Suecia | Columna de Cándido

Afganistán, la guerra perdida


Por Cándido
Publicada:2011-07-19

Con la finalización de la Semana de Almedalen, la actividad política formal, principalmente parlamentaria entró en el receso de verano, pero la dinámica de los acontecimientos, cada vez más dramáticos, no conoce de pausas ni recesos.Y son varios, y de tal gravedad, que hay que establecer prioridades ya que resulta imposible abordarlos a todos en una columna.

A la sombra de las amenazas de colapso o, desde una óptica menos pesimista, de una lenta pero inexorable agonía,  de la   ”única superpotencia universal” como se deleitaban en decir  la mayoría de los periodistas para referirse a los Estados Unidos tras la implosión de la Unión Soviética, y de la no menos grave situación de Europa, transcurren guerras provocadas por estos mismos centros de poder , que  contribuyen a dibujar un cercano horizonte sombrío.

Afganistán, escenario de una de esas guerras,  ha sido en el pasado, lejano y cercano, tumba de imperios y  gobiernos.Y la situación actual  transita por el mismo camino.A diez años de que George W Bush decidiera invadir  el país, en una fatídica ”cruzada antiterrorista”, para ajustarle las cuentas a los señalados como autores del atentado a los centros vitales del poder imperial, nada indica que se haya logrado alguno de los objetivos propuestos. Y una permanente sangría humana y financiera, para los invasores agrupados en la International Security Assistance Forde (ISAF) y para la población civil del país invadido, es el único resultado concreto. Ni hablar de los ”nobles propósitos” invocados para justificar la invasión.

Una sucesión de  atentados recientes asumidos por la resistencia, ha causado bajas significativas entre figuras del impresentable gobierno de Hamid  Karzai;  los países ”enganchados” por Estados Unidos para la cruzada lanzada por el expresidente George W Bush, y continuada por su sucesor  uno  tras otro han  ido abandonando el barco o están en camino de hacerlo, bajo la presión de sus respectivos pueblos.  La más reciente ”deserción” hecha pública a comienzos de la semana, fue la del general David Petraes, al mando de las fuerzas de la coalición, quien recientemente había mostrado satisfacción por los ”progresos” alcanzados en la guerra .

Todo parece indicar que  va a ser difícil enmascarar, lo que algunos portavoces de la coalición y medios afines,  pretenden presentar como una retirada  ordenada y premeditada, fruto de la decisión de sustituir la guerra por la negociación, en lugar de una derrota sin atenuantes.

El actual gobierno conservador en minoría de Suecia, se encuentra entre los que, desconociendo reiterados pronunciamientos de sus ciudadanos, se comprometió en esta guerra y, consecuentemente  en una implícita creciente  colaboración con la Organización del Atlántico Norte (OTAN). El ministro de Exteriores, Carl Bildt, una especie de ”ente autónomo” dentro del gobierno, hombre fiel al imperio si los hay, y algunos, no todos, líderes políticos del tipo ”animémonos y vayan”, más belicosos cuanto  más lejos han estado siempre del olor a pólvora, han sido los principales impulsores de acompañar la invasión.

Cabe señalar también la responsabilidad de la oposición  fundamentalmente  socialdemócrata, que, con la excepción  del Partido de Izquierda, ha tenido una actitud demasiado complaciente sin razones valederas que la justifiquen.

( Importa destacar al respecto que cada vez resulta más difícil en la política sueca actual encontrar dirigentes que sean capaces de asumir el riesgo de perder algunos votos a cambio de hablar claramente a los ciudadanos, para decirles verdades no gratas cuando sea necesario).

Una posición  en la  que el pueblo sueco ha sido consecuente a través del tiempo y bajo diferentes gobiernos, ha sido el abrumador rechazo al ingreso a la OTAN, una organización que perdió su razón de ser tras el fin de la Guerra Fría y la disolución del Pacto de Varsovia.

Posición confirmada recientemente por el Instituto SOM de la universidad de Gotemburgo que en su libro anual,  agrega también el rechazo a continuar participando en la guerra de Afganistán. El gobierno está actuando entonces claramente en contra de la voluntad de los ciudadanos.

Los resultados, han probado lo inútil  y perjudicial de esa política. El descrédito cada vez mayor de la clase política y de la propia democracia, especialmente entre los jóvenes, es la más palpable  y más peligrosa  consecuencia de esta guerra imposible de ganar. Sobre todo cuando se comprueba que  el crimen organizado, la corrupción y la manipulación mediática aparecen cada vez más entre  las  mayores amenazas a la estabilidad y cohesión de la sociedad.





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