En tiempos
de mi pasado ocurrió que
fui niño y escuché,
leí en revistas, libros
y periódicos algo de lo
mucho que es Chile en sus pocos
años de torcida historia,
Chile como copia feliz del edén,
un jardín ideal que nunca
ha existido, Chile en sus mitos
y en sus mitómanos.
Ahí me enteré de
que mucho de lo respetable viene
de la epopeya tremenda de los
mapuches y de la vida azarosa
de los trabajadores chilenos,
el resto es pura invención
del sistema para mantener las
riendas del poder.
Ahora me entero al pasar, pues
vivo en otra tierra, y para colmo
hace mucho tiempo que no ando
en micro, bus, troley, tranvía,
metro o como le llamen al servicio
de transporte colectivo, que en
Chile hay unos chilenos gringos
en la tarea de llevar al paisito,
ya no sé si al bolsillo
de algunos avivados o a los límites
del primer mundo. Todo esto ocurre
desde la óptica y la práctica
del desprecio por los de abajo,
cuestión nada nueva en
el poder, salvo el detalle de
que muchos ven al gobierno de
la concertación como un
gobierno de izquierda. Lo que
me viene a recordar, que en la
granja de los animales hay unos
cerditos más iguales que
otros.
También resulta que un
día amanecí en Brasil
y para subirme a un autobus interurbano
me pedían el carné
de identidad, en República
Dominicana hay controles militares
en lugares estratégicos.
En plena democracia siempre hay
algo que ha quedado incrustado
de pasadas dictaduras, fue mi
conclusión.
¿Qué hay de la
dictadura en la “democracia” de
hoy en Chile? ¿Cómo
irrumpían los asesinos
uniformados para imponer su voluntad
en las casas allanadas? Con violencia
inaudita y absoluto desprecio
por las personas. Esto es lo que
ha quedado de la dictadura, el
desprecio como conducta de gobierno,
la violencia solapada de imponer
una voluntad ajena a la razón.
De las cosas razonables a decir
sobre el Transantiago, rescato
algunas que me vienen a la cabeza,
clarificando que no sufro las
consecuencias de tamaño
disparate:
es un serio intento de entrar
al primer mundo, intento condenado
al fracaso, por varias razones,
entre otras, nada basado en el
desprecio puede ser solución
a favor de los despreciados;
es un cambio radical en las costumbres
y cambiar las costumbres de la
gente es algo de lo más
difícil, pero los expertos
que nunca se han subido a una
micro, poco saben de costumbres;
en casi todos los países
del primer mundo el transporte
colectivo es propiedad del estado
y administrado por el estado;
en Chile es un negocio, en realidad
un portentoso negocio privado,
para colmo dicen que entre los
propietarios españoles
hay uno llamado Pedro de Valdivia.
Un día en Caracas subieron
los pasajes y se alzó la
gente. Habrá un día
en que en Santiago suban los pasajes
y algo puede suceder. Lo cierto
ahora es que, los que tienen casi
nada, pagan por adelantado un
servicio dudoso. Se repite el
juego, pero en forma ampliada,
de que los pobres hacen ricos
a los ricos.
Se sabe de protestas, los fascistas
sonrientes criminalizan estas
protestas, los ánimos se
caldean, hay medidas de reparo,
que pueden ser como de bomberos
apagando un incendio, la gente
sigue llegando tarde a su trabajo
y ocupan mucho más tiempo
que antes en el transporte, para
colmo deben caminar bastante,
por decir lo menos. Hay protestas,
salvo que estas nada cambiarán
si no son mucho más contundentes,
si no están respaldadas
por las organizaciones de los
trabajadores. Los sindicatos debieran
jugar un papel más activo.
En suma, el Transantiago es un
fracaso, pero puede ser un éxito:
para el gobierno si logra imponerlo;
para los de a pie si logran desmontar
el sistema. La intención
no basta ni en el gobierno que
ejerce el desprecio ni en los
que protestan contra el Transantiago.
El asunto de fondo es lo que debe
ser resuelto, en este sentido
el Transantiago es una oportunidad
de oro, encaminar el descontento
causado por un mal servicio contra
el neoliberalismo que lo impone.
Hoy se juegan los descuentos
de sistema político-ideológico-económico
que nada ha aportado a las mayorías.
Hoy puede ser el último
capítulo de este experimento
que ha aportado insólitas
ganancias a las grandes compañías
propietarias del país.
Hoy puede ser el despertar, esto
depende mucho de la visión
de quienes tienen alguna influencia,
de su capacidad de sentir el crecimiento
de la hierba y sobre todo de su
capacidad de organizar la esperanza.
Hoy es el tiempo en que comienza
el cambio y este puede ser total
o puede ser fatal.
Desde mi trinchera sé
para donde debe ir la micro. Cuando
la presión se acumula,
por algún lado revienta.
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Tito Alvarado
pcsur@aei.ca
titoalvarado@proyectoculturalsur.org
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