Suecia | Cronicas de ayerSueco para inmigrantes
Por Víctor Montoya*
Llegué a Estocolmo en pleno invierno. Me impresionó la abundante nieve y la puntualidad en los medios de transporte, la belleza del paisaje y la disciplina de la gente. Eran tiempos de bonanza y los problemas materiales parecían haber desaparecido como por ensalmo. Aquí encontré la solidaridad y la tolerancia, pero también el reto de aprender un nuevo idioma como guagua recién nacida.
Publicada: 2011-04-10
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Con la ayuda de algunos amigos, casi siempre latinoamericanos, intenté adaptarme rápidamente a las costumbres y tradiciones. Aprendí a quitarme los zapatos antes de entrar en la casa, a llamar por teléfono antes de visitar a un conocido, a tomar café en cada pausa, a aceptar las opiniones del prójimo y, sobre todo, aprendí que el idioma es la llave para abrir las puertas de una nueva cultura.
Al principio me comunicaba con los gestos y las manos, como un mudo que se refiere a sordos. Luego tuve la extraña sensación de que el idioma sueco, debido a sus complicaciones fonéticas y gramaticales, parecía una lengua endemoniada. Las primeras lecciones me impartieron en ABF, en la misma calle donde asesinaron a Olof Palme, y tiempo después en el campamento de refugiados de Moheda, al sur de Suecia y cerca de la ciudad de Växjö, donde estudié a tiempo completo, con comida y gastos incluidos. ¡Qué gangas!, pensé para mis adentros, sin salir de mi asombro.
El campamento estaba como escondido en medio de un bosque de pinos y abetos. Las viviendas eran unas barracas de madera cuya ubicación en filas me recordaba a los campamentos mineros de Bolivia.
Los que pasamos por allí, con o sin familia, teníamos la meta de aprovechar al máximo las ventajas que concedía el estatus de “refugiado político”. Sabíamos que nuestra estadía era transitoria y que todos, tarde o temprano, iríamos a parar en alguna ciudad con posibilidades de estudio y de trabajo.
Todo estaba organizado a la usanza de los suecos, desde el comedor común hasta la asistencia médica; los administradores compraban nuestras ropas de acuerdo a la estación del año, nos entregaban periódicamente los artículos de higiene y de primera necesidad, aparte de que nos pagaban un subsidio para vivir dignamente.
La vida en el campamento de refugiados se tornó en una suerte de paraíso para muchos de nosotros. Las mujeres, que fueron modestas amas de casa en sus países, dejaron de preparar la comida para sus familias, y los hombres, acostumbrados a trabajar de sol a sol, aprendieron a hacer la siesta y a liar cigarrillos con tabaco rubio. Todo un lujo si se comparaba con nuestra anterior forma de vida.
La mayoría nos empeñamos en estudiar el idioma sueco como segunda lengua. Los más interesados recibían incluso lecciones extras por las tardes, para así, una vez fenecido el plazo de estadía en el campamento, estar medianamente preparados para proseguir estudios en el AMU-Center (Centro de formación profesional del mercado de trabajo).
Como a partir de las nueve de la noche cesaban las actividades y todo volvía a la calma, dedicaba el tiempo libre a la lectura de mis escritores preferidos y a corregir el manuscrito de mi primer libro. A veces, en los ratos de aburrimiento, practicaba el sueco con la ayuda de una vieja grabadora en la que también escuchaba los desgarradores boleros de Cuco Sánchez, Javier Solís y Los Panchos.
Después de las lecciones de sueco, o durante las pausas, se hablaba con nostalgia del país que quedó atrás y se discutía apasionadamente el porqué fracasaron los gobiernos populares y de cómo asaltaron el poder las sanguinarias dictaduras militares, que declararon una guerra sin cuarteles contra los opositores de la izquierda, llenando las cárceles y las fosas comunes con las víctimas de la “Operación Cóndor”.
En el campamento de refugiados, que era un verdadero centro de estudios latinoamericanos, aprendí las costumbres regionales y los giros idiomáticos de los chilenos, uruguayos, argentinos y paraguayos. Allí, donde conocí en persona a otros compañeros de la Patria Grande, empecé a entender que el chauvinismo no servía para un carajo y que las fronteras territoriales eran simples líneas imaginarias, que servían para separar al hermano del hermano, aunque éstos compartían la misma historia, los mismos ideales de justicia y los mismos sueños del libertador Simón Bolívar.
Cuando retorné a Estocolmo, con la firme decisión de integrarme a la vida cotidiana de este país, que me acogió como a todos los perseguidos por las dictaduras militares, seguí estudiando al menos con la intención de comprender y hacerme comprender sin mayores dificultades. Así, pasito a paso, el sueco se fue convirtiendo, acaso sin darme cuenta, en mi segunda lengua y en uno de mis principales vehículos de comunicación.
Cuando decidí fijar mi residencia permanente en Suecia, que por esos azares del destino llegaría a ser mi “segunda patria”, no me quedó más remedio que esforzarme en aprender el idioma, con la firme convicción de domarlo como a un potro salvaje. Con el transcurso del tiempo, y un poco de empeño en el proceso de aprendizaje, empecé a tener muy buena relación con el idioma y el idioma empezó a relacionarse conmigo de un modo casi natural.
A estas alturas de mi vida, el idioma sueco, si bien no ocupa sentimentalmente el mismo lugar que el primero que aprendí en el regazo de mi madre, constituye mi segunda lengua. En sueco cursé mis estudios superiores y en sueco, aparte de comunicarme cotidianamente, pienso, amo y sueño muchas veces.
En mi segunda lengua, que aprendí desde los diecinueve años de edad, me relaciono afectivamente y hasta me identifico cuando estoy fuera de Suecia. Parece extraño lo que afirmo, ¿verdad? Mas sólo quienes hayan pasado más de la mitad de su vida fuera del país de origen, pueden comprender que la segunda lengua es, además de instrumento de trabajo y convivencia social, el primer paso que hace sentirnos integrados plenamente en una nueva cultura, que se nos va filtrando día a día y gotita a gota.
Otra cosa que aprendí durante el proceso de aprendizaje de mi segunda lengua, que empezó en ABF y terminó en otras instituciones educativas, fue a valorar la solidaridad y la tolerancia de las profesoras de sueco para inmigrantes; esas heroínas anónimas que son una suerte de puentes tendidos entre varias culturas, entre quienes llegan con un mundo de ilusiones y quienes los reciben con un mundo de expectativas.
Los inmigrantes, aun sin saberlo, somos los embajadores de nuestra cultura, mientras las profesoras de sueco, que casi siempre responden al nombre de Birgitta, Karin, Margareta, Kerstin o Monika, son las anfitrionas de quienes llegamos con las esperanzas de retornar pronto a nuestros países de origen, aunque luego acabemos quedándonos de por vida en los protectores brazos de la “Moder Svea” (Madre Suecia).
Las profesoras de sueco son las primeras mujeres que, con experiencia hecha a fuerza de comprensión y paciencia, se esfuerzan en enseñarnos el idioma moviendo todos los músculos de la cara y el cuerpo. Ellas, aplicando los métodos de la pedagogía del diálogo, nos meten como con cuchara los conocimientos de la gramática, la fonética y la morfología de cada una de las palabras contempladas en los libros de texto.
Ellas nos enseñan a discriminar la “a” de la “ä” y la “o” de la “ö”, a colocar correctamente los artículos determinados e indeterminados, a repetir una y mil veces las palabras de pronunciación complicada. Ellas nos hacen memorizar los siguientes trabalenguas: “Sex laxar i en lax ask”, “Knut satt vid en knut och knöt en knut” y “Sju skönsjungande sjuksköterskor skötte sjuttiosju sjösjuka sjöman...”. Y, por si fuera poco, ellas nos imparten las primeras lecciones sobre la historia de este país y nos muestran su geografía con la misma didáctica aplicada por Selma Lagerlöf en “El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia”.
Muchos son los alumnos que se quedan perdidamente enamorados de su blonda cabellera, sus ojos de cielo despejado y su sonrisa amplia como la naturaleza hecha a la medida de su belleza. No son menos las suecas que, atrapadas por los piropos y la mirada ardiente de un latinlover, quedan atravesadas por los flechazos de Cupido.
Los inmigrantes aprendemos a comer “sill” (arenque), con “knäckebröd” (pan crujiente), mientras las profesoras de sueco aprenden a bailar salsa, tango, merengue y chachachá. No es casual que algunos incluso formen familias y procreen hijos en cuyas venas se mezcla la sangre de ambos. Se cuentan por miles los jóvenes y niños que lucen los ojos claros de la madre y la piel morena del padre; un mestizaje que nos recuerda que Suecia va cambiando de tonos y temperamentos; una prueba más de que la realidad demográfica de este país pasó del blanco y negro al tecnicolor.
Los inmigrantes saben que no hay mejor método para aprender una segunda lengua que el método de “el boca a boca” ni mejor manera de integrarse a una nueva cultura que la de compartir la misma mesa, la misma cama y la misma familia. Y, quienes pongan en duda lo que aquí se afirma, que les pregunten a los protagonistas de esas increíbles historias de la “integración afectiva y efectiva”, donde la pasión ha convertido la segunda lengua en el vaso comunicante del amor.
Las profesoras de sueco para inmigrantes nos han enseñado que el “choque de culturas” puede trocarse en un “encuentro de culturas”, donde todos, a pesar de nuestras diferencias, podemos confluir como los ríos que un buen día se juntan en un mismo cauce. Por eso mismo, el sueco para inmigrantes, o el aprendizaje de una segunda lengua, me enseñó que el idioma es la clave para descubrir las peculiaridades de una nueva cultura y el mejor instrumento para integrarse, en igual de condiciones con los ciudadanos nativos, en un país que tiene mucho que compartir con quienes un día cruzamos sus fronteras como aves peregrinas.
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