Sucede que con el aumento de
la edad, van aumentando los recuerdos
y la recurrencia a ellos para
seguir con vida. Una suerte de
balance entre el ayer vivido y
el hoy desvivido. Uno de esos
recuerdos me lleva a mis primero
días en mi exilio. Un día
apareció en mis manos una
revista que contenía un
poema cuya característica
fundamental era preguntar que
crimen no cometieron. En Chile
era el reino del terror y los
criminales vestían uniforme
o actuaban amparados en el aparato
militar. Era el sucio juego de
todas las armas contra los que
eran sólo almas.
Ahora, casi treinta años
de haber leído aquel poema,
resulta que los criminales allí
retratados eran mucho más
criminales de lo que en aquel
entonces asegurábamos.
Ese ejército de Chile,
comandado por el que usted sabe,
era un ejército de asesinos.
Perdón estoy diciendo algo
grueso, una verdad que no se puede
decir, una verdad que de tan sabida
ya no se menciona. Los ejércitos
son instituciones adiestradas
para matar, salvo que nuestro
glorioso ejército se ha
especializado en asesinar a sus
propios compatriotas, en el entendido
de que los civiles que hemos sufrido
las consecuencias de su actuar
somos sus nacionales.
En estos días hemos sabido
como actuaron estos aparatos en
contra del Partido Comunista,
dice un artículo publicado
en La Nación: “Ocho meses
mantuvo la DINA con vida el jefe
clandestino del PC Víctor
Díaz López, luego
de secuestrarlo a comienzos de
mayo de 1976 en la operación
conocida como "calle Conferencia".
En los primeros días de
1977, el jefe operativo del organismo,
Manuel Contreras, dio la orden
de matarlo al jefe de la Brigada
Lautaro, mayor Juan Morales Salgado.
En el cuartel de calle Simón
Bolívar 8630 en la comuna
de La Reina donde operaba esta
brigada conocida como “de exterminio”
y “operaciones especiales”, los
infantes de Marina adscritos a
la DINA, suboficiales Bernardo
Daza Navarro y Sergio Escalona
Acuña, sacan al dirigente
de un calabozo, le ponen una bolsa
plástica en la cabeza,
la amarran una soga al cuello
y lo asfixian. De inmediato, junto
a otros agentes también
procesados el viernes pasado por
el juez Víctor Montiglio
al igual que los infantes de Marina,
estos cubren el cuerpo del padre
de la presidenta de la AFDD, Viviana
Díaz, con bolsas plásticas
más grandes. Lo atan, agregan
al cuerpo un trozo de riel que
amarran con alambre, y meten el
cuerpo dentro de un saco papero
que aseguran con otras amarras
de alambre para que no se abra.
El cuerpo es trasladado por los
mismos agentes en un vehículo
hasta el campo de entrenamiento
del Ejército en Peldehue,
al sur de Santiago, donde los
esperaba otro vehículo
en el que desde Villa Grimaldi
habían transportado los
cuerpos de otros prisioneros,
preparados de la misma forma que
el de Víctor Díaz.
Un helicóptero Puma del
Comando de Aviación del
Ejército, tipos de naves
que se usaron para estas operaciones,
esperaba con los motores encendidos.
Los agentes del cuartel de Simón
Bolívar unieron sus fuerzas
a los que transportaron los otros
cadáveres, y entre todos
cargaron los cuerpos a bordo del
Puma, que terminada la tarea partió
rumbo a la costa de la Quinta
Región para lanzar los
cuerpos al mar.”
Este párrafo es ilustrativo
de como actuaron en un caso concreto,
que no difiere de como actuaron
en todos los casos de detenidos
políticos desaparecidos
ni en todos los hechos de sangre
ni en todos los actos de represión.
No es un hecho aislado, es una
forma concertada de actuar, que
responde a una ideología.
De este hecho podemos sacar hoy
conclusiones que nos sitúan
en la herida abierta en el alma
de un país. Un horror como
ese no se borra con concertaciones,
discursos de reconciliación,
buenas intenciones ni visitas
del embajador de Estados Unidos
a Villa Grimaldi. Dicen que el
asesino vuelve al lugar del crimen
y es lo menos que se puede decir
de tamaño disparate.
En los hechos que comentamos se
mencionan nombres de los involucrados
y por supuesto el sistema judicial
chileno pondrá a funcionar
sus legajos y leguleyos con que
si y con que no, hasta que algún
magro resultado tengamos al cabo
de algunos años. A esos
criminales se les juzga hoy, lo
que es un paso, pero es que estos
criminales no lo fueron por su
propio albedrío, eran parte
de una organización criminal,
las fuerzas armadas de entonces.
En este hecho nos encontramos
con que se debiera juzgar y en
mérito a sus crímenes,
condenar a la institución,
tanto como a los individuos que
cometieron dichos crímenes.
Dirán algunos que las fuerzas
armadas de ahora son otras, lo
que es verdad en cuanto a los
nombres de sus actuales miembros,
pero no es cierto en cuanto a
la ideología que las sustenta,
la doctrina me corregirán
los hipócritas de siempre,
sea cual sea la palabra que resuma
el cúmulo de ideas que
enmarcan la actuación y
el como piensan los institutos
armados lo cierto es que si antes
actuaron así, mañana
lo volverán a hacer si
no hay un cambio radical, parte
de ese cambio radical debe ser
el profundizar la democracia,
el quitarle sus inmerecidas prebendas
(el 10% de las ventas del cobre),
el juzgarlas en su actuación
pasada y rehacerlas en una doctrina
de Chile primero. A los olvidadizos
de siempre les recuerdo que el
golpe y todos los crímenes
que vinieron como resultado del
mismo, fue para que el imperio
y los capitalistas dependientes
siguieran en el negocio de aprovechar
al máximo las riquezas
del país. Veamos quienes
son los dueños de Chile
ahora y entenderemos quienes ganaran
en aquel entonces. Esas Fuerzas
armadas no tenían nada
de nacionales ni las de ahora
tampoco. En las de antes había
un odio contra los de abajo y
en las de ahora también.
Para que algo cambia todo ha de
cambiar.
No será con unos pocos
criminales en la carcel ni con
una dudosa entrada al primer mundo
como en TranSantiago, que se solucionaran
los problemas estructurales del
país. Más democracia,
salarios justos, nuevo sistema
educacional, plan de viviendas
dignas para la población,
inscripción automática
en el registro electoral, Justicia
y soluciones, ahora.
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Tito Alvarado
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