los
fugaces atomos y moleculas de
la existencia
Las partículas elementales
Por Federico Kukso
Todo lo que existe perece. Hasta
que surja alguien que logre torcer
la constante universal más
democrática, el fin último
de todo habitante de este universo,
de toda danza atómica y
molecular que una vez engarzadas
arman el molde de un organismo
o de una cosa, será no
la desaparición sino la
transformación: no porque
con la muerte biológica
arrecie una tendencia disipatoria
atómica hacia el vacío
sino más bien porque con
más frecuencia de lo que
se cree los ladrillos básicos
del universo encuentran –aun durante
la vida o existencia de un individuo
o cosa– nuevos compañeros
de enlace, parejas de baile a
estrenar. Y una vez en el ruedo
levantan otro ser, otra piedra,
otra gota de agua, otro planeta.
Sólo pensar cuántas
formas adoptaron nuestros átomos
en su trajín pasma. De
hecho, el 100% de los átomos
que componen la estructura física
de un hombre y de una mujer no
son exactamente los mismos que
aquella mochila de átomos
con la cual uno estrenó
su título personal de ciudadano
del mundo.
Así, la constitución
única del cuerpo humano,
en verdad, no es más que
una costra, una ilusión,
un supuesto identitario que sirve
más para pensarse de alguna
manera único e irrepetible
que un enjambre anónimo
de millones y millones de invisibles
y errantes átomos dispuestos
espacial y temporalmente de una
manera quisquillosa para formar
algo o alguien. Por más
crueles que puedan resultar para
el ego, ejemplos como éste
son datos crudos de la realidad,
hechos que o bien actúan
como máquinas de demolición
de las personalidades más
acérrimas o bien sirven
para aunar en una especie de comunión
cósmica con todo lo que
existe y alguna vez existió.
“Somos polvo de estrellas”, fue
la práctica frase-slogan
que Carl Sagan acuñó
para aludir lateralmente a esta
condición atómica
de la existencia y para referirse
al linaje extraplanetario humano.
No fue el título de un
nuevo curso de filosofía
esporádica sino más
bien una respuesta estrecha al
origen estelar de todo ser humano.
Además de su luz estridente,
los densos tirones gravitatorios
que ejercen sobre todo lo que
las circunda o su caprichoso rol
protagónico en toda fábula
astronómica, uno de los
rasgos más insidiosos de
las estrellas ronda en torno al
privilegio creador que las distingue:
allí, en su centro, es,
al fin y al cabo, donde nacen
–podría decirse también
“se cuecen”– buena parte de los
átomos que hoy llenan el
universo más allá
del hidrógeno y el helio.
No hay otro lugar, ni fábricas
alternativas. Las estrellas fueron
y son el horno de lo que es, fue
y será.
De ahí se entiende la
idea de transitividad existencial:
un átomo minúsculo
de la punta de nuestro pie alguna
vez pudo pertenecer a un cocodrilo
africano, a un colibrí
pampeano, a un murciélago
ciego de Kuala Lumpur, al dedo
meñique de Genghis Khan,
a la nariz de Juana de Arco, a
la ceja de Aristóteles,
al bigote prominente de Nietzsche.
Vaya privilegio. Es que todo cuerpo
intercambia átomos con
su medio; continuamente. Así
fue desde el principio y se supone
que será hasta el final.
Los 92 tipos de átomos
que hay en el universo luego de
ser fabricados a través
de las reacciones nucleares estelares
saltan de un lugar a otro enlazándose
y disipándose, uniéndose
y divorciándose, sin importar
quién o qué sea
el destinatario momentáneo.
Tan es así que se calcula
que cada tres años el cuerpo
humano renueva completamente todos
sus átomos. Si se tuviera
una mirada sustancialista de la
vida, se podría arriesgar
entonces que cada 36 meses uno
es otra persona y, por ende, merecedor
de un nuevo nombre y apellido,
un nuevo punto de arranque para
una nueva vida. Ante tanta renovación,
se podría también
llegar a divagar que ninguna sociedad
se mantendría en pie. Sería
el fin –al menos nominalista–
del negocio de la cirugía
estética, de los gurúes
orientales promotores de salidas
existenciales fáciles o
el epílogo de las promesas
vacías de los pastores
brasileños que disparan
esperanzas, risas y dudas a altas
horas de la noche en televisión.
El caos sería total y lo
estático sucumbiría.
Tal vez lo mejor sea, pues, suscribir
a la tesis del famoso físico
Freeman Dyson según la
cual la vida radica más
en la organización que
en la sustancia.
Frente a la finitud de toda vida
humana, los átomos –o mejor
dicho sus núcleos– pasarían
por eternos. Es más, si
pudieran hablar serían
capaces de vanagloriarse de su
promiscuidad estructural: millones
y millones de organismos existieron
y se levantaron gracias a ellos.
El tiempo está de su lado:
por ahora nadie llegó a
un número redondo, aunque
el astrofísico Martin Rees
calculó que un átomo
–un núcleo– podría
durar algo así como 1035
años.
Si eso no basta para sacudir
la noción gestáltica
del cuerpo, bien podría
recurrirse a otro dato incuestionable
de la naturaleza: aquello que
percibimos como materia continua
es en realidad una sustancia porosa
y fugaz. Cada segundo que pasa
un individuo es abandonado por
casi 400 mil átomos que
deciden partir y amarrarse a lo
que encuentren afuera: a la cabeza
de la cama, al asiento del colectivo,
al hombro del vecino. No es para
desesperarse si se considera que
cada célula está
constituida por 90 trillones de
átomos. Lo que tal vez
tumbe al más confiado sea
enterarse de que uno es más
vacío de lo que cree. No
porque alguien lo acuse de hueco
sino debido a la propia forma
de ser de los ladrillos que nos
componen: se calcula que si el
átomo fuese un estadio,
el núcleo tendría
el tamaño de una pelota
de fútbol. Así de
insignificante es el pequeño
y todopoderoso átomo, lleno
de gloria y repleto de vacío.
Multiplicado por los trillones
de átomos que nos componen,
la cuenta indicaría que
estaríamos hechos de 99,999%
de espacio vacío, y solamente
0,001% de materia.
Pero hay más: si se saltase
de escala –del átomo a
la célula–, lo efímero
de nuestra constitución
entraría en primer plano:
tenga uno la edad que tenga, se
sabe ahora que el cuerpo humano
sólo goza de 10 años.
La clave está en la renovación.
Gracias a un nuevo método
para calcular la edad de las células
humanas un tal Jonas Frisen, biólogo
del Instituto Karolinska de Estocolmo,
Suecia, arribó a una estimación
tal vez alentadora para aquellos
que buscan todos los medios y
excusas para sentirse jóvenes:
por empezar, las células
de los músculos que rodean
las costillas presentan un promedio
de edad de 15 años; las
células que recubren la
superficie del intestino, cinco
días; las que rodean el
estómago sólo duran
tres días; los glóbulos
rojos, 120; la epidermis, o capa
superficial de la piel se recicla
cada dos semanas; un hígado,
cada 300 y 500 días; y
se estima que el esqueleto completo
se renueva aproximadamente cada
diez años en los adultos.
Así, somos todo y somos
nada: estos hechos no hacen más
que sacarle canas a la bien fortalecida
idea moderna del individuo, aquella
que dice que uno es aquello que
no es el mundo; uno es su cuerpo,
frontera que delimita el afuera
del adentro, la objetividad de
la subjetividad, el “yo” del “ellos”.
Algo tan simple y crucial; algo
que necesariamente debe ser más
que una frágil y tenue
construcción del pensamiento.
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