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Oriente Medio | Geopolitica
Publicada: 2011-05-29

¿Cuáles serán las consecuencias de la Primavera Árabe para el mundo, a medio y largo plazo?



Por Mayra José Piñate Braca

LA revolución árabe, en su quinto mes, se ha topado con un muro: el conflicto geopolítico y las divisiones sectarias. La amenaza de Irán y sus aliados, y la falla religiosa suní-chií, combinadas, forman los ladrillos y la argamasa de un poderoso muro de contención.




La guerra en Libia se alarga más de lo previsto, pero no se prolongará mucho, pues Gadafi acabará cayendo por asfixia internacional de armas y dinero. El ojo del huracán revolucionario se ha desplazado al primer régimen árabe "anti occidental", Siria, sacudido por una rebelión de contornos difusos pero ya imparable, en medio de una represión feroz.

Sus vecinos (Líbano, Jordania, Iraq, Turquía, Israel, Arabia Saudí e Irán) contienen el aliento ante las consecuencias imprevisibles de un colapso del régimen. Algunos temen que la caída de Assad y la minoría alauí gobernante produzca una guerra civil sectaria tipo Líbano años 70 o Iraq años 2000.

Las dos primeras experiencias revolucionarias -Túnez y Egipto- avanzan por la senda constitucionalista y electoral, en medio de enormes dificultades económicas, y del evidente aliento de la violencia sectaria por elementos del antiguo régimen. En Yemen la revolución ha ganado virtualmente, pero el dictador Saleh retrasa el desenlace, aprovechando que sus valedores (EEUU y Arabia Saudí), que le han dejado caer, aún no saben/pueden controlar la transición. Las monarquías tradicionales -Jordania, Marruecos y Arabia Saudí- son las menos afectadas, con movimientos populares aún balbucientes y monarcas que oscilan entre la reforma tímida, las concesiones económicas y el inmovilismo contrarrevolucionario. El Consejo de Cooperación del Golfo -con Arabia Saudí encabezando a las otras cinco monarquías petroleras- se erige en la Santa Alianza contrarrevolucionaria del establishment conservador suní, tras haber aplastado la revuelta en el Bahrein chií. Argelia, que vivió las primeras protestas al tiempo que Túnez, está paralizada por el temor al pasado (una guerra civil con 160.000 muertos en los 90) más la presión de estar emparedada entre el Túnez revolucionario y la guerra libia que no termina.

Y, por fin, los palestinos, el pueblo árabe más revolucionario y símbolo común, se prepara -con el pacto Hamas-Fatah- para un Estado que daría sentido y orgullo exterior a la Primavera Árabe. Israel y EEUU se mueven para prevenir la declaración unilateral de independencia y la votación consiguiente en Naciones Unidas en septiembre. ¿Y la muerte de Ben Laden? A Ben Laden lo mataron, políticamente, los jóvenes árabes que en apenas unas semanas lograron más con su coraje a cuerpo descubierto que Al Qaeda en diez años de terrorismo yihadista.

Todas las grandes revoluciones de la Historia, tras el primer fermento revolucionario e incluso antes de consolidarse en el poder, derivan en conflictos geopolíticos -sean latentes o guerras abiertas- a medida que las potencias conservadoras vecinas tratan de contener su contagio. La nueva guerra fría entre Irán y Arabia Saudí se solapa con la revolución democrática -eminentemente doméstica-, especialmente en la zona del Golfo Pérsico. El Gobierno saudí está aterrorizado ante la posibilidad de que Irán gane terreno en la región a causa de las revueltas. Las monarquías del Golfo creen que Teherán está interfiriendo con su influencia en la población chií de la península y la zona del Golfo. Arabia Saudí e Irán, enfrentados desde 1979 por motivos religiosos e ideológicos (la monarquía suní más conservadora versus la república islamista chií y revolucionaria) se ven a sí mismos respondiendo a amenazas externas. La tensión creciente entre ambas potencias del Golfo tiene una fuente común: el miedo a la misma democracia. El espectro del Irán nuclear agitando a las minorías chiíes en los países árabes de mayoría suní es el principal argumento de la contrarrevolución. A la inversa, para el régimen de Damasco, una insurrección islamista de la mayoría suní sedienta de revancha es la pesadilla que mantiene unida en el búnker represor a la élite alauí -una rama sui generis del chiísmo-. Lo peor, sin embargo, es que la Administración Obama se está dejando influir en su cálculos por esta coartada geopolítica y sectaria de la contrarrevolución.

¿Cuáles serán las consecuencias de la Primavera Árabe para el mundo, a medio y largo plazo? Podemos clasificarlas en cuatro campos: 1) en el económico, las repercusiones sobre el suministro de petróleo y su precio pueden ser dramáticas (barril Brent a 200 $, por ejemplo) para la economía global si estallan nuevas revueltas o conflictos en el Golfo Pérsico, lo que ocurrirá tarde o temprano; 2) en el social, las olas migratorias desde el Norte de África, que ya han empezado a inundar Italia, podrían afectar a España si Marruecos y Argelia se desestabilizan, provocando una crisis interna en la Unión Europea (ya estamos viendo cómo se cuartea el espacio Schengen); 3) en el estratégico, si la influencia de Irán crece, reforzando a la República Islámica y su programa nuclear, podría precipitar una guerra regional -con Israel/EEUU, o con Arabia Saudí- o, en caso contrario, resucitar el "movimiento verde y transformar o desestabilizar el régimen de Teherán; y 4) en el diplomático, puede propulsar un avance en la solución del conflicto palestino-israelí o bloquearlo sine die.

Diariodesevillapuntose/Javier De La Puerta
 
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