en la noche nos daba temor pasar cerca de sus cuarteles porque usábamos autos sin distintivos… Evitábamos el contacto con ellos», a?rma Jofré.

        Pasó por varias comisarías en los ochenta, y estando en una de ellas, en Papudo, decidió que quería seguir estudiando. Regresó a Santiago e ingresó a la Universidad de Chile a estudiar auditoría. Trabajaba medio día en una unidad administrativa para poder ir a clases por la tarde, pero no pudo continuar debido al costo. La carrera universitaria —que para entonces era pagada— le consumía gran parte de sus ingresos, y ya estaba casado y tenía un niño. Así que Jofré dejó los estudios y se dedicó a ser detective. Además, le aburrían las tareas administrativas. Ya le había tomado el gusto a la calle y quería algo más especializado. De nuevo pidió traslado y, al igual que su colega y amigo Tito Silva, en 1989 se incorporó a la Brigada de Homicidios.

        En esa unidad conoció a Rafael Castillo, el que le ordenó viajar solo con Manuel Contreras a la capital.

        ONCE HORAS A SANTIAGO

        A primera hora del día siguiente fueron a dejar a Jofré al fundo El Viejo Roble. A la entrada llegó el mismo jeep militar con su conductor y un acompañante.

        —¿Quién de ustedes se va con mi general? —preguntó al grupo de detectives.

        El detective Silva se ofreció para acompañar a Jofré en el viaje, pero el general Contreras no lo permitió. Nelson Jofré se bajó de la camioneta, se despidió de sus compañeros y subió al jeep. Quedó en el fundo mientras los demás regresaban a Puerto Montt a abordar el Cessna y volver a Santiago. Lo único que llevaba era su placa y un revólver calibre 38.

        «Creo que lo que hizo Nelson fue muy arriesgado. Fue solo, y hasta ese momento nadie sabía lo que podía hacer este caballero [Contreras]», re?exiona Silva.

        Manuel Contreras había dispuesto cuatro vehículos para «su gente» y los estaban limpiando. No se intercambiaron muchas palabras. El ex director de la DINA se subió a un Mercedes Benz rojo junto con su pareja, Nélida Gutiérrez, y su hijo Mamito. Le indicaron a Jofré que se subiera a un Ford que el detective describe como «uno de esos típicos autos de la CNI». Iba el conductor, un o?cial de ejército de copiloto y Jofré atrás, solo. Todos eran militares vestidos de civil. En la caótica salida del predio, dos de los vehículos chocaron y uno de ellos terminó con el parachoques botado. Debieron dejarlo atrás.

        En?laron en procesión, y el auto del detective quedó detrás del Mercedes Benz. Pero no salieron hacia la ruta principal que los llevaría a la Ruta 5 rumbo al norte, sino por un camino interior de ripio en medio del bosque. Jofré se asustó. No tenía idea hacia dónde se dirigían y solo veía árboles y más árboles.

        Aquí puede suceder cualquier cosa, pensó. «Si me va a pasar algo, algo haré con mi arma. Iba tranquilo pero preparado para cualquier situación. Me sentía de alguna manera preso», relata Jofré.

        No tenía forma de comunicarse con sus compañeros, con la prefectura o con el cuartel central en Santiago. Los detectives tenían apenas unos walkie talkie, pero Jofré no andaba trayendo uno. Además, habría sido inútil, porque no había cobertura en el campo. Ni siquiera andaba con el decreto de aprehensión, ya que Castillo se lo había quedado.

        Dentro del auto, nadie le hablaba. Jofré iba nervioso pero atento, agudizando todos los sentidos. Trató de iniciar una conversación con el militar en el asiento delantero, pero él lo ignoraba.

        —¿Cuál es su gracia? —le preguntó al militar.

        —Mayor Flores —le respondió cortante. Horas después Jofré se daría cuenta de que ese no era su nombre.

        Finalmente salieron de los caminos boscosos a una carretera interior pavimentada. Jofré aún no se ubicaba en el espacio. Siguieron una hora en esa vía y todavía no sabía por dónde andaban. A punto de llegar a un cruce con la Ruta 5, los vehículos se detuvieron. Jofré estaba inquieto. ¿No iban hacia Santiago? Andaba con su pistola de uso personal, pero era una magra defensa ante los escoltas armados de Manuel Contreras. No sabía qué esperar.

        —¿Qué pasa acá? —preguntó.

        —Estamos esperando un vehículo —le respondió el «mayor Flores».

        De pronto apareció un vehículo particular. Venía raudo y se detuvo cerca de ellos. Un hombre se bajó de él y se subió al Ford, sentándose al lado de Jofré. Al saludar al o?cial adelante, Jofré se enteró de que el «mayor Flores» tenía otro nombre. Entonces partieron nuevamente. Al detective lo aguardaban largas horas de viaje. Fueron once en total.

        «Nunca me he olvidado de la conversación con él. Dijo que era marino de Talcahuano y formaba parte de la escolta de Contreras. Me habló al tiro de mi papá y dijo que lo conocía. Pero creo que era mentira; era demasiado joven. Esta cuestión está media extraña, pensé», cuenta Jofré.

        Respiró con algo de tranquilidad cuando la comitiva de autos por ?n tomó la ruta Panamericana hacia el norte. Se detuvieron una sola vez para cargar combustible y tomar un café. Jofré se compró unas galletas pero nadie conversó con él. Los escoltas no dejaban que se acercara a Contreras. Su mayor alivio fue el hecho de que, en el largo trayecto hacia Santiago, cada vez que pasaban por la salida a alguna ciudad, había un carro policial con su baliza encendida en la carretera. Ellos iban informando al cuartel central el trayecto de la caravana de Manuel Contreras.

        Llegaron a la capital cerca de la medianoche del jueves 19 de septiembre y se dirigieron directamente a la Comandancia de la Guarnición del Ejército en el centro de Santiago. Ahí los esperaban el jefe de la Brigada de Homicidios Osvaldo Carmona, junto con el subcomisario Rafael Castillo y el comandante de la guarnición y juez militar de Santiago, el brigadier general Guido Riquelme Andaur. Carmona y Castillo recibieron a Contreras en calidad de detenido y se lo llevaron al Hospital Militar, dirigido entonces por el coronel Atiliano Jara.10 Quedó recluido en la suite 530, una de las seis habitaciones especiales reservadas para generales de Ejército.

        Pedro Espinoza se rebeló un rato pero no le duró mucho. Ya estaba todo perdido, y ahora le tocaba a él acatar la orden de su comandante en jefe. El segundo de la DINA, aún en servicio activo, quedó detenido en el Comando de Telecomunicaciones del Ejército en Peñalolén. Ahí permaneció tres meses, hasta diciembre.

        Al día siguiente, viernes 20 de septiembre, la Corte Suprema rechazó un recurso de la defensa de Contreras que buscaba paralizar la investigación. Ese mismo día, sin que nadie se enterara, el ministro Bañados encargó reos a Contreras y Espinoza por el homicidio de Orlando Letelier y el uso de pasaportes falsos.11 La prensa lo supo el lunes.

        Así pasó las Fiestas Patrias de 1991 el inspector Nelson Jofré.

       




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