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Suecia | Migración

Inmigración, integración y cultura



Por Víctor Montoya*

Suecia no es más lo que era antes. En los últimos cincuenta años, tras la llegada de los inmigrantes y refugiados, se ha convertido en una nación multilingüe y multicultural, cuya diversidad ha modificado no sólo la fisonomía de su población, sino también algunos valores que antes se consideraban inmutables. Todos -o casi todos- tienen en sus venas la sangre del “otro”, de ese ”otro” que hoy se llama “inmigrante”, y a quien, en épocas de depresión económica, se lo convierte en la percha de todos los males que golpean a la sociedad.

Publicada: 2011-05-23


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El libro “Invandring, en svensk kulturhistoria” (Inmigración, una historia cultural sueca, 1992), de Ingvar Svanberg y Mattias Tydén, proporciona datos rigurosamente documentados, que sirven para encarar la actual política de integración y recordarles a los xenófobos que no existe cosa más peligrosa que ser arma de doble filo, y para recordarnos a nosotros mismos, como inmigrantes, que una cosa es la franqueza que delata una sonrisa y otra muy distinta la sonrisa de la hipocresía, pues cuando hablamos genéricamente de la actitud de los suecos; de si están con los pobres o con los ricos, con los que matan o con los que mueren, casi nunca hablamos de quienes no están ni con los unos ni con los otros. Es decir, de ésos que nos dan la mano de frente y el golpe de traición por la espalda, de ésos que se hacen los “demócratas” y “solidarios” delante de las cámaras de la televisión y, una vez amparados en el anonimato, redactan cartas de protesta contra la inmigración, poniendo de manifiesto su más recalcitrante xenofobia contra el extranjero, a quien, en el fondo, lo consideran una escoria social.

Esta conducta de doble moral, desde luego, recuerda a ese cuento cínico que dice: “Había una vez una madre blanca que no era racista contra los negros, hasta el día en su hija llegó a casa con uno de ellos...”. Hablo de ésos que desconocen su propia historia, de ésos que se ufanan de pertenecer a una “raza superior”, olvidándose que Suecia, desde la Edad Media, ha sido una nación de inmigrantes.

Datos para refrescar la memoria

Según Ingvar Svanberg y Mattias Tydén, tanto la historia como la arqueología demuestran que los pueblos del pasado vivieron como nómadas, desplazándose de un lugar a otro, de Oriente a Occidente, de Sur a Norte y viceversa, hasta que lograron conformar un complejo mosaico de poblaciones que se establecieron en determinados territorios, donde fundaron las naciones en torno a la creación de la propiedad privada y el Estado.

La inmigración e interrelación entre pueblos existió desde siempre. La ciudad vikinga de Birka, por ejemplo, mantuvo relaciones comerciales con los pueblos eslavos, y en el año 1000, cuando sus habitantes eran convertidos del paganismo al cristianismo, entraron en contacto con los misioneros ingleses y alemanes, quienes trajeron consigo no sólo una religión distinta a la que se practicaba en Escandinavia, sino también nuevas costumbres de vida.

Durante el siglo XVII y XVIII, los inmigrantes contribuyeron decisivamente al desarrollo industrial y vitalizaron la vida cultural de Suecia. Los inmigrantes levantaron iglesias y edificios, puentes y canales. La inmigración contribuyeron a la arquitectura, pintura, artesanía y al arte culinario, que incluso enriqueció su léxico con palabras extranjeras. De modo que, a lo largo de la historia, hubo influencias recíprocas entre suecos e inmigrantes, sin cuya consideración sería difícil comprender la formación y la transformación de este país escandinavo que, así como en 1363 tuvo una reina de origen belga, tiene en la actualidad una reina brasileña-alemana; todo esto sin contar que en la Edad Media, el primer alcalde de Estocolmo, dominado política y económicamente por inmigrantes, fue el alemán Heinze van Heden, y los primeros profesores de Universidad de Uppsala (1477) fueron el filósofo holandés Johannes de Mechel y el astrónomo alemán Petrus Astronomus, entre otros.

Al cabo de la Segunda Guerra Mundial se importó “mano de obra barata”. La industria necesitaba fuerza de trabajo y los inmigrantes pasaron a formar parte de la economía de este país. Por entonces, todos parecían haber olvidado de la perorata de conservar la “pureza racial”; lo único que importaba era la seguridad social y el bienestar económico. Así que la primera generación de inmigrantes fue recibida con los brazos abiertos. Ellos fueron los obreros de la industria pesada, los empleados dedicados al aseo y al cuidado de los ancianos. Después llegaron los refugiados políticos que, a diferencia de los refugiados económicos, traían consigo un bagaje cultural amplio, una tradición de lucha sindical y un nivel educativo que estaba por encima del “medel Svensson” (sueco medio). No obstante, en la medida en que se han producido cambios sustanciales en la economía sueca, se han agudizado también los problemas sociales, cuyas consecuencias inevitables se expresan en el aumentó de la desocupación, la segregación social, la criminalidad y la xenofobia.

Los datos contundentes que nos proporciona el libro de Ingvar Svanberg y Mattias Tydén, contrariamente a lo que se imaginan los xenófobos de todo pelaje, son puntos de referencia que nos permiten considerar a la inmigranción, por su peso específico en el contexto socio-cultural sueco, una fuerza capaz de decidir el destino de una nación que se se mueve entre la duda de ser o no ser...

Un vistazo a la capital sueca

En los barrios marginales como Fittja, Rinkeby o Tensta, bajo un pálido sol de verano, llama la atención el color variopinto de sus habitantes, pero también esas pérgolas que exhiben flores, frutas y verduras de los más diversos tamaños, colores y sabores. Tensta, que compendia las mil caras de Suecia, no es un barrio periférico de la ciudad de Estocolmo, sino “el centro del mundo”, donde confluyen todas las vertientes culturales llegadas de allende los mares.

En Tensta, además del despliegue de actividades culturales que intentan mostrar a Estocolmo como a una de las ciudades cosmopolitas en la Europa contemporánea, están concentradas las minorías étnicas que, ya sean por motivos políticos, religiosos o económicos, residen en la Venecia del Norte, un territorio donde van forjando el sueño de sus vidas y el futuro de sus hijos, en medio de una explosión multicultural que hace de esta ciudad anfibia algo más que una simple tarjeta postal en el techo del mundo.

En Tensta se ven a mujeres que visten con los indumentos típicos de sus países de origen, a niños que juegan sin importarles la religión ni la raza del amigo, a hombres que se comunican con las manos y los gestos. En ninguna otra zona de Estocolmo se ve tanta maravilla concentrada en una misma plaza; no al menos a esas hermosas mujeres que andan barriendo el aire con la cadencia de sus caderas, como las bailarinas que aprendieron a usar el cuerpo al compás de la música.

En esta zona de la ciudad, a nadie parece incomodarle que una mujer vista con chilabas, velos, túnicas, polleras, pantalones o minifaldas, puesto que lo más importante no es lo que se lleva sobre el cuerpo, sino en el corazón y el pensamiento. Todos parecen coincidir en la idea de que los prejuicios sociales, raciales y sexuales son el fruto de la ignorancia y la falta de tolerancia, sobre todo, cuando se sabe que lo esencial no está en que uno sea musulmán, cristiano, ateo o judío, sino en el principio elemental de que cada cual tiene derecho a vivir en paz y en armonía con los demás, sin que se impongan reglas, ya sean políticas o religiosas, con el pretexto de controlar la “conducta peligrosa” de ciertos individuos y el orden social de la vida ciudadana.

Todos -o casi todos- tienen en sus venas la sangre del “otro”, de ese ”otro” que hoy se llama “inmigrante”Estocolmo es -y será- un enorme mosaico multicultural, cuyos habitantes de origen extranjero, más que constituir una simple decoración exótica en calles y plazas, son un valioso recurso para el progreso socioeconómico de esta ciudad que, definitivamente y desde hace tiempo, dejó de ser una pequeña provincia para convertirse en una metrópoli digna de ser comparada con cualquier capital europea. Asimismo, salta a la vista la otra cara de la ciudad que, al igual que el resto del país, está influenciada por el imperialismo cultural de los EE.UU.; un fenómeno de alienación que se refleja en las interferencias del inglés en el habla coloquial del sueco, en el estilo de vida de los jóvenes, en los supermercados, el Mc Donald’s, la Coca Cola y un largo etcétera de dichos y hechos que confirman la teoría de que Suecia no es más que un mal plagio de un país imperialista, que no ofrece otro porvenir que el acrecentamiento de la injusticia social y el menosprecio contra el extranjero. Los defensores del “libre mercado” no tienen el menor reparo en propagar la política de que Suecia debe seguir las pautas del modelo norteamericano, aun sabiendo que el crecimiento de la pobreza se debe al desarrollo cada vez más globalizador del capitalismo, una sociedad de consumo que no deja resquicios para el humanismo, la justicia social ni la conservación del medio ambiente.

¿Quién es extranjero y quién no?

Cuando el ciudadano común habla de los inmigrantes, se refiere a quienes tienen problemas sociales y laborales, excluyendo de este grupo a los “inmigrantes privilegiados”, quienes, además de vivir en zonas residenciales, han sido aceptados y reconocidos por la sociedad sueca, como es el caso del escritor Theodor Kalifatides (de origen griego), el médico de cáncer Jerzy Einhorn (de origen judío-polaco), la exministro de justicia Laila Freivald (de origen letonio) y la pléyade de artistas de origen extranjero que hoy representan a Suecia en el mercado internacional. Tampoco es casual que varias de las personalidades suecas tengan un apellido que suena extraño, como es el caso de Guillou, Dabrowski y Pagrotsky.

Como ya dijimos, desde mediados del siglo XX, Suecia tiende a convertirse en una nación multicultural, debido a la presencia cada vez mayor de inmigrantes llegados como “mano de obra barata” y tras los conflictos socio-políticos que se generaron tanto dentro como fuera de la Europa. La prueba está en que, por lo menos, el 10 por ciento de la población tiene alguna relación directa con la inmigración, ya bien porque ellos mismos son inmigrantes o porque son hijos de padres extranjeros.

El “invandrare” (inmigrante) no sólo es aquél que habla el sueco con una fonética extranjera o es pelinegro, sino también aquél que, a pesar de haber nacido en Suecia y pronunciar el idioma sueco con fluidez, tiene padres de origen extranjero, aunque éstos no tengan necesariamente la “cabeza negra” ni las costumbres de una “cultura extraña”. Entonces surge la pregunta: ¿Quién es más extranjero entre los extranjeros y quién es más sueco entre los suecos? Esta pregunta, por su propia naturaleza, es motivo de controversias y nos remite al análisis de las relaciones genéticas o consanguíneas entre los individuos que conviven en un mismo territorio nacional.

Por lo demás, los inmigrantes de primera o segunda generación no estamos aquí para “hacernos los suecos” ni para aplicar ley del “aquí lo puse y no aparece”, sino para contribuir al desarrollo del país con dignidad y sacrificio. Es preciso aclarar que lo único que se exige es que se respete nuestra condición de ciudadanos, con derechos y obligaciones, indistintamente del color de la piel y la diversidad de los apellidos. Aquí está en juego no sólo nuestro presente y el futuro de nuestros hijos, sino también la decisión de quienes, a pesar de todo, decidieron quedarse en este país de una vez y para siempre.

El eufemismo de “nosotros” y “ellos”

Ya es hora de acabar con los eufemismos de “nosotros” (los inmigrantes) y “ellos” (los suecos), y empezar a analizar estas definiciones desde una perspectiva socio-política, ya que los inmigrantes, debido al rol específico que desempeñan dentro del sistema de producción de tipo capitalista, pertenecen, en su gran mayoría, a la clase trabajadora y, en menor escala, a la clase media intelectual. De ahí que los inmigrantes, al no ser una clase social en sí, separada de las demás, no podrán constituirse en clase para sí ni forjar un partido político que refleje exclusivamente sus reivindicaciones; por el contrario, los inmigrantes deben hacer eco de sus reivindicaciones en el seno de los partidos políticos dispuestos a mejorar las condiciones de vida tanto de los inmigrantes como del resto de los trabajadores, en virtud de que la discriminación y el racismo están asociados al malestar económico que sacude los cimientos de una sociedad cada vez más injusta y competitiva, indistintamente de las razas, culturas o nacionalidades; es más, para evitar un país escindido entre “nosotros” y “ellos”, es importante respetar la diversidad, pues la solución de los problemas que aquejan a Suecia no radica en la expulsión masiva de los inmigrantes, sino en la aplicación de una política de integración que les permita participar más activamente en todos los niveles de la vida política, económica y sociocultural.

La diversidad cultural forma parte de la modernidad en Suecia, donde corren nuevos vientos con el impulso de los inmigrantes que llegaron como conquistadores sin espadas ni corazas, dispuestos a mejorar su condición de vida y ampliar el horizonte de sus conocimientos, pero también predispuestos a construir un “nuevo país”, donde el encuentro de diferentes culturas conduzca a la innovación y el progreso en provecho de todos.

La historia contemporánea de Suecia es irreversible, por mucho de que los enemigos de la inmigración e integración se nieguen a aceptarlo, aduciendo que se debe conservar “Suecia para los suecos”. No obstante, quienes estamos convencidos de que las sociedades se modifican permanentemente, estamos en el deber de aclarar que la inmigración, lejos de ser una carga económica para el país, es un recurso positivo desde todos los puntos de vista, aparte de que la diversidad cultural nos enriquece a todos, simpre y cuando resguardemos los principios más elementales de la democracia y la convivencia ciudadana, conscientes de que tolerancia es el mejor antídoto contra la discriminación, la segregación social y la xenofobia contra el extranjero.

La miopía de los políticos y el dilema de la integración

Los políticos y estadistas, acostumbrados a echar la culpa de sus tropiezos al empedrado, se empeñan en ver sólo problemas en las zonas marginales de las grandes ciudades, olvidándose de que la inmigración, más que ser una carga, es un recurso invalorable, pues no es casual que desde hace siglos haya contribuido a levantar los cimientos del bienestar social de este país. Empero, para nadie es desconocido que los inmigrantes, a pesar de los esfuerzos que realiza el gobierno por integrarlos en la sociedad, sean tratados como una “carga social” y vistos con muchas reservas por los nativos. El mercado de trabajo no les reconoce sus méritos ni conocimientos, mientras la policía, de un modo general, tiene una actitud discriminatoria contra el inmigrante.

En Suecia, como en cualquier otro país donde se habla de integración y pluralismo cultural, las diferencias sociales y raciales son cada vez más evidentes, debido a la globalización de la economía de mercado y la creciente xenofobia. La mayoría de los inmigrantes viven segregados en las zonas periféricas de las grandes ciudades, donde la taza de desocupación y los problemas sociales constituyen las expresiones de la crisis mundial del sistema capitalista. No es casual que los inmigrantes se sientan discriminados. No están representados en el parlamento, en los medios de comunicación ni en las esferas donde se decide la suerte económica del país.

En tales condiciones, cómo se puede hablar de “integración”, si la demagogia de los políticos olvida que en cada zona marginal existe un alto porcentaje de inmigrantes desocupados, cuyo único contacto con la sociedad sueca es a través de sus hijos o nietos. El caso llega al extremo cuando los políticos, que en otrora se llamaban “solidarios” e “internacionalistas”, hoy están dispuestos a cerrar las puertas a los inmigrantes provenientes de otros continentes, amparados en las resoluciones discriminatorias adoptadas por la Unión Europea. Dicho de un modo claro y conciso, esta política restrictiva, que no llegó a conocer Olof Palme y que tiende a levantar muros contra el pluralismo y la diversidad, es una amenaza no sólo contra la inmigración, sino también contra los principios más elementales de los Derechos Humanos, ya que si se quiere conservar la libertad, debemos defender la diversidad en una Europa abierta, no uniforme ni cerrada, en una Europa donde las decisiones que se tomen para los ciudadanos no sean decretadas sin antes consultar a los mismos ciudadanos a quienes representan, en una Europa donde todas las comunidades tengan los mismos derechos y posibilidades, y no sean marginadas ni eliminadas por el poder de los más fuertes.

Los inmigrantes empujan la rueda de la historia

Los inmigrantes, sin desprenderse de su propia identidad cultural ni olvidar su idioma materno, hacen que Suecia adquiera mayor dinamismo socioeconómico y sea más tolerante con los “extranjeros” que, desde el seno de sus propias organizaciones locales y nacionales, están decididos a cooperar en el mejoramiento de la convivencia ciudadana, conscientes de que la tolerancia es el mejor instrumento contra los prejuicios raciales, la xenofobia y contra las fuerzas reaccionarias que ponen en duda los valores democráticos de una sociedad humanista, pluralista y multicultural.

Los inmigrantes han contribuido al desarrollo histórico del país, pero a fuerza de conservar los valores culturales de sus ancestros, ya que una persona carente de un pasado histórico, no puede tener un presente ni un futuro. Se parece a un excluido social y se siente un paria vaya donde vaya. No en vano la Declaración Universal de los Derechos Humanos hace constar que todo individuo tiene derecho a tener un nombre propio y una nacionalidad, como tiene derecho a la vida, la libertad y la seguridad; y, por si algunos no lo sabían, tiene también derecho a gozar de los beneficios sociales en el país donde viva, “sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

Por suerte, de nada sirve que los epígonos del nazismo y el nacionalismo intenten frenar el proceso de integración y volver la rueda de la historia. ¡No, señores! ¡Lo que está hecho hasta aquí, hecho está!. Ahora sólo queda seguir empujando la rueda de la historia, cuyos protagonistas principales son, entre otros, los inmigrantes que decidieron quedarse a vivir en este país, donde integran un enorme mosaico multilingüe y multicultural.

Contra el ascenso del neonazismo será bueno emplear la educación, contra los atentados y prácticas de este signo es preciso utilizar la ley, sin contemplaciones ni concesiones demagógicas. Los inmigrantes, por su parte, deben mostrar sus mejores manifestaciones culturales; aspectos éstos que, por desgracia, son menos conocidos que los estereotipos amañados por los medios de comunicación. Es decir, de lo que se trata es de encarar el problema del neonazismo con argumentos sólidos y con una conducta que permita extender y arraigar los valores constitucionales del respeto pleno a la persona, sin distinciones de nacionalidad, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia individual o social.

Las voces emergentes contra el racismo

Ya se sabe que la discriminación contra los inmigrantes se ha agudizado en los últimos quince años, un fenómeno que, a su vez, ha provocado una revuelta entre los jóvenes, quienes han perdido la tolerancia que tenían sus padres. La prueba está en la rebeldía y en el desacato civil que se manifiestan en las marchas de protesta contra el racismo y neonazismo.

Los jóvenes inmigrantes, aunque no siempre lo confiesan, se sienten “apátridas” y viven como ciudadanos de segunda clase, con la certeza de que no gozan de los mismos derechos ni las mismas posibilidades que sus compañeros nativos; peor aún cuando los partidos conservadores tienden a privatizar las escuelas en desmedro de las grandes mayorías -entre ellos los inmigrantes- y en beneficio de las capas sociales más privilegiados de la sociedad.

Los jóvenes inmigrantes, cuyas voces no siempre se escuchan ni respetan, están dispuestos a conquistar sus reivindicaciones a golpes de patadas y puñetes, una actitud comprensible y lógica, pues si las vías de la democracia formal están agotadas, si el pueblo ha perdido el contacto con los señores del poder, entonces es natural que se acabe la paciencia de quienes, creyendo en la palabrería de los demagogos de turno, acudieron a las urnas para elegir a sus representantes por medio de la papeleta electoral.

Si las instituciones responsables de garantizar la democracia y la seguridad ciudadana no son ya capaces de controlar la embestida del neonazismo, entonces no queda otra salida que ganar las calles, levantar barricadas y resistir contra las fuerzas que golpean desde la extrema derecha, con una actitud despiadada que pone en peligro la vida de sus opositores.

A medida que se desmorona la “sociedad del bienestar”, que tanto hizo por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, se desmorona también el sistema educativo al que todos los niños y jóvenes tenían derecho sin distinción de su origen social, racial y cultural. Ahora que hacía falta aunar esfuerzos para sentar las bases sólidas de una sociedad multicultural, con derechos y responsabilidades para todos, nos enfrentamos a los viejos prejuicios de una clase conservadora, que prefiere mantener a raya a los inmigrantes y estimular el resurgimiento del nazismo, aun sabiendo que el desprecio contra el inmigrante es una piedra de toque para entender mejor el fenómeno de la discriminación y el racismo, que en el fondo son reflejos de una sociedad jerárquica y competitiva, donde se aplica la ley del más fuerte para legitimar la política de quienes se mantuvieron siempre en la cúspide de la pirámide social y económica.

Conocido es que los perdedores del nuevo sistema educativo serán, entre otros, los hijos de los inmigrantes; ellos serán los “toderos” de presente milenio, los esclavos modernos que harán “de todo” para sobrevivir en medio de la segregación social y la discriminación racial; ellos conformarán la base de la pirámide social, como lo conformaron sus padres a poco de llegar a Suecia como “manos de obra barata” o huyendo de los regímenes totalitarios que asolaron sus países de origen.
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