América Latina | Literatura

Sobre el mito Bola駉



El DN en la secci髇 "Bokl鰎dag" (2011-12-03) reproduce un art韈ulo sobre el mito, "Roberto Bola駉" publicado el a駉 2009.
El autor devela la estrategia de marketing que impuso al escritor chileno, a quien conoci, como nuevo paradigma de la literatura latinoamericana en Estados Unidos. Una operaci髇 que, afirma, no le resta m閞ito a su obra


Bola駉 en la redacci髇 de la revista Plural, ciudad de
M閤ico, 1976
Me hab韆 propuesto no volver a hablar o escribir sobre Roberto Bola駉. Ha sido objeto de demasiado manoseo en los dos 鷏timos a駉s, sobre todo en cierta prensa estadounidense, y me dije que ya bastaba de intoxicaci髇. Pero aqu estoy de nuevo escribiendo sobre 閘, como un viejo vicioso, como el alcoh髄ico que promete que 閟a es la 鷏tima copa de su vida y a la ma馻na siguiente jura que s髄o se tomar una m醩 para salir de la resaca. Y la culpa de mi reca韉a la tiene mi amiga Sarah Pollack, quien me hizo llegar su agudo ensayo acad閙ico precisamente sobre la construcci髇 del "mito Bola駉" en Estados Unidos. Sarah es profesora en la City University de Nueva York y su texto, titulado "Latin America Translated (Again): Roberto Bola駉抯 The Savage Detectives in the United States", ser publicado en el pr髕imo n鷐ero de la revista trimestral Comparative Literature.

Albert Fianelli, un colega periodista italiano, parodia al doctor Goebbels y dice que cada vez que alguien le menciona la palabra "mercado" 閘 saca la pistola. Yo no soy tan extremista, pero tampoco me creo el cuento de que el mercado sea esa deidad que se mueve a s misma gracias a unas leyes misteriosas. El mercado tiene due駉s, como todo en este infecto planeta, y son los due駉s del mercado quienes deciden el mambo que se baila, se trate de vender condones baratos o novelas latinoamericanas en Estados Unidos. Lo digo porque la idea central del trabajo de Sarah es que, detr醩 de la construcci髇 del mito Bola駉, no s髄o hubo un operativo de marketing editorial sino tambi閚 una redefinici髇 de la imagen de la cultura y la literatura latinoamericanas que el establishment cultural estadounidense ahora le est vendiendo a su p鷅lico.

No s si sea mi mala suerte o si a otros colegas tambi閚 les sucedi, pero cada vez que me encontraba en territorio estadounidense -pod韆 ser en el bar de un aeropuerto, en una reuni髇 social o donde fuera- y comet韆 la imprudencia de reconocer ante un ciudadano de ese pa韘 que soy escritor de ficciones y procedo de Latinoam閞ica, 閟te de inmediato ten韆 que desenvainar a Garc韆 M醨quez, y lo hac韆 adem醩 con una sonrisa de autosuficiencia, como si me estuviera diciendo "Los conozco, s de qu van ustedes" (claro que me encontr con otros m醩 silvestres, que alardeaban con Isabel Allende o Paulo Coelho, lo que tampoco hac韆 diferencia, porque se trata de versiones light y de autoayuda de Garc韆 M醨quez). En los tiempos que corren, sin embargo, esos mismos ciudadanos, en los mismos bares de aeropuertos o en reuniones sociales, han comenzado a desenvainar a Bola駉.

La idea clave es que durante treinta a駉s la obra de Garc韆 M醨quez, con su realismo m醙ico, represent la literatura latinoamericana en la imaginaci髇 del lector estadounidense. Pero como todo se desgasta y termina percudi閚dose, el establishment cultural necesitaba un recambio, hizo tanteos con los muchachos de los grupos literarios llamados McOndo y Crack, pero no serv韆n para la empresa, sobre todo porque, como explicaSarah Pollack, era muy dif韈il vender al lector estadounidense el mundo de los iPods y de las novelas de esp韆s nazis como la nueva imagen de Latinoam閞ica y su literatura. Entonces apareci Bola駉 con Los detectives salvajes y su realismo visceral.

"Que nadie sabe para qui閚 trabaja" es una frase hecha que me gusta repetir, pero tambi閚 es una realidad grosera que me ha golpeado una y otra vez en la vida. Y no s髄o a m, estoy seguro de ello. Sigamos. Los cuentos y las novelas breves de Bola駉 ven韆n siendo publicados en Estados Unidos, con esmero y tenacidad, por New Directions, una editorial independiente muy prestigiosa pero de difusi髇 modesta, cuando de pronto, en medio de las negociaciones para la compra de Los detectives salvajes, apareci, como surgida de los cielos, la poderosa mano de los due駉s de la fortuna, quienes decidieron que esta excelente novela era la obra llamada para el recambio, escrita adem醩 por un autor que hab韆 muerto hac韆 muy poco, lo que facilitaba los procedimientos para organizar la operaci髇, y pagaron lo que fuera por ella. La construcci髇 del mito precedi al gran lanzamiento de la obra. Cito a Sarah Pollack:

El genio creativo de Bola駉, su atractiva biograf韆, su experiencia personal en el golpe de Pinochet, la calificaci髇 de algunas de sus obras como novelas de las dictaduras del Cono Sur y su muerte en 2003 a causa de una falla hep醫ica a sus cincuenta a駉s de edad contribuyeron a "producir" la figura del autor para la recepci髇 y el consumo en Estados Unidos, incluso antes de que se propagara la lectura de sus obras.

Quiz no haya sido yo el 鷑ico sorprendido cuando, al abrir la edici髇 norteamericana de Los detectives salvajes, me encontr con una foto del autor que no conoc韆. Es el Bola駉 posadolescente, con la cabellera larga y el bigotito, la pinta de hippie o del joven contestatario de la 閜oca de los infrarrealistas, y no el Bola駉 que escribi los libros que conocemos. Celebr la foto, y como soy un ingenuo, me dije que seguramente hab韆 sido un golpe de suerte para los editores conseguir una foto de la 閜oca a la que alude la mayor parte de la novela. (Ahora que los infrarrealistas han abierto su sitio web, ah se encuentran colgadas varias de esas fotos, en las que descubro a mis cuates Pepe Peguero, Pita, el "Mac" y hasta al periodista peruano radicado en Par韘 Jos Rosas, de quien yo desconoc韆 su pertenencia al grupo). No se me ocurri pensar entonces, pues el libro apenas sal韆 del horno y comenzaba el revuelo en los medios de Nueva York, que esa evocaci髇 nost醠gica de la contracultura rebelde de los a駉s 60 y 70 era parte de una bien afinada estrategia.

No fue casual entonces que en la mayor韆 de art韈ulos sobre el perfil del autor se hiciera 閚fasis en los episodios de su juventud tumultuosa: su decisi髇 de salirse de la escuela secundaria y convertirse en poeta; su odisea terrestre de M閤ico a Chile, donde fue encarcelado luego del golpe de Estado; la formaci髇 del fracasado movimiento infrarrealista con el poeta Mario Santiago; su existencia itinerante en Europa; sus empleos eventuales como cuidador de camping y lavaplatos; una supuesta adicci髇 a las drogas y su s鷅ita muerte.

Estos episodios iconoclastas eran demasiado tentadores como para que no fueran convertidos en una tragedia de proporciones m韙icas: he aqu alguien que vivi los ideales de su juventud hasta las 鷏timas consecuencias. O como rezaba el titular de uno de esos art韈ulos: escubran al Kurt Cobain de la literatura latinoamericana!

Ning鷑 periodista estadounidense resalt el hecho, advierte Sarah Pollack, de que Los detectives salvajes y la mayor parte de la obra en prosa de Bola駉 "fueron escritos cuando 閟te era un sobrio y reposado hombre de familia", durante los 鷏timos diez a駉s de su vida, y un excelente padre, agregar韆 yo, cuya mayor preocupacion eran sus hijos, y que si al final de su vida tuvo una amante, lo hizo en el m醩 conservador estilo latinoamericano, sin atentar contra la conservaci髇 de su familia. "Bola駉 aparece ante el lector (estadounidense), incluso antes de que uno abra la primera p醙ina de la novela, como una mezcla entre los beats y Arthur Rimbaud, con su vida convertida ya en materia de leyenda."

Digo yo que a Bola駉 le hubiera hecho gracia saber que lo llamar韆n el James Dean, o el Jim Morrison, o el Jack Kerouac de la literatura latinoamericana. 緼caso no se titula la primera novelita que escribi a cuatro manos con Garc韆 Porta Consejos de un disc韕ulo de Morrison a un fan醫ico de Joyce? Quiz no le hubiera hecho gracia saber los motivos ocultos por los que lo llaman as, pero 閟a es harina de otro costal. Lo cierto es que Bola駉 siempre fue un contestatario; nunca un subversivo, ni un revolucionario involucrado en movimientos pol韙icos, ni tampoco un escritor maldito (como s lo fue su mentor de aquellos primeros a駉s, el poeta veracruzano Orlando Guill閚, pero 閟a es otra historia que espera ser contada), sino un contestatario, tal como lo define la Real Academia: "Que polemiza, se opone o protesta contra algo establecido".

Fue contestatario contra el establishment literario mexicano -ya fuera representado por Juan Ba駏elos u Octavio Paz- a principios de los a駉s 70; con esa misma mentalidad contestataria, y no con una militancia pol韙ica, se fue al Chile de Allende (a prop髎ito de ese viaje, que un periodista del New York Times ha puesto en duda, he llamado a mi amigo el cineasta Manuel "Meme" Sorto a Bayonne, Francia, donde ahora vive, para preguntarle si no es cierto que Bola駉 pernoct en su casa en San Salvador cuando iba hacia Chile y tambi閚 a su regreso -el mismo Bola駉 lo menciona en Amuleto- y esto es lo que Meme me ha dicho: "Roberto a鷑 ven韆 conmocionado por el susto de haber estado en la c醨cel. Se qued en mi casa de la colonia Atlacatl y luego lo llev a la parada del Parque Libertad a que tomara el autob鷖 hacia Guatemala"). Y se mantuvo contestatario hasta el final de su vida, cuando ya la fortuna lo hab韆 tocado y arremet韆 contra las vacas sagradas de la novel韘tica latinoamericana, en especial contra el boom, a quienes llamaba, en un email que me envi en 2002, "el rancio club privado y lleno de telara馻s presidido por Vargas Llosa, Garc韆 M醨quez, Fuentes y otros pterod醕tilos".

Fue esa faceta contestataria de su vida la que servir韆 a la perfecci髇 para la construcci髇 del mito en Estados Unidos, del mismo modo que esa faceta de la vida del Che (la del viaje en motocicleta y no la del ministro del r間imen castrista) es la que se utiliza para vender su mito en ese mismo mercado. La nueva imagen de lo latinoamericano no es tan nueva, pues, sino la vieja mitolog韆 del "the road-trip" que viene desde Kerouac y que ahora se ha reciclado con el rostro de Gael Garc韆 Bernal (quien tambi閚 interpreta a Bola駉 en el film que viene, a prop髎ito). Con la novedad de que, para el lector estadounidense, dos mensajes complementarios, que apelan a su sensibilidad y expectativas, se desprenden de Los detectives salvajes: por un lado, la novela evoca el "idealismo juvenil" que lleva a la rebeld韆 y la aventura; pero, por el otro, puede ser le韉a como un "cuento de advertencia moral", en el sentido de que "est muy bien ser un rebelde descarado a los diecisiete a駉s, pero si uno no crece y no se convierte en una persona adulta, seria y asentada, las consecuencias pueden ser tr醙icas y pat閠icas", como en el caso de Arturo Belano y Ulises Lima. Concluye Sarah Pollack: "Es como si Bola駉 estuviera confirmando lo que las normas culturales de Estados Unidos promocionan como la verdad". Y yo digo: es que as fue en el caso de nuestro insigne escritor, quien necesit asentarse y contar con una s髄ida base familiar para escribir la obra que escribi.

Lo que no es culpa del autor es que los lectores estadounidenses, con su lectura de Los detectives salvajes, quieran confirmar sus peores prejuicios paternalistas hacia Latinoam閞ica, como la superioridad de la 閠ica protestante del trabajo o esa dicotom韆 por la cual los norteamericanos se ven a s mismos como trabajadores, maduros, responsables y honestos, mientras que a los vecinos del Sur nos ven como haraganes, adolescentes, temerarios y delincuentes. Dice Sarah Pollack que, desde ese punto de vista, Los detectives salvajes es "una muy c髆oda elecci髇 para los lectores estadounidenses, pues les ofrece los placeres del salvaje y la superioridad del civilizado". Y repito yo: nadie sabe para qui閚 trabaja. O como escrib韆 el poeta Roque Dalton: "Cualquiera puede hacer de los libros del joven Marx un liviano pur de berenjenas, lo dif韈il es conservarlos como son, es decir, como un alarmante hormiguero".


Horacio Castellanos Moya
S醔ado 19 de septiembre de 2009 | Publicado en edici髇 impresa
LA NACION



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