Suecia | Actualidad

Fin del capítulo sueco


Por Agencias
Publicada:2015-01-31

En el segundo año de mi vida en Suecia realicé una pasantía en una institución estatal destinada a la inserción de inmigrantes en la sociedad del país. Conscientes de las dificultades naturales de un escritor que se ve de repente en una lengua extraña, los directivos de la entidad quisieron publicar en sueco alguno de mis libros.




Antonio Alvarez Gil
En el segundo año de mi vida en Suecia realicé una pasantía en una institución estatal destinada a la inserción de inmigrantes en la sociedad del país. Conscientes de las dificultades naturales de un escritor que se ve de repente en una lengua extraña, los directivos de la entidad quisieron publicar en sueco alguno de mis libros.

Ni corto ni perezoso, yo elegí varios cuentos escritos en Cuba, los juntó con otros más recientes y estructuró un volumen de relatos con una cierta unidad temática. En el libro se hablaba de Rusia, de una Rusia que por entonces yo creía haber dejado para siempre atrás. El mejor de los cuentos, según me parecía, se llamaba Fin del capítulo ruso y estaba inspirado en mi breve paso por Moscú cuando me dirigía a Suecia. Ese fue el relato que dio título al libro.

Un colega procedente de Irak que trabajaba conmigo en el centro y dominaba bien el sueco se leyó la traducción y escribiá algunas frases de elogio para incluirlas en la contraportada de la edición. El día en que presentamos el libro mi camarada iraquí hizo un aparte conmigo y me deseó suerte en mi carrera de escritor cubano en Suecia. Esa tarde me dijo que se mudaba a Londres, donde había conseguido un empleo como profesor de Literatura en una universidad de la ciudad. Al cabo de unos años me lo encontré de nuevo, esta vez casualmente. Había venido de vacaciones a Estocolmo y estaba de compras en un establecimiento de comida meso-oriental que quedaba en mi barrio. Hablamos de su trabajo y de mis libros, sobre todo del que habíamos presentado juntos. Antes de despedirnos me pregunté si aún no había pensado en escribir algo que llevara por título Fin del capítulo sueco. Sorprendido con su ocurrencia, le respondí que no, no era probable que se diera nunca una tesitura de ese tipo. él sonrió divertido y, levantando el dedo índice en señal de advertencia, dijo con un exquisito acento británico: <b>Never say never again, Antonio</b>.

Empecé a escribir esta crónica rodeado de cajas de cartón que poco a poco se llenaban de libros, de fotos viejas y de un sinfín de objetos que debían acompañarme en mi inminente salida de Suecia. Lo que hacía unos años parecía inimaginable era ahora realidad, una realidad en la que incluso me costaba creer. Nunca olvidará las últimas semanas de mi vida en el país. Con cada día que pasaba las habitaciones de mi casa perdían algo de su aspecto habitual. El apartamento que había sido mi hogar durante los últimos años ya no era el de antes. Fueron momentos llenos de emociones diversas. Por fin, el penúltimo día de agosto mi esposa y yo nos hicimos de nuevo  al camino. Después de veinte años en Suecia volvíamos a levantar el campamento para seguir buscando el lugar ideal para vivir. Puede que ya lo hayamos encontrado, que sea este pueblo del Levante español al que nos hemos acabado de mudar. Es un pueblo pequeño y antiguo que se estira de norte a sur a lo largo de una hermosa playa que en mucho me recuerda las playas de mi tierra. Aquí, entre un bosque de pinos y un río que desemboca a unos metros de mi casa, pensamos amarrar la nave. Definitivamente, espero. Nueva morada, nuevo paisaje humano y nuevo país. Nueva vida, en resumen. No sé cómo me irá en el terreno profesional, pero sigo confiando en mi vocación y en mis capacidades de escritor. Es cierto que llegamos a España más maduros, pero también con más seguridad y experiencia que hace veinte años, cuando nos aparecimos en el aeropuerto de Estocolmo sin la menor idea de cómo sería nuestra vida en Suecia. Hoy todo es más claro. Tenemos, por supuesto, incertidumbres y temores, como es natural cuando se da un paso de este tipo. Pero asumimos el cambio con ilusión y fe. En mi caso concreto, me alegra comprobar que vuelvo a vivir inmerso en mi lengua natal, entre la gente de un pueblo que, si bien no es el mío, no me es en lo absoluto ajeno.

Durante estos últimos meses he pensado intensamente en Suecia, en todo lo que el país ha representado y representa para mi familia y para mí. Y en este sentido sólo puedo escribir palabras de elogio y agradecimiento. Allí desarrolló una buena parte de mi vida como escritor; allí escribí los que, hasta hoy, son mis mejores libros. Con todo ello a mis espaldas creo que es inevitable echar la vista atrás y realizar un recuento, un balance breve, a modo de inventario. No lo hará hoy aquí; no es el momento. Una vez me asiente del todo en mi refugio ibérico repasará mis años suecos, recordaré y escribiré. Si se cumplen mis expectativas tendré oportunidad de hacerlo. Aún me quedan cosas por decir, un mar de historias que contar.

Unos días antes de marchar de Suecia leí una conferencia sobre mi obra en el centro de estudios donde por años di clases de español. Era una conferencia y también una despedida. Finalicé la exposición con las últimas líneas de mi novela titulada Delirio nórdico, cuya acción, como recordará quien la haya leído, se desarrolla en Estocolmo a mediados de la última década del pasado siglo. La novela trata sobre la llegada masiva de los cubanos a Suecia y refleja la tragedia que para la mayoría de ellos significó la negativa de las autoridades locales a acogerlos en calidad de exiliados. A veces la vida se cruza con la Literatura del más inesperado de los modos. Algo así ha ocurrido entre el protagonista de esta novela y el escritor que en su momento concibió la trama. Para que se comprenda lo que estoy tratando de decir, será mejor copiar aquí el final de la novela y pedirles a los posibles lectores de esta columna que me crean si aseguro que cualquier coincidencia no es otra cosa que producto de la más absoluta casualidad. ¿O no?

"Hoy que mi aventura sueca ha llegado a su final, podría decir que me marcho sin resentimiento ni rencor. Todo lo que he vivido aquí me ha hecho crecer como persona. Soy infinitamente más rico que hace dos años, cuando llegué a Estocolmo, lleno de ilusiones y deseos de comenzar una nueva vida en Suecia. Ahora que las nubes lo han cubierto por completo, que ha quedado para siempre atrás, puedo afirmar que en algún momento de mi estancia en suelo sueco he llegado a amar a este alargado y frío país nórdico, a esta tierra de bosques infinitos y lagos como mares, de gentes trabajadoras, taciturnas y contenidas en sí mismas. Tierra de mujeres extraordinariamente hermosas, de inviernos oscuros y nevados, de belleza imponente. Tierra inalcanzable, siempre ajena, que puede parecerte tuya, pero que nunca lo será, por más que intentes creerte lo contrario." (Delirio nórdico, Algaida Editores, Sevilla, 2005)

A partir de esta cita queda muy poco que agregar en este artículo. Quizás sólo una breve frase de despedida a Suecia, más breve aún porque esta vez la escribiré en el idioma del país: Hej då, min kära Sverige!

Texto originalmente publicado en:http://alvarezgil.com/
Publicado el 31 enero, 2015














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