Tito Alvarado
Estocolmo.se
Imaginación, inventiva
He leído y escuchado, en el decir de más de alguno que todavía está enmarcado en aquello que pudo ser y no fue, la palabra: audacia, expresada para manifestar que debemos dar un salto. A mi juicio el salto no es la audacia, pues esta presupone la aceptación de un camino, con sus métodos y escaramuzas ya probadas en la derrota. Hoy la única audacia posible es el salto de pensar con cerebro propio, de imaginar el camino y entender que el camino se construye andando. Desde este pensar, por que no tenemos nada y aspiramos a tenerlo todo, nuestra mejor arma es la imaginación, la inventiva. La facultad de ver en nuestra mente los hechos nuevos que aspiramos a producir y diseñar, mediante este ensayo mental, las estrategias a emplear para hacerlo posible.
Quienes no aspiran a nada no pueden imaginar nada ni inventar la forma de lograrlo. Esta constatación fija un horizonte de expectativas: imaginar lo que se quiere lograr, inventar como lograrlo; imaginar, inventar no como pudiera hacerlo el contemplador neutral sino desde el arte y el partido por el cual estamos.
Los tiempos actuales tienen el indiscutido sello de la crisis. Crisis (en plural) que pueden ser las últimas o pueden ser la llave a la solución del enigma que nos permita confrontar las nuevas crisis, en pleno ejercicio de las mejores facultades humanas. El drama contemporáneo es el cinismo, la complicidad, la ley del menor esfuerzo, el escudarnos en supuestas incapacidades o lo que es peor creer que otros vendrán a darnos soluciones, salvación o como quiera llamarle la secta.
Imaginación nos remite a imaginar. Imaginar la casa en llamas, imaginar el agua apoyando nuestros empeños por salvar todo lo salvable. Ocurre que alguna gente tiene seguros, ellos se pueden dar el lujo de perder la casa, quienes no tenemos esos seguros, no podemos. La desgracia mayor es que ellos, desde su propia seguridad, dictan los parámetros de conducta y los de abajo, muchas veces actuamos como si fuéramos ellos, sin ver la casa en llamas.
Se nos incendia la casa, es una imagen de la amenaza contra la casa mayor que es la tierra toda. No estamos ante un caso hipotético, pero tampoco estamos ante un caso tangible y por lo mismo podemos no ver este peligro en progreso ni detenernos en consideraciones menores de que tiempo hace afuera ni tampoco estamos para complicados razonamientos. Hay que salvar la vida, salvar los muebles y no perder la casa. Tres tareas en una, que dan un nuevo y perentorio sentido a la existencia.
Volvemos a la solución anterior al problema: imaginar escenarios posibles, inventar soluciones posibles desde nuestras necesidades no individuales, comprender que la vida es movimiento, acciones sucesivas y vernos en acción, pues nada cambia sin movimiento. El movimiento somos nosotros.
Crítica mortal
El siglo XX fue problemático y febril , como dice el tango Cambalache. Hoy prefiero decir que fue un siglo de atisbos. Atisbamos todos los horrores, todas las posibilidades, todos los peligros y todas las soluciones. El siglo XXI solamente puede ser de realizaciones, es decir ahora se impone la continuación lógica de una de estas variantes, que nos ha de llevar por uno u otro derrotero. La salida de las no soluciones, pues en esencia los problemas se acumulan o la salida de las soluciones ahora.
Continuidad hacia un final seguro o cambio radical hacia un final soñado. Asistimos a la representación teatral de las paradojas: lo seguro es el horror absoluto, lo necesario es una incertidumbre .
De todos los atisbos del siglo XX lo rescatable es la incertidumbre, por mucho que las sirenas del mercadeo nos inviten con cantos sublimes hacia el precipicio de lo seguro; el fin de la civilización humana, pues los recursos se acaban y con ello la vida. Tal es el drama: romper la hipnosis que produce lo seguro, hacer atrayente la incertidumbre de lo necesario, los cambios radicales . Este drama bien puede tener tres actos: como entendernos, como hacer entender a los afectados, como movilizar voluntades.
Un siglo de ensayos, puede dar paso a un siglo de representaciones. Pareciera un juego, la vida es breve y puede no ser importante estar en el juego, visto desde un ángulo de egoísmo personal. Visto como una totalidad, se impone la continuación de la vida, para lograrlo, un camino posible es dar un salto de conciencia.
De la imaginación y la inventiva habrá que pasar a ser la crítica mortal de la faramalla, la farándula, el despilfarro, la corrupción, los absolutismos. Ser críticos de algo puede sonar lo más simple del mundo. Como no se trata de la crítica banal del quítate tú para ponerme yo ni de lo tuyo no vale nada, sino del examen riguroso y partidario de la resaca, de ver en su cruda realidad la realidad, de enfrentar con nuevas verdades la pobreza moral existente. Critica no para el lamento diciendo lo malo que son los otros y de esta forma pretender significar lo bueno que somos nosotros. Crítica para proponer soluciones donde otros ven solamente problemas, soluciones que nos aseguren la implementación de los cambios radicales que la vida requiere para ser preservada.
El pensamiento no es tal sino está en proceso ininterrumpido de atesorar información, de analizarla, de imaginar vínculos posibles y sacar conclusiones. Pensar, desde esta perspectiva, no es un resultado final sino un constante transcurrir, un medio, cuyo resultado presupone un movimiento. El pensador puede hacerlo en la quietud, pero su pensamiento será acción. El pensamiento se sitúa, como punto de partida, en una realidad para llegar a un resultado otro, que produce otra realidad.
Se piensa en la medida que se sabe. Saber es la capacidad de retener un conocimiento x, es capacidad de memoria, que nos ayuda a establecer vínculos entre un saber y otro. Pensar es confrontar: por lo mismo piensan menos quienes saben menos, quienes recuerdan menos, quienes no se atreven a la confrontación de ideas. Se es critica mortal solamente cuando junto al análisis frió de una realidad en eterno movimiento se le agrega el movimiento de nuestros intereses con la pasión que nos da el amor por la vida.
La crítica mortal que proponemos es a la vez arma de ataque y defensa. Se defiende uno de las mentiras que nos entregan los medios, de la mediocridad, de la improvisación, de la falta de ejercicio del pensamiento, de las desviaciones de los cultos a la persona, de los “cambios de retoque”, que nada aportan; se ataca cuando se piensa con cerebro propio, cuando se muestran los hilos secretos, cuando se enjuicia, cuando se reconoce en los otros que luchan…
Organización
Por medio de la ideología dominante, quienes están en posiciones de poder creen, quieren creer o quieren hacernos creer que organización es orden conseguido con capacidad de mando o coordinación. Los constructores de imagen podrán pensar que es carisma, facultad de lograr consenso. Chatarra, escoria, resaca, basura podrían ser las palabras que se aproximen a catalogar esta visión, cuya esencia es el dejar hacer al otro, el abandono del poder de decisión de la persona, el sometimiento pasivo a la voluntad de otra persona, vista o sentida como superior.
Existe una arraigada ley humana: la ley del menor esfuerzo, que se manifiesta unas veces como complicidad sutil, otras como cinismo del no me importa o como una negación no dialéctica de si mismo: baja autoestima, desconocimiento de las propias capacidades o la faramalla de creer que lo importante es el metro cuadrado del espacio en que uno se mueve.
De esta falencia del espíritu humano se aprovechan los diseñadores del discurso oficial y nos atosigan con teorías de organización de la actividad humana que suponen un renunciamiento al desarrollo de las capacidades de cada cual para su participación consciente en toda actividad de su interés.
Hemos puesto la palabra clave para entender lo que pretendemos significar con Organización, esta no puede no ser otra cosa que conciencia. Esa capacidad subjetiva de impulsarnos a la acción, esa motivación interna que nos permite hacer los sacrificios que sean necesarios para que la meta planteada se concretice.
Al incorporar el elemento subjetivo estamos hablando de aquello que es variable según sea la persona, la época, la cultura, las circunstancias y necesidades del momento, a la vez que estamos hablando de cómo esto se percibe. Entonces tenemos como resultado que organizar significa en cada tiempo, lugar y cultura algo muy distinto. Sin embargo esta diversidad no puede impedirnos ver un denominador común que es la representación de objetivos a lograr y por consiguiente los pasos a dar, en una secuencia lógica, para hacerlos realidad.
Hoy, en este principio del todo o nada: principio del fin o fin del principio se requiere una organización generadora de imaginación e inventiva, una organización que sea critica mortal, una organización de actores en la lucha contra la ley del menor esfuerzo, una organización de conciencia y esto pasa por la revalorización de los valores morales, de exacto signo contrario al modelo imperante a escala mundial.
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