EE.UU. | Literatura

Tecnologa de la barbarie


Por Jorge Majfud*
Publicada:2010-09-05

Al da siguiente Cato tena la ingle monstruosamente hinchada. Haba pasado toda la noche tratando de esconderse los testculos.

Carcel "Libertad" Uruguay
Hoy capamos a ste -dijo uno-. Maana te toca a vos.

Al da siguiente Cato tena la ingle monstruosamente hinchada. Haba pasado toda la noche tratando de esconderse los testculos.

El to Cato tena treinta y pocos aos cuando lo agarraron en 1972. Dicen que haba colaborado con unos tupamaros que andaban prfugos en el campo donde trabajaba.

De l recuerdo su incipiente calvicie y su gran bigote. Todava tartamudeaba cuando se pona nervioso.

Si viviera seguramente andaramos medio peleados, tal vez por alguna discusin poltica. Por qu te metiste en eso? Cmo no te diste cuenta que tambin los rusos tenan su dictadura, sus propios crmenes, sus propias injusticias, su propia mierda?

Claro, qu fcil pensarlo ahora. Qu fcil es solucionar el pasado. Si al menos visemos por donde caminamos con la misma claridad que podemos ver hacia atrs, donde ya nada podemos hacer. Pero es una condicin humana: vamos aprendiendo a medida que dejamos de necesitarlo. Aprendemos a criar a un hijo cuando ese hijo ya ha crecido o comprendemos realmente a un padre cuando ya es un anciano o ya no est entre nosotros.

Al to Cato lo agarraron en un campo de Tacuaremb, Uruguay, y lo arrastraron con un caballo como si su cuerpo fuese un arado. Probaron ahogarlo varias veces en un arrollo. No pudo confesar nada porque saba menos que los militares que queran saber algo, adems de divertirse, porque los das eran largos y los sueldos eran magros.

Tal vez Cato invent algn nombre o algn lugar o alguna cifra que lo aliviara por un momento.

En la crcel tuvo que pasar varias. Un da de visita le confesó a su madre que se haba vuelto tupamaro all adentro. Al menos desde entonces la dictadura militar tuvo una razn seria para retenerlo.

La justicia militar habr tenido otras razones para usar la diversin y el placer por el sufrimiento ajeno, como los respetables espectadores sienten placer con la tortura de un animal en una corrida de toros.

Los militares de entonces eran muy ingeniosos cuando estaban aburridos. Algunas veces he propuesto la creacin de un Museo de la Guerra Sucia, como monumento a la condicin humana. Pero siempre me han contestado que eso sera algo inconveniente, algo que no ayudara al entendimiento entre todos los uruguayos. Tal vez por eso hay muchos museos sobre los indios charras donde se acumulan vasijas y flechitas de aquellos simpticos salvajes, pero ninguno sobre el holocausto charra realizado por algunos hroes que todava cabalgan como fantasmas multiplicados en sus caballos de bronce por las calles de varias ciudades. Estoy seguro que el material de dicho museo sera muy diverso, con tantos documentos desclasificados aqu y all (esas estriles confesiones psicoanalticas que las democracias hacen cada treinta aos para aliviar sus conflictos existenciales), con tantos juguetes sexuales y otras curiosidades tan didcticas para acadmicos y escolares.

Por ejemplo. Un da los militares castigaron a un preso y simularon que lo haban castrado. Luego pasaron por donde estaba Cato y le mostraron un rin, un recipiente usado en cirugas, lleno de sangre.

-Hoy capamos a ste -dijo uno-. Maana te toca a vos.

Al da siguiente Cato tena la ingle monstruosamente hinchada. Haba pasado toda la noche tratando de esconderse los testculos.

Supe de esta historia por algunos que haban estado con l. Entonces record y comprend por qu mi abuela Joaquina le decía a alguien, en secreto, que a su hijo no le haban podido encontrar los testculos. De chico yo imaginaba que el tío tena un defecto congnito y por eso nunca haba tenido hijos.

A Marta, su mujer, le dijeron algo parecido:

-Hoy lo capamos a l. Maana lo fusilamos.

Por supuesto, los soldados de la patria no hicieron ni una cosa ni la otra. No llegaron a semejante extremo porque en Uruguay los desaparecidos no eran tan comunes como en Argentina o en Chile. Los uruguayos siempre fuimos ms moderados, ms civilizados. Ms sutiles. Siempre nos sentimos tan pequeos entre Brasil y Argentina y siempre tan aliviados y tan orgullosos de no llegar a las barbaridades de nuestros hermanastros. Al fin y al cabo, si de eso no se habla, eso no existe, como en La Casa de Bernarda Alba: "silencio, silencio, silencio he dicho..."

Por esos das mi hermano y yo andbamos en la casa de campo. Yo tena tres aos y mi hermano casi el doble. Jugbamos en el patio, al lado de las ruedas de una carreta, cuando sentimos un ruido muy fuerte. Recuerdo el patio, la carreta, el rbol y casi todo lo dems. Salimos corriendo y llegamos primero que todos al cuarto de la ta Marta. La ta estaba boca arriba sobre la cama, con un agujero en el pecho.

Enseguida alguien mayor nos arrastr afuera para evitar lo inevitable.

Se supone que debamos traumarnos, convertirnos en delincuentes o algo por el estilo.

De lo primero no s, pero doy fe que lo ms fuera de la ley que he hecho en mi vida fue cuando tena cinco aos. Sub a la torre de control de una crcel y toqu las alarmas. Luego del revuelo de agentes de seguridad que corran a mis pies, me bajaron colgando de un brazo. Tambin de nio pas mensajes clandestinos en la crcel ms segura del pas, dada mi memoria de entonces que mis amigos de la universidad elogiaran ms tarde.

Cato muri poco despus de salir en libertad. Que es una forma de hablar. Estaba preso en la mayor crcel de presos polticos en un pueblo llamado Libertad. Digamos, para ser ms exactos, que muri en medio del campo, poco despus de salir de la crcel, a los 39 aos. Tal vez de un ataque al corazn, como dijo el mdico, o por un golpe en la cabeza, como le pareci a su madre, o por las dos cosas. O por todas las dems cosas.

Si hoy viviese, nos andaramos peleando por razones polticas. Yo, echndole en cara sus errores. l llamndome pequeo burgus o algo merecidamente por el estilo. O tal vez me equivoco y seguiramos siendo tan buenos amigos como ramos hasta que se muri.

Porque en el fondo lo que ms importan no son las razones polticas. El sadismo que ejercitaron con l no tiene ideologa, aunque eventualmente puede servir a las dictaduras de izquierdas o de derecha, a las democracias del Norte o a las del Sur.

Los catos y las martas del Uruguay no importan demasiado. No fueron desaparecidos y murieron por causas naturales o se suicidaron. Por otro lado, aquellos soldados con sentido del humor que jugaban a castrar presos hoy en da deben ser unos pobres viejitos que cuidan que sus nietos no vean escenas violentas en la televisin, mientras les explican que la violencia y la falta de moral de la sociedad hoy en da se debe a que se han perdido los valores fundamentales de la familia.



*
Jorge MajfudJorge Majfud, hijo de padre carpintero y de la escultora Marlene Albernaz (1940-1984), Majfud estudi en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la Repblica del Uruguay, donde se gradu en 1996. Es mster en literatura y doctorado en Filosofa y Letras por la Universidad de Georgia en 2008.



















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