Europa | LiteraturaMedea, Ovidio y el Mar Negro
Por Víctor Montoya*
La mañana que desperté en un hotel de Mamai, el rumor del Mar Negro llegaba como una sinfonía de corales. Me puse de pie y descorrí las cortinas para que la luz penetrara a raudales, y, a poco de que el calor se hizo sofocante, abrí la puerta del balcón para que la brisa inundara la habitación. Después clavé la mirada en el horizonte y quedé deslumbrado al ver que los turistas estaban ya tendidos en la playa, bajo un sol que destellaba suspendido en las alturas.
Publicada: 2010-08-26
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Por un instante, ante la superficie de las aguas engalanadas con sus matices más inusuales y sus olas coronadas de espumas rompiéndose contra las rocas, como empujadas por los alisios más transparentes de este mundo, pensé en el porqué de su nombre, si sus aguas eran tan azules como las del Danubio. Sin embargo, sabía que este nombre le atribuyeron los viejos marineros que, en tiempos de tormenta, veían cómo los nubarrones se reflejaban en las aguas cristalinas. Otras creencias refieren que este nombre le pusieron las viudas de los navegantes que, en medio de gigantescas olas y aguas revueltas, desaparecían en sus tenebrosas profundidades.
A la mañana siguiente, luego de servirme el desayuno a base de chorizos de Sibiu -producto nacional rumano-, salí del hotel rumbo a Constanza, donde pasó su destierro el poeta latino Ovidio. Tenía el propósito de tomar el yate a motor y surcar las aguas del Mar Negro, cuya vastedad constituyó uno de los escenarios de "Medea", la intrigante tragedia escrita por Eurípides en el año 431 a. de J.C.
La ciudad de Constanza se yergue sobre unos acantilados a un centenar de metros más allá del Puerto de Tomis, donde estaba el yate mecido por las olas y atestado de turistas que disparaban el "flash" de sus cámaras, mientras murmuraban en una suerte de idiomas confundidos en la Torre de Babel.
Cuando el yate zarpó arreando las espumas, salí a contemplar las olas y, arrimado en la cubierta de la popa, me imaginé a los héroes griegos tripulando la nave Argos, con las velas desplegadas al viento y la proa en dirección a Cólquida, donde Jasón, hijo del rey destronado de Yolco, tenía la misión de rescatar el vellocino de oro, que Aetes, rey de Colco y padre de Medea, consagró a Ares y lo guardó bajo la custodia de un temible dragón. A ratos, mirando la batalla de las olas como suicida falso, me imaginaba a los argonautas venciendo los obstáculos del mar, sobre todo, las Rocas Simplégades, escollos flotantes que entrechocaban y cuya travesía sólo podía vencerse esperando el momento propicio en que las rocas se separaban misteriosamente.
Según la mitología griega, apenas la nave Argos atracó en las costas de Cólquida y sus tripulantes desembarcaron espada en mano, Medea, la bella hija de Aetes y experta en artes ocultas, se enamoró de Jasón y, por medio de sus hechizos y sortilegios, hizo que éste saliera triunfante de todos los peligros. Primero le quito el temor como mala hierba y luego lo ayudó a uncir al yugo los toros que echaban fuego por las fauces, a sembrar el mortífero campo con sus brazos y, finalmente, le entregó un licor mágico para envenenar al dragón, que guardaba entre sus pliegues el vellocino de oro.
Aetes, enterado de ello, decidió aprehender a los culpables, pero Jasón y Medea huyeron con el vellocino en su poder y llevando a Apsirto en calidad de rehén. El furibundo rey Aetes acosó a los argonautas en el Mar Negro. Mas justo cuando iba a dar con ellos, Medea ejecutó el plan cruel que tenía tramado: decapitó a su hermano Apsirto y esparció sus restos en las aguas color vidrio azulado. Su padre, consternado por el crimen, detuvo su nave y juntó los restos de su heredero. Ancló en la costa oeste del Mar Negro, donde le dio sepultura y fundó la ciudad de Tomis.
Una vez que los argonautas arribaron a Yolco, Jasón depositó el vellocino de oro en manos del ilegítimo rey Pelias. Pero Medea, inconforme con el hecho, causó la muerte de Pelias, persuadiendo a sus hijas hervirlo en un caldero so pretexto de rejuvenecerlo. Consumado el crimen, Medea y Jasón se refugiaron en Corinto, donde tuvieron dos hijos y vivieron a lo largo de diez años, hasta que Jasón, asumiendo todo su poder gracias a los sortilegios e influencias de Medea, anunció segundas nupcias con la hija de Creonte, rey de Corinto.
Medea, herida en lo más íntimo de su ser y desgarrada por la pasión de los celos, decidió vengarse de la infidelidad de su esposo. Incendió el palacio de Creonte y dio muerte a los frutos de su vientre. Jasón, al entrar corriendo en la casa donde estaba la parricida, se enfrentó al amargo desenlace de su boda y, sin concebir que los impulsos salvajes de los celos pueden trocarse en mortíferas armas, miró aterrado la marcha triunfal de Medea, quien, llevándose el cadáver de sus hijos degollados, huyó en una carroza tirada por dragones.
Cuando el yate retornó al puerto de Tomis, yo seguía pensando en Medea, en esa tragedia griega que Eurípides, el poeta desafortunado en el amor, la hizo inmortal y la convirtió en una de las más bellas creaciones del ate dramático de todos los tiempos.
Recorrer por las callejuelas de Constanza, cuya zona antigua se alza en una colina, desparramándose hacia el mar, es como torcer el curso del tiempo y volver a experimentar la grandeza de otras épocas. Esta ciudad, según los cronistas, fue construida por los colonizadores jónicos y conquistada por los romanos poco después del nacimiento de Cristo. Fueron ellos quienes hicieron del puerto uno de los centros comerciales más importantes de la costa oeste del Mar Negro, y quienes levantaron obras públicas cuyos mosaicos y columnas pueden apreciarse todavía en todo su esplendor.
La ciudad, en el período bizantino, cambió el nombre de Tomis por el de Constanza y, años después, fue conquistada por los turcos, quienes dejaron también huellas a su paso. Ahí tenemos la mezquita, cuyo interior luce alfombras orientales y desde cuya cúpula esférica puede contemplarse el panorama de la ciudad y las olas espumosas del mar.
En el centro de la ciudad, mezcla de estilo bizantino y romano, se levanta majestuosa la estatua del poeta latino Ovidio, quien fue desterrado por el emperador Augusto, a causa de un delito jamás revelado en la historia. No obstante, en estas tierras bárbaras de Tracia, cerca de las montañas del Danubio y país extremo del Imperio Romano, cuyo idioma no entendía Ovidio y cuyo clima se le hizo insoportable, vivió y escribió el poeta en la soledad, yendo y viniendo por las aguas azules del Danubio, y frecuentando una pequeña isla del Mar Negro, que hoy lleva su nombre y conserva su gloria.
Camino al hotel, después de haber recorrido por el mismo trayecto donde estuvo Medea, me preguntaba qué más se podía esperar de Rumania, aparte de conocer el Mar Negro y visitar el castillo del conde Drácula en Transilvania.
Al clarear el nuevo día, de una vacación intensa pero maravillosa, tenía previsto conversar con el pintor Florín Brojbâ y, por la tarde, pasear por el delta del Danubio, venciendo los charcos pantanosos, separando los cañaverales con las manos y deleitándome con el vuelo rasante de los pelícanos, hasta que se desdibujaran los últimos destellos del ocaso.
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