
Carlos tenía 29 años cuando
llegó a Estocolmo. Joven revolucionario
de Concepción, estudió sociología,
fue detenido por los militares y luego se
exilió en Estocolmo huyendo de la
dictadura chilena, junto a otros cientos
de chilenos y argentinos perseguidos.
En la hermosa Estocolmo aprendió
todo lo que tenía que aprender.
Aprendió a tomar café, a
tomar mucho café, como lo hacen
la mayoría de los suecos. Nunca
más “nescafé”. Aprendió
a sacarse los zapatos al ingresar a cualquier
casa. Aprendió a decir su nombre
al contestar el teléfono: “Geywitz”.
Aprendió a llegar a la hora.
Pero sobre todo, abrazó a la poesía
y nunca más la abandonó.
Con sus amigos, Sergio Infante, Adrián
Santini, Sergio Badilla y Edgardo Mardones,
(que ahora están desolados), fundaron
el grupo Taller, uno de los grupos poéticos
valiosos de la historia moderna de la
poesía chilena, aunque aún
no se encuentre una antología del
grupo. Esos eran chicos muy creídos
y muy serios en la poesía. No era
fácil polemizar con ellos, ni entre
ellos. Se la tomaban muy en serio. Tan
comprometidos que Sergio Infante y Adrián
Santini se hicieron doctores en literatura
en la universidad de Estocolmo. La disputa
de un solo verso en un solo poema podía
significar que no se hablaran en semanas.
Y yo creo que soñaban conquistar
el mundo cuando en 1981 viajaban en tren
desde Estocolmo, pasando por Malmö
y cruzando Dinamarca hasta llegar a Rótterdam,
para participar a ese gran encuentro,
el encuentro en Rótterdam, del
Instituto para un Nuevo Chile.
Fue en el departamento de Sun Axelsson.
Fue en la casa de la escritora sueca que
supe que Carlos era el chico regalón
de la dueña de casa. Lo mimaba.
Y Carlos tradujo dos libros de la Sun
al castellano.
En 1989 se organizó un encuentro
mundialmente famoso en Estocolmo. El evento
"La Reconstrucción del Tiempo"
-un mito en los círculos de poetas
chilenos-, se inició con una recepción
en el departamento de Sergio Infante y
Aurora Azócar. Recuerdo que estaban
allí poetas que venían de
Chile como Teresa Calderón, Diego
Maqueira, Carmen Berenguer, Andrés
Morales, Elicura Chihuailaf, y otros venidos
de otros países como Gonzalo Millán,
Tito Valenzuela, Juan Cameron y Walter
Hoefler. Estuvieron también allí
los argentinos Mario Romero y Cristian
Kupchick y los uruguayos Roberto Mascaró,
Sergio Altesor, Juan Carlos Piñeyro.
Y se hicieron charlas en la universidad
de Estocolmo, cuando aún Sergio
Canut de Bonn estaba vivo. Sé que
Canut de Bon estaba vivo, por que lo vi
entrar a la sala apoyado en un bastón.
Apoyado en un bastón pero vivo
(Canut de Bon al Nóbel). Recuerdo
muy bien el día del encuentro en
el monumental auditorium del Moderna Museet
de la calle Skeppsholmen de Estocolmo.
Digo que lo recuerdo bien, pues Carlos
leyó su entonces ya emblemático
poema sobre el cerdito, Amacnédota,
que producía una risa contagiosa
en el público, aunque el poema
era triste y desolado y crítico
de la civilización. Carlos tenía
un estilo rockero, algo duro, irónico
e incrédulo:
DESDE SIEMPRE INCREDULO
Una luz se me resbala por la infancia:
estoy yo, niño, sentado
sobre mis abismosdías, nombrando,
hacia las doce de la noche
a un Santa Claus
que lucha por librarse
de su paracaídas.
El año 1990 nos encontramos en
Santiago de Chile, en el Encuentro Hispanoamericano
de Poesía, de la Universidad de
Santiago. Es difícil olvidar ya
esas sobremesas en un restaurante cerca
de las Estación Central, con Jesús
Ortega, Sergio Badilla, Jaime Siles, Teresa
Calderón, Antonio Cisneros y otros
poetas más.
La última vez que vino a Chile
fue en el ChilePoesía, que dirige
José María Memet, cuando
vinieron otros tantos poetas que viven
fuera de Chile. Era el año 2005
y yo estaba allí sentado en unas
sillas que habían puesto en la
plaza de la Constitución cuando
Carlos Geywitz leyó su poema emblemático
con La Moneda a sus espaldas. Estaba contento.
Y la noticia ahora dice que Tito Estrella
lo encontró en su departamento.
Tito Estrella, emblema de los años
de exilio de Estocolmo, lo encontró
ya muerto en su departamento.
Todo ha terminado.
Y me han dado ganas de poner una música
dura.
Termino con un poema sobre la muerte
seductora de Sergio Infante, que lo imagino
lloroso, hoy en Estocolmo de agosto.
EMBLEMATICA
¡Mira!
La muerte se desnuda
en tu ventana,
Y eso
de la osamenta y la guadaña
apenas era un chiste,
un chisme del más acá,
el último susurro
de un mal fabulador.
fuente//http://theresbovary.blogspot.com/