Tito Alvarado
Estocolmo.se
Sin existir un acuerdo universal sobre la cantidad de neuronas que contiene el cerebro humano, podemos concluir que, sean estas de un estimado bajo, diez, o alto, cien, estamos hablando de millones de neuronas que se interconectan incesantemente, estableciendo la unicidad que es cada ser humano. Como es único en su apariencia externa lo es en su realidad interna. Cada cual piensa, ve, siente, gusta y toca de distinta manera.
Como espacio, el cerebro tiene dos dimensiones: uno físico, reducido, y otro, que hoy podemos catalogar de virtual, infinito. De esto es que pretendemos entregar una opinión documentada.
Paradoja sería la primera palabra que nos asalta con su significado. Un espacio virtual es un espacio inexistente, pero aunque nadie haya podido verlo, ahí está el pensamiento, los recuerdos, las sensaciones, es decir parte importante de lo que gerencia el cerebro. Paradoja, pues esta inmensurable magnitud, pudiendo ser un espacio abierto sin límites, es un espacio con infinidad de barreras que nos impiden el pleno desarrollo de todas nuestras potencialidades.
Algunas de estas barreras dicen relación con la cultura, el conocimiento, el momento histórico, lo social, la pertenencia a un grupo determinado, las necesidades de sobrevivencia, etc. Sus nombres conocidos pueden ser: hipocresía, miedo, complicidad o el sentido más peregrino “oficinista” como gustaba decir Violeta Parra, o “diputado” que podemos aceptar como un encendido sinónimo de mentiroso.
Las barreras de este espacio infinito las pone el contexto social y psicológico de cada cual. Dicen algunos que el ser humano es las circunstancias que le ha tocado vivir y dicen una verdad parcial, que viene a ser lo mismo que una mentira a medias. El ser humano también actúa sobre sus circunstancias y es tan producto estas como factor influyente en ellas.
Lo triste es que hay todo un sistema de barreras socio-sistémicas que nos encasillan en una conducta de la cual terminamos siendo víctimas, cuando estamos facultados para ser maestros.
La memoria como lugar, pudiendo ser una extensa zona donde se estampa nuestro paso por la vida y la vida que pasa por nosotros, deviene una infructuosa geografía, con campos minados, terrenos escabrosos, espacios llanos y uno que otro lugar feliz.
Campo minado es un recuerdo que ocultamos y preferimos nunca tocar por temor a que estalle y nos deje peor que ahora. Estamos hablando de un algo que existió, de una huella dolorosa, que en teoría nos impediría ser lo que ahora somos y por lo tanto es un espacio franqueado con barreras, un espacio a no tocar.
Si nos remitimos a que la memoria sea un espacio para lo grato, lo más probable es que nos quedemos definitivamente truncados en algo de nosotros mismos, entendido el ser como un actuar presente que se guía en la vida por un conocimiento previo.
¿Qué seríamos sin memoria? Entes desprovistos de sentimiento, desprovistos de la capacidad de prever pues nos faltarían datos esenciales como para establecer una conducta en similares circunstancias. ¿Cuántas conexiones pude establecer el cerebro en un día de trabajo? Imposible cuantificar lo virtual, pues los parámetros, las herramientas para medir no existen. Aún cuando no existan todos sabemos que todas estas conexiones del cerebro, nos permiten pensar, hablar, reaccionar frente a los estímulos que recibimos y esto es ya de un enorme valor, pues nos faculta para interactuar con los demás.
Imaginemos ahora que alguien no puede recordar nada. Sería algo así como un muerto que camina, un autómata. Lo que quiero graficar es que sin memoria ya no somos nosotros y este es el peligro mayor al que nos conducen los adalides del neoliberalismo, quienes gerencian el desastre como su fuera un baile de máscaras cuyo único tiempo válido es el presente de fiesta. Borrando el pasado nos matan en vida y nos dejan a merced de sus mensajes vacíos de valores humanos.
La memoria como lugar debe ser un lugar sin límites y más que un asunto personal es esencialmente un valor social y como tal debe ser defendido, pues pueblo sin memoria es pueblo sin identidad y sin identidad ya no somos nada que no sean números a favor de quienes dirigen el negocio. La vida es mucho más que eso y bien vale otro intento. Yo me acuerdo, este recuerdo me dice que nuevamente el hombre libre abrirá las anchas alamedas.
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