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   Opinión

Soledad, soledades


Tito Alvarado
Estocolmo

Soledad era una muchacha con la cual coincidimos unas cuantas veces en mis tiempos de hermosa juventud. Recuerdo que nos acompañamos mutuamente en el descolorido entorno de la población José María Caro, allá en el Chile lejano. Eran tiempos de elecciones y fuimos, con nuestra juventud a cuestas, casa por casa explicando las razones de los cambios propuestos. Ahora saco cuentas que ella andaba en el drama de encontrarle una salida a su propio drama: liberarse de un padre opresivo, casándose con el primero que apareciera. Yo tardaría unos doce años más en resolver mi situación de empedernido solitario.

Soledad fue una canción que recuerdo haber escuchado en mis viajes por las diversas realidades en tierras del pueblo Mapuche. En esa interminable ondulación del terreno, el viento mecía los trigales semejando el oleaje en un mar verde y musical. La radio del autobús me traía los acordes de esa canción y mi alma se volaba a otras realidades.

Soledad es una intrincada red de quemantes frustraciones y mecanismos de compensación. Hace dos o tres días me cayó una invitación a desayunar. El desayuno fueron dos huevos refritos, unas tostadas casi quemadas y ya ni me acuerdo si el brebaje fue un mal té o un jugo con demasiado ácido ascórbico. En el preludio del desayuno, preparado por ella en su propio restaurante, me habló de la venta de un inmueble, cuyo reporte será de ciento veinte mil dólares. Me lo dijo a mí que tengo deudas y ningún inmueble ni propiedad comerciable. Confieso que soy algo lento y creo haberle recomendado que pensara bien en qué lo invertía, pues el dinero se va rápido. Ahora me pregunto cuales pudieron haber sido las razones de ella para contarme ese triunfo comercial suyo. No puedo evitar que se cruce por mi mente la idea de qué se puede hacer con esa suma, el resumen es: milagros.

Ignoro si por distracción mía o por arte en la simulación de ella, la conversación derivó por otro sendero. Sin darme cuenta me veo entregándole las razones de mi canto. Ella guardó un notorio silencio, al darme cuenta pregunté que pasaba. En un arranque de ingenuidad suya o de confianza, me dijo que al escucharme hablar le parecía que era lo mismo que yo hubiera podido decirle veinte años atrás. Es decir la señora, de la ya no tan amable invitación con segundas intenciones, me estaba insultando, al creer que yo era poco menos que un dinosaurio. Sin perder la compostura, pues hablaba con quien yo asumo es una dama, argumenté que eso era imposible pues hace veinte años yo era otro. En cambio si vamos a ciertas esencias le puedo decir que aunque muchos digan que el mundo es otro, las grandes verdades de hace veinte años siguen siendo las mismas de hoy.

Mientras hablaba, mi pensamiento se independizaba y recorría los laberintos de las hipótesis; esta señora de los huevos refritos tiene un empecinamiento secreto, lograr que yo sea otro, quizá un pobre ser humano consagrado a “vivir feliz” con el milagro de su fortuna, ¿tienen relación la venta de su inmueble y este desayuno a solas, ella y yo? o me manifiesta de forma indirecta que el único “pobre ave” soy yo, pues no tengo sus recursos, si así fuera, entonces ¿cuál es la razón de invitarme a desayunar? En fin, tanto ardor le puso ella a su discurso que abandoné mi pensamiento para concentrarme en hilvanar una respuesta. El resumen es mi no aceptación de sus valores, aunque le concedo el derecho a mantenerlos, por mi parte no veo ninguna razón para renunciar a los míos . Luego de aquel desencuentro, a la tribulación del insípido desayuno le agrego la falta de respeto al pretender ella meterme en su pequeño mundo. Por cortesía la acompañé a su casa y me despedí con la certeza de su profunda soledad. Tan sola está ella en su metro cuadrado que ni siquiera se ha enterado que todo se mueve.

Soledad es un mal que a veces me aqueja. Tengo la duda si es algo que busco o algo que me encuentra. El hecho es que a veces es mi refugio y otras mi punto débil. En soledad escribo, en soledad pienso, aunque puedo razonar en compañía, en soledad sueño y a veces en soledad trabajo. Soledad que puede ser física, pues no hay nadie al lado mío o habiendo alguien no tengo nada que conversar con esa persona. Soledad que es en realidad, aparente, pues ahora que escribo esto pienso en quienes lo leerán. Quizá me vean como alguien triste, quizá descubran una clave, quizá ni se hayan dado cuenta. Lo cierto es que esta soledad que me acompaña es más aparente que real, tal vez solamente sea un hálito protector para poder ver el mundo con los cristales que me permita animar a mis hermanos, vincular lo pequeño a lo grande y comprender que somos partículas en movimiento que a su vez son parte del movimiento universal.

Ahora escucho boleros. Ritmo y amor he aquí la clave.


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