Por
Tito Alvarado
e stocolmo.se/marzo06
En la cruda realidad de un país
en vía de extinción,
se ha logrado imponer el desprecio
como política. Sucede que
hace mucho, pero mucho tiempo
llegaron invasores a un lugar
que se dio en llamar Chile, nadie
sabe si por onomatopeya del canto
de un pájaro local o si
por interpretar un sonido atribuido
a una lengua, hoy muerta, que
los entendidos dicen quería
decir, el lugar más bajo.
Entre mar y cordillera se entiende
un territorio, en ese entonces
poblado por gente gallarda y valerosa,
es la gente de la tierra. En un
principio ellos creyeron que los
recién llegados eran una
bestia desconocida de cuatro patas
y dos cabezas. Tuvieron que matar
uno de estos monstruos para saber
que en realidad eran dos seres
distintos y que uno era casi igual
a ellos, solamente que en la cara
tenían pelo y se cubrían
el cuerpo con metales.
Los recién llegados venían
con la nefasta idea de quedarse
y someter a los aborígenes
para saciar su sed de oro. Quiso
la fortuna que en la mitología
local no figurara ningún
regreso de seres barbados ni de
dioses idos, entonces los mapuches
no tuvieron ninguna duda acerca
de su deber, luchar a muerte por
la defensa de lo que era y es
suyo, la tierra.
De esa gesta nos queda el recuerdo,
mañosamente olvidado, de
una guerra sin cuartel que duró
más de trescientos años.
De allí nos vienen nombres
como Colocolo, Caupolican, Galvarino,
Lautaro, Guacolda, Fresia: De
allí nos viene una conducta
ejemplar, que ya quisieran para
si los remedos de políticos
que la descolorida patria de hoy
produce.
También de allí
nos viene la gracia y/o la desgracia
de dos mundos apartes formados
por los descendientes de uno y
otro bando. Los blancos entre
comillas, afirmados en su desprecio
hacia aquellos que en realidad
debieran ser nuestro más
alto orgullo, la gente de la tierra,
los mapuches. Este desprecio es
el sello distintivo de una clase,
clase que en la realidad de este
canto de pájaro o este
lugar bajo, tiene la dudosa dicha
de contar en sus rancios apellidos
dos erres, también tiene
el apelmazado mérito de
preservarse en sus espacios privados:
el clero, la clase política,
los gerentes, los jueces, los
dueños de fundos y los
jerarcas de los aparatos armados.
Nadie que no sea uno de ellos
puede llegar a posiciones de mando
en estas instituciones y si por
esos "milagros de la vida"
uno que piensa distinto logra
llegar, los dueños del
poder se las arreglan para cortarle
el paso. La gente de la tierra
en cambio fue "pacificada"
a fuerza de metralla, cosa en
la que el ejército del
país tiene un triste historial.
De aquellos tiempos de valerosa
defensa de su derecho al usufructo
de lo que era y es de ellos, les
quedó el recuerdo de su
grandeza y la esperanza de que
un día recuperen su invadida
tierra. Han pasado poco más
de quinientos años del
aquel primer desencuentro con
los huincas. En la historia de
las españas hay el antecedente
de que los moros vivieron en tierra
ajena por espacio de siete siglos
hasta que fueron expulsados, testimonio
de aquel tiempo quedaron las silentes
y magníficas construcciones
cuya máxima expresión
es La Alhambra.
Hoy cuatro mapuches asumen en
si, a riesgo de su vida, la dignidad
de todos, Juan Carlos Huenulao,
Florencio Marileo, Juan Marileo
y Patricia Troncoso permanecen
desde el 13 de marzo (2006) en
huelga de hambre. Es el único
camino que el sistema les impuso.
Ellos fueron acusados de terroristas
y juzgados al amparo de una ley
anti terrorista, que permite entre
otras cosas que los supuestos
testigos estén acusando
al amparo de una capucha que les
cubre el rostro. De este juicio
poco justo resultó una
condena a 10 años de prisión
y una multa millonaria reparar
los gastos de un incendio forestal
de 100 hectáreas en diciembre
de 2001. Necesario es decir que
eran bosques de pino plantados
por una empresa forestal en tierras
mapuches. Habría que preguntarse
que ley le aplicaron al turista
checo que produjo un incendio
de bosque nativo en tierras del
sur.
La gente tan gallarda y valerosa
de ayer es hoy sindicada como
terrorista. Es la solución
del desprecio que se ejerce desde
la verdad única, la del
poder, la de que en Chile no se
mueve nada sin que el poder lo
sepa. Sucede que hay terroristas
mayores, incendiarios mayores,
ladrones mayores, pero gozan de
buena salud, de libertad y hasta
de sueldos provistos por el estado.
¿Qué los hace distintos
y merecedores de tanto beneficio?
Son parte del poder, y el sistema
se defiende a si mismo. ¿Qué
hace a la gente de la tierra,
a los pobres que trabajan, a los
pobres sin trabajo, distintos
y merecedores de tanto desprecio?
Son los de abajo, los desechables,
los que se pueden olvidar a la
hora de los beneficios.
Hoy son cuatro personas, cuatro
hermanos de ruta que se enfrentan
al sistema y lo hacen afirmados
en sus razones y en la fuerza
que da el ya no tener nada que
perder. Ellos, como los de ayer,
aquellos que durante trescientos
años dieron su vida y su
muerte por la tierra, su tierra,
son hoy digno ejemplo de resistencia.
Ellos son un camino a seguir,
que cuando los de abajo dicen
basta y los de arriba ya no pueden
someter, se produce el salto en
la historia y esa es otra historia
que bien merece ser vivida.
Cuatro huelguistas nos dicen hoy
con su gesto heroico que se puede,
el asunto es decidirse a querer.
La lección ya está
escrita, aprendamos a leer en
los actos puros de la gente que
lucha y asumamos nuestra cuota
de poder para cambiar las reglas
del poder. El poder opresor no
puede contar con el silencio cómplice.
Veo crecer la hierba y siento
el fragor de la próxima
batalla.
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