Podemos
reconocer a un amigo instantáneamente—por
su cara, por el perfil o incluso por la
parte de atrás de su cabeza. Podemos
distinguir millones de matices de colores
así como también 10.000
olores. Podemos sentir a una pluma rozar
nuestra piel y escuchar la caída
silenciosa de una hoja. Todo parece ser
muy fácil: sólo abrimos
nuestros ojos u oídos y dejamos
que el mundo entre.
Sin embargo, todo lo que vemos, sentimos,
olemos o saboreamos requiere que millones
de células nerviosas envíen
mensajes urgentes, a lo largo de vías
que se entrecruzan, y que retroalimenten
a los circuitos de nuestros cerebros,
llevándose a cabo cálculos
intrincados que los científicos
tan sólo han empezado a descifrar.
"Uno puede imaginarse a los sistemas
sensoriales como a pequeños científicos
que generan hipótesis acerca
del mundo", dice el investigador
Anthony Movshon del HHMI, en la Universidad
de Nueva York. ¿De dónde
viene ese sonido? ¿Qué
color es ese, en realidad? Basado en
la información que tiene a mano
y en simples suposiciones, el cerebro
realiza las conjeturas para las que
ha sido educado.
Si se mira la ilustración de
la derecha, por ejemplo, se puede ver
una X hecha de esferas que están
rodeadas por cavidades. Sin embargo,
si se invierte la imagen, todas las
cavidades se transforman en esferas
y viceversa. En cada caso, las formas
parecen ser reales porque "el cerebro
asume que hay una sola fuente de luz,
y que la luz viene de arriba",
dice Vilayanur Ramachandran, un profesor
de neurociencias, en la Universidad
de California, en San Diego. Como señala
Ramachandran, éste es un método
práctico para ser usado en nuestro
soleado mundo.
Para resolver ambigüedades y darle
sentido al mundo, el cerebro también
crea formas a partir de datos incompletos,
dice Ramachandran. A él le gusta
mostrar un triángulo aparente
que fue desarrollado por el psicólogo
italiano Gaetano Kanizsa (ver a la derecha).
Si se esconde parte de la figura, privando
al cerebro de ciertas claves que usa
para tomar sus decisiones, el triángulo
blanco y grande desaparece.
Construimos tales imágenes inconscientemente
y muy rápidamente. Nuestros cerebros
son igualmente fértiles cuando
usamos los otros sentidos. En momentos
de ansiedad, por ejemplo, a veces se
"escuchan cosas" que no están
realmente ahí. Pero supongamos
que un leopardo se aproxime, medio escondido
en la selva; entonces, nuestra habilidad
para realizar figuras a partir de apreciaciones
parciales, sonidos u olores, podría
salvar nuestras vidas.